Junio de 2023. En un hotel bajo perfil de la zona de Retiro, Gianni Infantino recibe a un argentino cuyo nombre había sido sugerido para ocupar un rol en la FIFA, la organización que preside: responsable global de comunicación. La charla fue más discreta de lo que sugiere el despliegue habitual de Infantino: sin séquito visible, casi sin testigos. Mauricio Macri fue el nexo y el argentino ahí sentado era yo. Curioso. Macri apenas hizo la presentación y se mantuvo en silencio, atento más allá del breve intercambio inicial de tono doméstico: me ocupé de explicarle a Infantino que San Lorenzo era el único club grande que ejerce una “paternidad” (“fatherhood”) frente a Boca. Luego, fue casi una hora hablando de fútbol, entendida esa entelequia paradeportiva del modo más amplio posible. Hablar de fútbol con el presidente de la FIFA es hablar, literalmente, del mundo: televisación, redes sociales, choque de civilizaciones, apropiación cultural. De Manchester, Rosario o Qatar. La idea de que un argentino podría ser el mejor intérprete comunicacional de la federación deportiva más popular y global era de hecho una manifestación del estado de situación: campeón vigente del mundo, país de origen del considerado mejor jugador de fútbol de todos los tiempos y un notorio sesgo autoconsagratorio de virtudes.
Esta semana, Lionel Messi anunció vía epístola digital que dejaba la Selección argentina y, con ella, una camiseta que usó durante 17 años en partidos oficiales. Campeón y dos veces subcampeón del mundo, goleador histórico de la Selección, zurdo, bajo, pelota pegada al pie y esa inverosímil gambeta en velocidad es la figura más popular del deporte más internacional. Dácadas antes, Pelé había sido el 10 amarillo y Maradona había convertido al número 10 en una mitología. Pero Messi transformó la camiseta 10 a bastones blancos y celestes en un meme global del fútbol del siglo XXI.
Cuando Messi tenía 22 años y todavía le faltaban 12 para ganar un Mundial, Vanity Fair se hizo una pregunta curiosa para una revista que no se dedica al fútbol: “Is there any number in sports more evocative than the number 10 of a soccer jersey?”. ¿Hay algún número más significativo en el deporte que el 10 en una remera de fútbol? El autor, Anderson Tepper, recorría a Pelé, Maradona, Zidane, Platini, Gullit, Baggio, Kaká y hasta Messi buscando un equivalente en otros deportes. El 23 de Michael Jordan podría ser uno, salvo por un detalle: era el número de Jordan. En 2022, todavía antes de Qatar, el Design Museum de Londres hizo algo más raro: lo puso en una vitrina, con camisetas de Maradona, Platini, Zico, Baggio y Messi exhibidas, en una sección llamada Number 10, como piezas icónicas, leyendas del siglo XX y perpetuadas por el talento argentino de impacto global.
Saltaban, eran ingleses
En mayo de 1867, Thomas y James Hogg publicaron en The Standard, diario de la comunidad británica de Buenos Aires, un aviso buscando gente para jugar al football. Un mes después organizaron en Palermo, cerca de donde hoy está el Planetario, el primer partido documentado en el país. El fútbol viajó junto con ingleses y escoceses, colegios, empresas, carnes, puertos y trenes y sobre todo con esa tecnología social británica llamada club. El cricket ya había llegado como pionero, pero no logró trascender la comunidad británica. Cuenta la leyenda que en 1893 Alexander Watson Hutton fundó la Argentine Association Football League, antecesora de la AFA, con equipos como Quilmes Athletic Club, Caledonians, Saint Andrew’s, English High School y Lomas; el tesorero representaba al Buenos Aires & Rosario Railways. No hay pruebas de que saltaran, pero sí, eran ingleses.
A comienzos de este siglo nacía River Plate, en La Boca. El nombre habría salido de unas cajas vistas en el puerto. Cuatro años más tarde, también en La Boca, cinco jóvenes de familias inmigrantes fundaron Boca y agregaron Juniors, “ese toque inglés tan de época”, según la historia oficial del club. El derby entre esos ex vecinos, autoproclamado “superclásico” y una de las expresiones más exageradas de la idiosincrática rivalidad argentina, quedó compuesto por dos nombres que un porteño pronuncia sin registrar demasiado que están en inglés. Hoy mismo, en cualquier panadería argentina ocurre algo parecido con el “servicio de lunch”, pronunciado lanch, que consiste en almorzar al paso sanguchitos de miga, fosforitos, facturas o empanadas.
Antes, Mario Kempes, a quien la 10 le cayó por estricto orden alfabético, la honró como goleador y campeón del mundo en 1978.
La argentinización del futbol es un recorrido largo y la posterior consagración mundial de “la nuestra” expresada en el dorsal 10 se construyó con héroes del balompié. La revista El Gráfico y varias generaciones de cronistas hicieron lo suyo con el juego: gambeta, pausa, picardía, individualidad, una forma criolla y bastarda imaginada en oposición al método inglés, físico, de altura y pases largos.
Después de la exportación de figuras como Stábile, Di Stefano o Sívori a España e Italia, fue Angel Labruna de River el primero en usar oficialmente la 10 de la Selección, en 1950, cuando comenzó a usarse la numeración obligatoria. En Inglaterra 66 la llevaba Antonio Rattín, centrojas de Boca, por asignación de orden alfabético. En Wembley fue expulsado mientras reclamaba un intérprete al árbitro alemán, demoró largos minutos en abandonar la cancha, pasó por la alfombra roja reservada a la reina de Inglaterra y toqueteó la bandera ante la mirada furiosa de los hinchas: después Alf Ramsey llamó animals a los argentinos. Obviamente los Maradona Years tuvieron también su cenit ante Inglaterra, barrilete cósmico y Hand of God mediante. La 10 de ese partido fue pieza de disputa y millonaria subasta: Maradona se la cambió al inglés Steve Hodge, que se la llevó a Inglaterra, la conservó durante décadas y la prestó al National Football Museum de Manchester. En 2022 salió de ahí para ir a Sotheby’s, donde se vendió por 7.142.500 libras. Antes, Mario Kempes, a quien la 10 le cayó por estricto orden alfabético, la honró como goleador y campeón del mundo en 1978.
Después de Maradona hubo alternancia —Ortega, River; Riquelme, Boca— e incluso un intento de la AFA de retirar el número que la FIFA no aceptó. Hasta que el 28 de marzo de 2009 Maradona dirigió a la Selección contra Venezuela en el Monumental y Messi salió por primera vez con la 10 en un partido oficial. Tenía 21 años, hizo el primer gol del 4 a 0 y después contó que las dos camisetas usadas esa noche se las iba a regalar a su mamá y a su hermano. Diego le dio la 10 a Leo y Messi se la apropió.
El diez rosa
Desde Barcelona, se convirtió primero en el mejor jugador del mundo “allá” mientras “acá” tuvo que rendir un examen periódico sobre la autenticidad de su argentinidad: cómo hablaba, cuánto cantaba el himno, por qué en Barcelona parecía una cosa y con la Selección otra. Perdió la final de Brasil 2014, renunció después de otra final perdida en 2016, volvió, ganó la Copa América en el Maracaná y la del Mundo en Qatar. Entre Kempes 78, Maradona 86 y Messi 22 se dibujó una secuencia improbable: las tres selecciones argentinas campeonas del mundo tuvieron a un 10 como figura central. Uno había recibido el número porque la K caía donde tenía que caer; otro obligó a modificar el orden para quedárselo (en España 82 le hubiera correspondido a Patricio Hernandez pero Menotti lo autorizó); el último lo recibió del segundo.
En Qatar, Adidas informó antes de la final que la demanda de camisetas argentinas era extraordinaria y que tenía stocks mínimos en distintos mercados; después del título se volvió difícil conseguir una oficial en Buenos Aires, Madrid, Doha o Tokio. Si el meme es esa unidad cultural capaz de copiarse, multiplicarse, viajar, mutar y seguir siendo reconocible, la 10 celeste y blanca es la síntesis más reciente para los futboleros de cualquier ciudad del mundo.
De la conversación con Infantino recuerdo con nitidez dos preguntas, dos asuntos en los que él estaba particularmente interesado. Cómo veía el fútbol en Asia, en India y como lo veía en Estados Unidos. Semanas después de ese encuentro Messi debutó en el Inter Miami, en la liga de soccer de Estados Unidos, y la camiseta rosa se empieza a convertir en fetiche favorito de los locales de remeras truchas en el mundo. A Bangladesh no hizo falta que llegara Messi, aunque queda el frustrado encuentro anunciado para los fanáticos de Kerala, en India. La adhesión argentina había empezado con Maradona en México 86 y pasó por televisión de padres a hijos, en convivencia y competencia con una pasión brasileña igual de inexplicable a 17.000 kilómetros de distancia. El vínculo terminó contaminando incluso a la diplomacia: Argentina reabrió en 2023 su embajada en Bangladesh, cerrada desde 1978. En junio de este año, en un barrio de Dacca, la capital, unos hinchas hicieron una camiseta argentina de unos 12 metros por nueve y la colgaron entre dos edificios. En números pequeños se lee 1893, la fecha de fundación de la AFA, las franjas verticales celestes y blancas, un 10 enorme y la leyenda VAMOS ARGENTINA. No recuerdo qué le conteste a Infantino pero la respuesta sobre el impacto futbolero en nuevos territorios ya estaba dada. Esta semana, con la renuncia de Messi, ese largo ciclo de argentinidad global cerró su capítulo de gloria.

