No le interesa la faceta religiosa de Gaudí, si acaso su misticismo. Ni genio, ni santo. Arquitecto. “Era arquitecto y muy buen arquitecto, con una inteligencia intuitiva que utilizaba la poética y la musicalidad y que no se ha vuelto a repetir”, dice esta historiadora del arte y restauradora. Raquel Lacuesta ha profundizado en Gaudí a pie de obra. Llegó hasta él a través de uno de sus discípulos y biógrafo, Cèsar Martinell, a quien conoció para hablar de barroco para su tesina y con el que descubrió las catedrales del vino, Gaudí y el modernismo “que no te enseñaban en la universidad”.

Martinell era de los que se oponía a que continuaran las obras de la Sagrada Família, “es más, decía que se estaban inventando el edificio”, cuenta. Ella también lo pensaba, pero es de las que hizo la conversión a partir de la entrada de Jordi Bonet y los que han seguido. “De una forma empírica han materializado el único dibujo y las maquetas de Gaudí con un experimento arquitectónico constructivo extraordinario; nos equivocamos y cuando uno se equivoca, rectifica”. Y otra cosa.
El trencadís
De las chimeneas a las ventanas del Palau Güell
Coincidiendo con el año Gaudí, acaba de imprimirse el libro Gaudí: windows on the future (Triangle Postals) que presenta las ventanas más distintivas del arquitecto; desde sus primeras obras hasta la Sagrada Família. En él escribe también Raquel Lacuesta, que destaca de este palacio las aperturas en paredes para ganar en iluminación y profundidad en el interior; la cubierta de la buhardilla, de superficie reglada (como las escuelas de la basílica), o el trencadís, “la primera expresión de arte abstracta”, mantiene. Otro elemento único del Palau Güell: el salón central con cúpula estrellada y acústica perfecta: “el primer Palau de la Música que vino a Barcelona”, dice.
El Palau Güell, por ejemplo, una obra maestra de Gaudí, en cuya restauración trabajó Lacuesta y sobre el que ha publicado varios libros (también sobre Güell y el modernismo barcelonés, algunos junto con Antoni González y otros con Xavi González). “Güell no era mecenas de Gaudí, como dicen muchos; era una relación de cliente y arquitecto y era amistad, porque los dos eran tan inteligentes y tenían tanta cultura que se entendieron a la primera”. El Palau Güell es una fusión de los dos. Antes, Güell puso a prueba a Gaudí.
La primera fue un quiosco musical para los jardines de los López, en Comillas, “que gustó mucho y que luego se trasladó a la finca Güell; ahí Gaudí hizo lo que siempre, jugar; le gustaba jugar haciendo arquitectura”. Luego llegó el Capricho, el primer edificio modernista de España y Europa, destaca Lacuesta. Y, más tarde, arregla la finca Güell, “que fue un cúmulo de aportaciones y juegos de Gaudí, Güell y Verdaguer, que ya había escrito L’Atlàntida ”. La cripta Güell, cuya restauración levantó ampollas, “la estudiamos en profundidad y es una maravilla, un campo de experimentación para todo lo que vendría después”.




