Un investigador forense de la Universidad de Toronto Mississauga desafía décadas de estudios y concluye que el perfil clásico del psicópata —el asesino sin emociones ni remordimientos— carece de sustento empírico. La revisión sistemática de 66 investigaciones con más de 5.700 personas evaluadas arroja resultados que sacuden uno de los conceptos más arraigados en la psicología y la cultura popular.
El trabajo es del doctor Rasmus Larensis, especialista en ciencias forenses, y autor del libro «Psychopathy Unmasked: The Rise and Fall of a Dangerous Diagnosis«, donde ofrece una revisión crítica de la investigación contemporánea y del uso judicial del diagnóstico conocido comúnmente como «trastorno de la personalidad psicopática» o «psicopatía».
Larensis sostiene que prácticamente cada afirmación sobre la naturaleza de los psicópatas fue refutada o simplemente nunca contó con evidencia sólida que la respaldara. La idea de que estas personas no sienten miedo, carecen de empatía o no pueden hacer juicios morales se derrumba ante los datos.
«Después de décadas de investigación, todavía carecemos de evidencia convincente para el tipo específico de persona que describe el modelo tradicional de psicopatía», afirmó Larensis en diálogo con el medio británico Daily Mail.

El concepto de psicopatía tiene raíces profundas en la ciencia. El primer análisis académico data de 1786, y desde entonces acumula uno de los historiales de estudio más extensos dentro de los trastornos psicológicos.
La imagen resultante —alguien sin empatía, con moral deteriorada, impulsivo, superficial emocionalmente y sin remordimiento— se instaló tanto en los manuales clínicos como en la cultura popular, desde Anton Chigurh en «No Country for Old Men» hasta los asesinos seriales de los documentales de Netflix.
El test más usado no prueba lo que creemos
En entornos clínicos, la psicopatía se mide principalmente con el Hare Psychopathy Checklist, una herramienta que combina entrevistas con el análisis del historial del paciente para detectar rasgos como la reincidencia en conductas antisociales o la inestabilidad en vínculos personales. Se aplica con frecuencia en cárceles y unidades psiquiátricas, y resultó útil para predecir la probabilidad de que alguien vuelva a delinquir. El problema, según Larensis, es que predecir una conducta no equivale a identificar un trastorno real.
«La pregunta científica verdadera es si esos puntajes corresponden a una condición psicológica coherente y de ocurrencia natural. En mi opinión, la evidencia para esa proposición es extremadamente débil», señaló el investigador. Dicho de otro modo: que el test sirva para gestionar riesgos en una prisión no significa que esté midiendo algo que existe como categoría psicológica distinta.

La revisión sistemática de Larensis y sus coautores analizó 66 estudios sobre empatía en los que 5.711 personas fueron evaluadas con el Hare Psychopathy Checklist. Si la psicopatía fuera un fenómeno real y diferenciado, quienes obtienen puntajes altos en el test deberían mostrar déficits medibles y consistentes en empatía. No fue lo que encontraron.
Los resultados nulos —es decir, sin diferencias estadísticas entre supuestos psicópatas y el resto de la población— aparecieron en más del 89 por ciento de todas las pruebas. En los estudios de mayor rigor metodológico, ese porcentaje trepó al 94,77 por ciento.
En términos simples: los análisis estadísticos no pueden distinguir el rendimiento emocional de una persona catalogada como psicópata del de alguien que no lo es. Lo mismo ocurrió con otras características del perfil clásico. Investigaciones independientes tampoco hallaron evidencia de juicio moral deteriorado, reacciones emocionales superficiales ni respuesta atenuada al miedo en las personas identificadas como psicópatas.
Ted Bundy, uno de los asesinos seriales más célebres de Estados Unidos y figura paradigmática del psicópata sin conciencia, tampoco resiste el escrutinio. Bundy mató al menos a 20 mujeres y jóvenes a lo largo de los años 70 y fue retratado durante décadas como un hombre aparentemente normal que actuó con total frialdad.

Larensis cuestiona esa lectura. «El registro histórico sugiere un cuadro mucho más complejo. Hay evidencia de patología sexual severa, fantasías obsesivas, posible pensamiento delirante y problemas con el consumo de sustancias. En otras palabras, hay muchos factores psicológicos que pueden haber contribuido a su conducta», afirmó.
Parte de la comunidad científica ya etiquetó a la psicopatía como una «idea zombi», término que en filosofía de la ciencia designa a las teorías que sobreviven mucho después de que la evidencia las haya desacreditado. La psicopatía ofrece una explicación tan simple y seductora para la crueldad humana que resultó difícil desalojarla tanto del imaginario colectivo como de las instituciones académicas. Larensis admite ser cauteloso ante la idea de «probar una negativa», pero considera que la ausencia de evidencia tras décadas de búsqueda exige una reflexión profunda del campo.
El investigador es cuidadoso en aclarar qué es lo que sí existe. «Lo que indudablemente existe son personas que ejercen violencia grave, manipulación, engaño y explotación. La pregunta real es si esos individuos pertenecen a una categoría psicológica distinta llamada ‘psicopatía’ y tienen deficiencias psicológicas profundas. Sobre esa pregunta, me mantengo muy escéptico», concluyó Larensis.

