Rebelión en Bolivia, soluciones de fuerza y tendencias a las crisis orgánicas en América Latina

La rebelión en Bolivia no da marcha atrás y ya entró en su segundo mes. ¿Estamos ante momentos definitorios? ¿Hasta dónde puede sostenerse el gobierno de Rodrigo Paz? Bolivia es la expresión más explosiva de una tendencia profunda a lo que Gramsci llamó “crisis orgánicas” que recorre toda América Latina. Aquí un repaso por algunos elementos que se expresan en las recientes elecciones de Perú y Colombia, así como en la situación de Chile y Argentina.

La rebelión en Bolivia es parte de una tendencia profunda hacia la polarización que viene siendo la tónica en América Latina. Un rasgo distintivo de esta etapa es la proliferación de tendencias cada vez más abiertas a lo que Antonio Gramsci llamaba “crisis orgánicas”: crisis que no afectan solo a la economía ni a un gobierno puntual, sino al conjunto del orden social, político y económico. Las clases dominantes pierden capacidad de dirigir mediante el consenso y se abre el terreno para las “soluciones de fuerza”. Decía Gramsci que:

En cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase. Cuando estas crisis tienen lugar, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza… [1]

Las derechas llegan al gobierno, pero después se desgastan muy rápidamente y no pueden gobernar. Este es un esquema que se reitera en América Latina. Y, como muestra el caso de Bolivia, esa tendencia a las soluciones de fuerza que está en la base de las tendencias autoritarias –“bonapartistas” diríamos los marxistas– de los gobiernos de derecha también incluye, como contracara, la intervención de las masas trabajadoras y campesinas mediante la acción directa.

Estado de excepción y “soluciones de fuerza”

El lunes 9 de junio, tras su aprobación en el Senado y en Diputados, Rodrigo Paz promulgó la Ley de Estado de Excepción. Sin embargo, aún no emitió un decreto para hacerlo efectivo. Mientras sectores duros de la derecha continúan presionando por una salida de fuerza, el gobierno de Paz intensifica las amenazas para forzar una negociación “in extremis”. En conferencia de prensa volvió a hablar de “narcoterrorismo” para referirse a la rebelión obrera, indigena, campesina y popular que ya cumplió 40 días, asumiendo el guión de Trump y Marco Rubio.

Aunque intenta mostrarse fuerte, el gobierno viene de una derrota. El sábado 6 de junio desplegó un gran operativo policial y militar, junto con grupos racistas de ultraderecha, para desalojar el bloqueo en la pequeña localidad de San Julián en Santa Cruz. Resultó un fracaso: después de seis horas de combates en la carretera, la policía tuvo que replegarse, reconociendo su incapacidad para abrir el paso. Lejos de quebrar el movimiento, la resistencia heroica de los bloqueadores y el repudio al accionar de bandas racistas (que saquearon casas de vecinos) profundizó el apoyo en la población. Al día siguiente vimos una importante movilización para fortalecer el bloqueo.

Lo que sucede en San Julián es un ejemplo paradigmático del proceso político boliviano, allí Rodrigo Paz había sacado casi 60% de los votos en las presidenciales y ahora es uno de los centros del enfrentamiento a su gobierno. Muchos lo habían votado con la ilusión de mejorar sus condiciones de vida pero lo que obtuvieron fue un ataque brutal en toda la línea.

El gobierno de Paz viene haciendo incursiones represivas para “probar” la relación de fuerzas, sin tomar aún la decisión de lanzar una represión generalizada. El riesgo para el gobierno es muy grande. El ejemplo de San Julián muestra que seguramente habrá resistencia y esta se puede generalizar. Mientras, Paz se juega al desgaste del movimiento, busca dividir a las fuerzas movilizadas antes de intensificar la represión. La Central Obrera Boliviana (COB) denunció la detención ilegal de varios dirigentes por parte de policías encapuchados. Pero le puede salir muy mal al gobierno; los bloqueos se vienen manteniendo entre 90 y 100 durante la última semana.

En el Cabildo de El Alto del pasado martes 2 de junio, del que participaron miles de personas, así como en los realizados en el Distrito 7 del El Alto y en Caracollo el viernes 5 también con miles de participantes, se viene ratificando el mantenimiento de las medidas de lucha frente a los intentos represivos del gobierno, así como el rechazo al “diálogo”. En las calles y rutas se escucha la bronca y la exigencia de renuncia de Paz por todos lados. Las mesas de diálogo del régimen fracasaron.

Ahora bien, hay que tener presente, como alertan La Izquierda Diario de Bolivia, que en enero la dirigencia de la COB se dio vuelta y pactó con el gobierno. Actualmente, sin hacer nada por efectivizar la huelga general, parecen jugarse al desgaste. Pero si hay un salto en la represión, podemos ir hacia un salto también en la resistencia y los enfrentamientos frente a un gobierno que hoy sigue en el aire.

La proliferación de “crisis orgánicas”

Las tendencias a la crisis orgánica también son muy profundas en otro país andino: Perú. Las elecciones del domingo 7 de junio tuvieron como resultado casi un empate técnico entre Keiko Fujimori, heredera del neoliberalismo autoritario, y Roberto Sánchez, que quedó en primer lugar por escasa diferencia. Sánchez fue ministro del expresidente Pedro Castillo, encarcelado después del golpe institucional de la derecha en 2022. Recordemos que entonces hubo un levantamiento popular contra la golpista Dina Boluarte, duramente reprimido por los militares, con más de 70 asesinados. Sánchez salió a presentar la última semana un programa moderado, para ganar el centro político.

La elección se polarizó geográficamente, expresando una fractura profunda, que reiteró el mapa del voto a Pedro Castillo. El sur andino, la sierra rural y la Amazonía respaldaron masivamente a Sánchez, mientras Lima y la costa urbana se inclinaron por Fujimori. El sur del país es la región donde hubo más de 50 asesinados en 2022, durante la represión militar al levantamiento popular contra la destitución y encarcelamiento de Castillo. Por ejemplo, en Chumbivilcas, una provincia de la región Cusco situada a 3.660 metros sobre el nivel del mar, donde la pobreza extrema supera el 54% en algunas zonas y la desnutrición crónica afecta al 17,4% de los niños menores de cinco años, Sánchez obtuvo el 94% de los votos. Mientras que en San Isidro, el distrito más rico de Lima, Keiko Fujimori obtuvo el 84%.

¿Qué pasará a continuación? En el país hay una crisis política descomunal, con un régimen totalmente deslegitimado. Se viene de una sucesión de presidentes efímeros, destituidos o que renuncian: con el que salga elegido de esta elección, serán 9 presidentes en 10 años. El Congreso, controlado por los fujimoristas, ¿intentará una nueva maniobra destituyente? En medio de la campaña electoral hubo protestas de productores agrarios. Después de las elecciones, la cuestión pendiente es cómo derrotar al poder económico y político que sostiene al fujimorismo. Lo más interesante en el terreno de la movilización viene siendo el proceso de tomas de universidades y luchas estudiantiles, con demandas democráticas, por mejores condiciones de estudio y cuestionamiento a las autoridades universitarias. ¿Anticiparán una entrada en escena de otros sectores de trabajadores, campesinos y pueblos originarios contra el proyecto extractivista y expoliador del imperialismo?

Otra expresión de las tendencias a la crisis orgánica que atraviesan a la región la tenemos en Chile. Tendencias a la mayor polarización frente a gobiernos de centroizquierda que defraudan las expectativas de las masas, como fue el caso de Boric, y que capitaliza la derecha, como fue con el ascenso de la derecha ultra de Kast, pero que al llegar al gobierno carecen de un proyecto hegemónico y rápidamente se desgastan.

La semana pasada en Chile tuvimos una importante jornada nacional de movilización estudiantil secundaria y universitaria, con unos 20.000 estudiantes que se movilizaron en Santiago; también fue importante en Valparaíso, donde hubo más de 2000 personas, y tuvo réplicas en varias ciudades del país. Fue en rechazo a los recortes presupuestarios, el proyecto Escuelas Protegidas (que es para disciplinar y controlar las escuelas) y a las reformas impulsadas por Kast. En Santiago, Kast desplegó las fuerzas especiales de carabineros para reprimir y detener estudiantes, pero los estudiantes marcharon igual. Todo indica que se está despertando el movimiento estudiantil chileno, lo cual es una gran noticia. La oposición a la derecha no viene de los “dialoguistas” de siempre como el PC, el Frente Amplio y el Partido Socialista, sino de las calles, y es una tendencia que se fortalece en el Sur del continente.

Estos gobiernos derechistas, como los de Paz, Milei o Kast, al mismo tiempo que lanzan ajustes al estilo “motosierra” contra la clase trabajadora, son profundamente racistas y buscan atacar los derechos del movimiento de mujeres. La contraparte es que las mujeres están siendo protagonistas destacadas de la rebelión en Bolivia y se movilizan de forma masiva en otros países, como Argentina. Las mujeres con pollera están al frente de cada uno de los bloqueos y protagonizan las tendencias a la autoorganización en Bolivia. Son mujeres campesinas, trabajadoras precarias, o ambas a la vez; el rostro de una nueva clase trabajadora en Bolivia, donde la lucha de las mujeres se cruza con la opresión racista y colonialista hacia la población originaria, contra la nación aymara y demás naciones oprimidas. En Argentina, el 3 de junio hubo una movilización masiva, con miles y miles en todo el país al grito de «Ni una menos», contra los feminicidios y la violencia machista. Allí vimos mucha bronca en las calles, después del brutal femicidio de Agostina Vega. En Argentina se comete un femicidio cada 30 horas, mientras el gobierno de Milei, que hace de la misoginia una política de Estado, niega la figura misma del femicidio.

El declive hegemónico de Estados Unidos

Todo esto se da en el marco de la ofensiva imperialista de Trump en la región. Marco Rubio llamó al presidente de Bolivia para darle su apoyo y el ministro de Guerra de EE. UU. dijo que los manifestantes eran “narcoterroristas”. Quieren ir por Cuba, después de haber impuesto un protectorado en Venezuela.

Trump también salió a respaldar al candidato de la ultraderecha en Colombia, Abelardo de la Espriella, que pasó a segunda vuelta contra Cepeda, el heredero político de Petro. De la Espriella es un trumpista con discurso de “mano dura” a lo Bukele, misógino a más no poder, admirador de Milei, que logró absorber gran parte del voto de la derecha uribista tradicional. Trump quiere que el país sea una plataforma para sus políticas imperialistas en la región, como en los años del Plan Colombia. Lo que está de fondo es que en Colombia siguen abiertos grandes problemas estructurales como la dependencia del imperialismo, la concentración de la riqueza, la cuestión agraria, la precarización laboral y la violencia contra dirigentes sociales.

Ahora bien, la imagen de imbatibilidad de Trump se está desvaneciendo. Se conoció la llamada que le hizo a Netanyahu, para que no haga saltar por los aires el acuerdo con Irán. Israel viene avanzando sobre Gaza, Cisjordania y Líbano. Trump quiere terminar la guerra, por lo que presiona por un cese al fuego. Pero no logra controlar a sus aliados sionistas. Y Hezbolá no acepta la tregua mientras Israel siga ocupando el sur de Líbano, así que la cosa no está nada fácil. Al tiempo que Irán intenta establecer una nueva ecuación de disuasión en el Golfo.

Trump también tuvo derrotas importantes a nivel interno: en los Tribunales y en el Congreso. La Cámara de Representantes, la semana pasada, votó limitar sus poderes de guerra en Irán, con el voto a favor de 4 republicanos. Aunque la resolución no sea vinculante, es un golpe político fuerte contra una guerra impopular. Entre los Republicanos están cada vez más preocupados por las elecciones de noviembre, mientras los índices de popularidad de Trump siguen cayendo. Son diversas expresiones del declive hegemónico de Estados Unidos, que tienen impacto en América Latina, donde sus “peones” están en crisis.

Algunas cuestiones estratégicas que plantea la rebelión en Bolivia

Las tendencias a las crisis orgánicas son el ADN de la historia contemporánea de América Latina, y tienen un trasfondo común: una estructura social extremadamente desigual y combinada, marcada por la dependencia al imperialismo. Como se muestra en Bolivia, el profundo racismo de la oligarquía contra los pueblos originarios está atravesado por la cuestión de la tierra, la persistencia del latifundio, el avance del agronegocio y los proyectos extractivistas. Eso se entrelaza con la lucha contra la precariedad e informalidad del trabajo, la degradación de la vida de las mujeres y los sectores populares, producto de los ajustes estructurales impuestos por el FMI y el endeudamiento. Es decir, para romper el ciclo de crisis económica y social, es necesario articular una salida antiimperialista y anticapitalista. Todas estas cuestiones se hacen muy concretas cuando surgen rebeliones obreras y campesinas como en Bolivia, contra un plan dictado por el imperialismo.

En estos 40 días se han multiplicado instancias como asambleas y Cabildos, donde participan sectores autoconvocados y también intervienen dirigentes sindicales de la COB, federaciones campesinas y vecinales. Sin embargo, la burocracia de la COB viene evitando tomar resoluciones para hacer efectiva la huelga general, algo que supondría un jaque mate al gobierno de Paz. Esta contradicción estratégica la señalaba en una entrevista Javo Ferreira, dirigente de la LOR-CI, a propósito del Cabildo multitudinario del 2 de junio.

Fue un cabildo importante, de carácter nacional (…) Sin embargo, el punto débil fue que no se adoptaron nuevas medidas orientadas a garantizar la huelga general, a efectivizarla. En la minería, en la industria fabril y en algunos sectores de servicios que son importantes, aunque los trabajadores y las trabajadoras se van incorporando a las movilizaciones que convocan la COB y los sindicatos, no se ha producido el paro de labores. Es decir, los trabajadores se suman a las movilizaciones e incluso a los puntos de bloqueo, pero lo hacen sin interrumpir la producción. Y este es un problema, porque le permite al gobierno de Rodrigo Paz contar con la ventaja del tiempo y el desgaste de la movilización para intentar dividirla mediante negociaciones parciales, combinándolas con brutales ataques represivos.

Estas son algunas de las cuestiones estratégicas que plantean muy concretamente en la rebelión del pueblo boliviano. Bolivia es hoy un laboratorio de luchas y resistencias. Si la rebelión campesina, indígena y popular logra articularse con una huelga general efectiva, como exigen muchos en cabildos y asambleas, es posible derrotar al gobierno de Paz. Lo que se juega hoy en Bolivia tendrá consecuencias mucho más allá de los Andes, el altiplano o las yungas. ¿Será el inicio de una contraofensiva continental contra los peones del poder imperial?

Te puede interesar: Entrevista con Javo Ferreira sobre los últimos acontecimientos de la rebelión en Bolivia

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NOTAS AL PIE

[1Gramsci, Antonio, “Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en períodos de crisis orgánica” (Q13, §23), Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999.

Rebelión en Bolivia, soluciones de fuerza y tendencias a las crisis orgánicas en América Latina

Josefina L. Martínez

@josefinamar14

Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.

Rebelión en Bolivia, soluciones de fuerza y tendencias a las crisis orgánicas en América Latina

Matías Maiello

@MaielloMatias

Buenos Aires, 1979. Sociólogo y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Coautor con Emilio Albamonte de los libros Estrategia Socialista y Arte Militar (2017) y Debates y fundamentos sobre la lucha por el socialismo hoy (2024). Autor de De la movilización a la revolución (2022) y Carl Schmitt y León Trotsky. Un contrapunto sobre la crisis de la democracia, el fascismo y la revolución (2025). Coautor con Ariane Díaz y José Montes de ¿De qué hablamos cuando decimos socialismo? (2024).

Redacción

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