Por esas casualidades de la vida, me tocó estar en Buenos Aires el 19 de marzo de 2013, día en que Francisco inauguraba su pontificado. Hubo una vigilia en la Catedral y, a las tres de la mañana, llamó y por los parlantes nos decía esto:
«Les quiero pedir un favor: Caminemos juntos todos. Cuidémonos los unos a los otros. Cuídense entre ustedes. No se hagan daño. Cuídense. Cuídense la vida. Cuiden la familia. Cuiden la naturaleza. Cuiden a los niños. Cuiden a los viejos».
Estas palabras, cargadísimas de actualidad, reflejarían que la agenda de Francisco sería parecida a la de Bergoglio. Nos mostraba los lugares donde la política no estaba.
Como arzobispo de Buenos Aires durante la crisis de 2001, fue clave para evitar el desmembramiento social. Sus homilías llamaban a recordar las gestas heroicas para recuperar la dignidad y la voluntad de ser Nación.
Su prédica buscó sanar heridas sociales y fortalecer la identidad cultural y espiritual del pueblo argentino frente al riesgo de fragmentación.
Su tarea se centró en defender la dignidad inalienable de la persona humana como valor en sí mismo, con rostro e historia. Esa centralidad es la base de la fraternidad y la construcción de una sociedad más justa.
Representó una Iglesia misionera, como buen hijo de la Compañía de Jesús, saliendo de la comodidad para ir a las periferias existenciales a anunciar la alegría de la fe. También puso en la agenda internacional temas invisibilizados y dio voz a los marginados. Su pontificado invitó a la fraternidad, la amistad social y el diálogo para construir el bien común y la paz.
Insistió en una perspectiva humanista con sentido de trascendencia. Desde sus tiempos de jesuita creía que una actitud religiosa era necesaria para juzgar la historia eficazmente. Sin apertura a la trascendencia, era imposible comprender el fin de una época y la posibilidad de una civilización distinta se perdería en una infinitud tecnocrática.
Visionario, alertó sobre los desafíos actuales: la crisis ambiental, la globalización de la indiferencia, el consumismo y el individualismo. Denunció la cultura del descarte que margina a los vulnerables. Señalaba, con elevada agudeza intelectual, que estábamos sufriendo una guerra mundial en cuotas. Hoy sus palabras cobran vigencia absoluta.
Llamó a no refugiarnos en zonas de confort ante las crisis, sino a verlas como oportunidades para soñar, iniciar procesos y abrirnos a la misericordia. Su llamado a no perder el sentido de la historia ni la identidad cultural es crucial para que los argentinos no pierdan el alma.
Revalorizó la categoría de «pueblo» como sujeto social con la capacidad de concebir y materializar proyectos colectivos que trascienden las diferencias, una noción que adquiere particular importancia ante las amenazas que representa la fragmentación social.
El Papa más creativo de la historia construyó sentido a través de la palabra: «La Iglesia, hospital de campaña»; «la vida como viene»; «no balconeen la vida»; «nadie se salva solo» y, especialmente, «¿Quién soy yo para juzgar?», conmovedor gesto de humildad pronunciado desde un avión, desde el cielo.
Preguntando, sin bajar línea, porque el que solo tiene certezas no tiene fe. Y desde su persistente e incansable fe, abrió las puertas de la Iglesia como nunca antes, enfocado en la comunidad y en la solidaridad.
El tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es superior a la idea y el todo es superior a la parte fueron principios que nos regaló y que hoy son el mapa para un país en la búsqueda de acuerdos sociales para el desarrollo humano integral.
Una Argentina que no solo tiene que restablecer su construcción material, sino también espiritual. Volver a darle sentido a los vínculos, a una idea de trascendencia; a una idea de pelear por algo más grande que uno mismo.
De su alrededor de veinte escritos producidos durante su papado, Laudato si posee un profundo carácter profético, pero también es una obra que nos invita a organizar la esperanza, a reflexionar sobre la fuerza que tienen los sueños y sobre la ternura frente al aumento desenfrenado de la crueldad.
Cuando habla de la «casa común», también habla sobre el respeto al trabajador, porque para él lo más importante siempre fueron «los descartados». Un Francisco, en sus últimos días, más religioso, pero también más humano que nunca.
Fue un pastor con olor a oveja que nos invitó siempre a mirarnos al espejo y a incomodarnos con su teología del pueblo. Alguien que no buscó ocupar espacios, sino «desatar procesos». Ojalá que su legado, ese que une la justicia social con la urgencia de la unidad nacional, deje de ser semilla para transformarse finalmente en potencia emancipatoria.
Que nos inspire su coraje, su humildad y su amor para seguir adelante con valentía y compromiso. A un año de su partida, la mejor forma de honrar su palabra y su acción es siendo protagonistas de esa revolución de ternura y justicia que soñó, para que su voz resuene en cada rincón del planeta. Que no se apague nunca el fuego de la Revolución Francisco.
(*El autor es diputado provincial)



