“Terco, original y letraherido”, lo define en pocas palabras el escritor y abogado español José Serralvo en La sombra de los perros románticos, que, editada por Navona, es la esperada biografía del chileno Roberto Bolaño, fallecido en 2003 a sus 50 años en Barcelona. Así describe su biógrafo a lo que llama su “síndrome de adhesión libresca”, “un vicio a todas luces irremediable”, ese que desde joven le producía recaídas frecuentes y periodos agudos de lectura compulsiva, aunque pronto toma conciencia de que la literatura no consiste únicamente en leer mucho, sino también “en vivir mucho, y hacerlo de forma desmesurada, arriesgada, apremiante”.

Escribe Serralvo: “El paciente siguió exhibiendo síntomas innegables de bibliomanía galopante y no podía alejarse de los libros sin experimentar sudores fríos o vértigos de abstinencia, motivo por el cual, además de las ya descritas rutinas, se consagra en cuerpo y alma a sus lecturas de Allen Ginsberg, William Burroughs y Jack Kerouac«.
Y agrega: «También dedica noches enteras a repasar la obra de los surrealistas franceses, que alternaba con la de los horazerianos del Perú y los nadaístas de Colombia, formando un corpus magmático inagotable, perfecto para arañar conciencias, o para imaginar que las arañaba. Desde luego, jamás se desprende de Nicanor Parra, aferrándose en particular a Obra gruesa, que se ha convertido en su nuevo libro de cabecera”.
Autodidacta y lector voraz, aunque a Bolaño no le gustaba usar esa palabra –decía, en cambio, que “aprendía de los maestros, quienes realmente me enseñaron lo que sé”, aunque después se encargara de defenestrarlos–, era alguien que no podía vivir sino para y entre los libros.
Dejó la secundaria y se hacía planes de lectura, programas de estudio propios, sus cuadernos de notas lo acompañaban para todos lados, “la acumulación subterránea del magma que sustenta después una erupción volcánica”.
Autores favoritos
Así, diseñando un estilo de vida, leyó a muchos de sus autores favoritos, entre ellos Nicanor Parra, Mario Santiago, Jorge Luis Borges, Philip Dick, Edgar Allan Poe, Raymond Carver, Arthur Rimbaud, Kafka, Proust.
CUL / Roberto Bolaño
En casi 400 páginas, bien documentada y con una escritura ágil, la biografía de Serralvo –que además de escritor, vive en Ginebra, es jurista especializado en derecho internacional y colabora en medios como Jot Down y Mercurio, sin dudas un personaje que a Bolaño le hubiera interesado perfilar– repasa su educación sentimental e intelectual, sus ritos de iniciación y rupturas, sus décadas de trabajo y sacrificios personales, financieros y de salud.
“Es uno de los autores más estudiados, parte del canon actual no sólo de la literatura latinoamericana sino mundial. Y no caben dudas de que Bolaño es, desde hace ya varios lustros, uno de los autores más vivos e influyentes de la literatura en español”, dice Serralvo, tan meticuloso como incisivo en su exhaustivo libro.
Nacido en Chile, criado en Valparaíso y Viña del Mar, sus padres se desplazan en busca de mejor fortuna al México de finales de los sesenta, donde los sorprende la matanza de Tlatelolco. Unos años después regresa a Chile en las épocas de Salvador Allende y allí vive el golpe de Pinochet. “Es como si fuera sembrando hechos dramáticos por donde pasara”, escribe Juan Bonilla en el prólogo, sugiriendo que sus libros siguen irradiando vida, pasión, personajes abrumados y abrumadores.
En México de nuevo, afiliado al “arte de perder”, Bolaño ayuda a fundar un movimiento vanguardista que llamó “infrarrealismo”.
Cuando después abandona América para instalarse en España, tiene que ganarse la vida con lo que vaya saliendo –entre otros, como camarero, vigilador nocturno y casero de un camping–, concursa en cuanto certamen literario le ponga sus bases a tiro, gana algunos y hasta mediados de los noventa no verá cómo una editorial de repercusión europea le compra los derechos de su tercera novela, La literatura nazi en América. Luego, con Estrella distante, se convertía en autor de Anagrama y desde allí fueron sus años pletóricos, de soltar la lengua en plan guerrillero contra la literatura mercantil y una fama incipiente.
La biografía se suma a una abundante literatura editada en los últimos años sobre su figura, como Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas con prólogo de Juan Villoro y epílogo de Alejandro Zambra, editado recientemente por el sello chileno Bastante. Mordaz y tierno, apasionado y nostálgico, provocador y exagerado.

Sus facetas se potencian también en la reciente edición de Notas para una autobiografía, compiladas por Alfaguara, en este caso entrevistas sucedidas entre 1975 y 2003, casi tres décadas que abarcan desde los años de formación del joven poeta en Ciudad de México hasta la etapa final como escritor ya plenamente consciente de la repercusión –ciertamente tardía– de su obra, sobre todo de sus relatos y novelas.
Cultor de lo oral, oveja negra de su familia, apátrida y trashumante, “Bolaño era un combatiente. Tenía cultura, una mente independiente, ningún deseo de decir lo correcto y una manera fenomenal de privilegiar el uso del no en lugar del sí”, lo pintaba el periodista y ensayista francés Jean-François Fogel.
“Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo”, deslizaba Bolaño y decía cosas como que “un perdedor siempre da mucho más de sí literariamente que un triunfador” y “la unanimidad me jode muchísimo”.
Indagaciones sobre la infancia
Serralvo indaga en su infancia –“nace en el anonimato de una humilde familia chilena y medio siglo más tarde, lejos de allí, al otro lado de mares desconocidos y grandes océanos, muere convertido en el escritor más grande de su país”– y su linaje familiar, sus descubrimientos de la radionovela, su coeficiente intelectual elevado, los libros infantiles y las revistas.

También las bibliotecas públicas, sus primeros cuentos de niño, sus timideces y su afinidad por la bohemia, sus robos de libros, su sentido de esponja que lo absorbe todo, sus primeros poemas y publicaciones, amistades esenciales como las de Mario Santiago, Enrique Lihn, Rodrigo Fresán y Carlos Edmundo de Ory, sus noviazgos y errancias, bocetos, colaboraciones periodísticas y talleres literarios, inmigrante “sudaka”, su delgadez, noctambulismo y cigarro, la melena rizada y sus últimos tiempos de “escritor extraterritorial”.
Las continuas mudanzas, los trabajos alimenticios, sus penurias económicas, temporada de días amargos y derrumbes, una perseverancia a prueba de balas, el diagnóstico de una enfermedad hepática y el salto inesperado a la gloria.
También aparecen su condición de padre, su inigualable humor negro, su gusto por la crítica literaria como una disciplina más de la literatura, su sueño frustrado de vivir como poeta y su sentido “espartano” de la existencia, “pobre pero lujurioso”.
En las entrevistas que dio cuando ya era un escritor conocido, Roberto Bolaño solía repasar sus obras, desde Amuleto a Nocturno de Chile, en el medio de tanques narrativos como Los detectives salvajes –la novela que lo hizo “famoso”– y 2666.
No hacía una defensa de la larga extensión. “2666 es una obra tan bestial, que puede acabar con mi salud, que ya es de por sí delicada. Y eso que al terminar Los detectives salvajes me juré no hacer nunca más una novela-río: llegué a tener la tentación de destruirla toda, ya que la veía como un monstruo que me devoraba”, dijo en su momento, cuando transitaba el primer estadio de su enfermedad.

Ambiguo y fervoroso
Radical y combativo pese a asumir que la condición humana estaba condenada de antemano a la derrota, ambiguo y fervoroso, nunca dejó de reflexionar sobre el oficio, el estilo, el riesgo, la disciplina y el trabajo diario.
“La forma es lo más importante de todo. Es lo que permite que una historia o un argumento tengan vida. La forma es lo que hace que no me aburra mientras escribo. Y es mi propuesta de relectura”, reconociéndose alguien avergonzado y retraído más allá de su ánimo amable para la conversación pública.

En sus últimos años, confesó: “Cada día escribo peor, cada día me canso más, cada día estoy peor. Los años no traen ni sabiduría ni serenidad. Nos hacemos más feos y probablemente más malos”.
La locura y la voluntad, el juego y la competencia, la resignación y el vacío. En la biografía, Serralvo ausculta las zonas de sombra, sus claroscuros y sus puntos ciegos. Y en su mote de “escritor salvaje”, concluye que en Bolaño nada es más importante que su pasión por la literatura y más que nada por la lectura, su centro existencial, materia prima para concebir la libertad de lo imaginado.
“En mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y mi elegancia”, se percibía el narrador chileno, entre el mito, la leyenda y su jactancia de mostrarse humano, demasiado humano, hasta que la muerte lo alcanzó prematuramente a sus cincuenta años.
La sombra de los perros románticos, de Jose Serralvo (Navona).

