Mi nieto Lluc ha cumplido diez años. Empezó a asomar en estas columnas de agosto cuando tenía tres. Era una pulga con ojazos: charlatán, curioso, capaz de pasarse horas observando caracoles y hormigas. Los mayores tenemos el corazón encallecido: hemos acumulado decepciones, hemos visto alzarse y caer a muchos ídolos, hemos comprendido que la mayor parte de las causas están perdidas. En cambio, para los pequeños todo es novedad y asombro.
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