Por Galo, Maíl.
Hay obras que permiten tomar distancia de lo que sucede en escena. Silencios hace exactamente lo contrario: obliga al espectador a permanecer dentro de una casa donde la violencia nunca descansa. La obra, presentada en Teatro Boedo XXI, construye un relato asfixiante sobre el control, el miedo y la deshumanización dentro de un vínculo atravesado por la violencia de género.
El horror detrás de la puerta
Silencios se sitúa dentro de una casa atravesada por el miedo. No hay golpes ni explosiones inmediatas: la violencia aparece desde lo cotidiano. En comentarios sobre cómo Ana se viste, en preguntas constantes, en el control sobre su celular y en la necesidad obsesiva de dominar cada aspecto de su vida.
Ahí está uno de los grandes aciertos: mostrar cómo la violencia se construye desde gestos indirectos hasta volverse insoportable.
Carlah Nucin interpreta a Ana desde un lugar sensible y vulnerable, pero sin convertirla únicamente en víctima. Ana funciona como representación de muchas mujeres que sostienen vínculos destruidos mientras intentan sobrevivir emocionalmente dentro de ellos.
El agresor como centro de escena
Él no tiene nombre; es la representación de un sistema de control obsesivo y posesivo que no permite la compasión. Al ver a Ana —que habla por todas— atrapada en esa red de violencia verbal y psicológica, la incomodidad del público se transforma en un repudio absoluto. Es una «empatía inversa»: no estamos ahí para comprenderlo, sino para sentir la urgencia de que esa estructura se rompa.
Matías Ge construye un personaje cargado de violencia, frustración y una necesidad constante de control. Su presencia domina la escena y obliga al espectador a convivir con él, escuchar sus justificaciones y sentir el peso de sus silencios.
El teatro contra la violencia de género

La pieza avanza sobre dinámicas de control, manipulación y violencia emocional que crecen escena tras escena hasta volverse asfixiantes. Y es justamente ahí donde deja de sentirse solamente como una obra teatral para convertirse en una denuncia. Lo más incómodo es que nada de lo que sucede en escena parece lejano: todo remite a situaciones reconocibles, cotidianas y profundamente reales.
La presencia de la hija funciona como un recordatorio de que la violencia nunca es privada; es expansiva y contamina todo el entorno filial. A través de apariciones que interpelan la fragilidad de la madre, la obra expone cómo la mirada infantil intenta procesar el horror cotidiano.
El conflicto deriva en una paranoia destructiva: el agresor percibe el vínculo entre madre e hija como una amenaza a su dominio. Bajo la premisa de que «nunca les alcanza nada», el victimario desplaza su odio hacia lo más vulnerable. El desenlace no es fortuito, sino la conclusión lógica de una estructura que prefiere la aniquilación total antes que la pérdida del control.
Los cuerpos como territorio de la tensión
La música invade el espacio emocionalmente y los cuerpos pasan a hablar desde otro lugar cuando se introduce un momento inesperado: una secuencia musical y coreográfica que rompe momentáneamente con el tono crudo de la obra. Ana intenta acercarse, generar un momento de conexión, humanidad o afecto. Él, en cambio, parece incapaz de entregarse a cualquier emoción que no esté atravesada por el control.

Es una de las escenas más interesantes de la obra porque transforma la violencia en algo físico y sensible. Ya no hace falta que el personaje grite o ataque verbalmente: el rechazo, la distancia y la tensión aparecen en cada movimiento.
La secuencia funciona casi como una falsa pausa. Durante algunos minutos parece abrirse una posibilidad distinta, pero que rápidamente deja claro que en vínculos atravesados por la violencia no alcanza con pequeños gestos de aparente ternura. La amenaza sigue ahí, latente, incluso cuando la obra cambia de ritmo y lenguaje escénico.
Con dramaturgia y dirección de Lis Banegas, Silencios apuesta por un teatro que no busca comodidad ni evasión, sino reflexión.
Ficha técnica
Obra: Silencios
Dirección y dramaturgia: Lis Banegas
Actúan: Matías Ge y Carlah Nucin
Sala: Teatro Boedo XXI



