Silvia Schujer, en la Feria del Libro de Salta: “¿Qué nos pasa a los adultos que no podemos sacar los ojos del teléfono?”

En una época en la que las pantallas compiten por cada minuto de atención, la pregunta parece inevitable: ¿cómo lograr que los chicos se acerquen a los libros cuando todo a su alrededor los invita a pasar rápidamente de una imagen a otra? Para la escritora argentina Silvia Schujer, la respuesta no puede limitarse a señalar los celulares. Antes de preguntarnos por qué los chicos leen menos, propone mirar qué hacemos los adultos.

Durante su paso por la Feria del Libro de Salta, Schujer dialogó con Gente de Salta sobre la literatura infantil, el vínculo entre las nuevas generaciones y la lectura, y los desafíos de escribir para lectores que crecen en un mundo atravesado por la tecnología.

“Los chicos suelen ser un reflejo de lo que pasa con los adultos”, sostuvo. Y puso como ejemplo escenas que se repiten en la vida cotidiana: personas que comparten una mesa, pero no se miran porque cada una está pendiente de su teléfono; niños a quienes se les entrega una pantalla para mantenerlos entretenidos mientras los grandes hacen otras cosas.

“Pensar que los chicos no leen o leen menos por las pantallas es un poco sacarse el problema de encima”, afirmó. Para la autora, el debate sobre la lectura infantil no puede separarse de una sociedad que parece tener cada vez más dificultades para sostener la atención y el encuentro con los demás.

“¿Qué es lo que pasa con los adultos que no pueden estar cinco minutos sin mirar la pantalla?”, preguntó. Su reflexión apunta a una contradicción cotidiana: exigirles a los chicos concentración y paciencia mientras los mayores naturalizan la necesidad permanente de mirar notificaciones, desplazarse entre contenidos y llenar cada pausa con estímulos.

Frente a ese escenario, Schujer reivindicó el placer de leer y la posibilidad de transmitirlo sin convertir los libros en una obligación vacía. “A mí me sigue gustando leer. Entonces, leo y trato de contagiar desde el lugar del placer a los demás con el deseo de leer”, explicó.

En ese camino, destacó el papel de las escuelas y las bibliotecas escolares como espacios fundamentales para acercar a los chicos a la literatura. También valoró el encuentro directo entre escritores y lectores: conversar sobre un libro leído, intercambiar interpretaciones y descubrir qué despierta una historia puede convertirse en una forma concreta de estimular la lectura.

Para la escritora, esos encuentros son pequeños aportes frente a un desafío mucho más amplio. No se trata solamente de ofrecer libros, sino de generar oportunidades para que los chicos descubran que leer también puede ser una experiencia placentera, compartida y capaz de despertar preguntas.

“Un cuento es algo que me falta saber”

La mirada de Schujer sobre la literatura también parte de la curiosidad. Cuando escribe, explicó, no comienza necesariamente pensando en la edad de sus lectores, sino en una historia que necesita explorar.

“Cuando yo escribo, cuento una historia. Cuando elijo qué contar, siempre tiene que ver con algo que quiero saber”, señaló. Y definió el cuento como “un nudo que tengo que desatar”.

Desde esa perspectiva, la historia aparece primero y el lector después. La complejidad del relato, el lenguaje y la estructura van encontrando su forma de acuerdo con aquello que la autora necesita contar. La edad de los lectores no es, en su proceso creativo, el único punto de partida.

Mily Ibarra canta a Silvia Schujer
Mily Ibarra canta a Silvia Schujer

Después de tantos años de escritura, Schujer también aprendió que los chicos pueden interpretar una misma historia desde un lugar muy distinto al de los adultos. Lo descubrió especialmente al trabajar con un libro sobre una familia cuyos padres se separan y logran construir nuevos vínculos sin conflictos entre ellos.

Para la autora, aquel desenlace era feliz: los integrantes de la pareja volvían a formar otras familias y conseguían llevarse bien. Sin embargo, los lectores infantiles no lo entendían de la misma manera. Para ellos, el único final feliz posible era que los padres volvieran a estar juntos.

“Lo que a mí me parece un final feliz no necesariamente es un final feliz para los chicos”, recordó.

La experiencia no la llevó a cambiar el final, sino a conversar con sus lectores sobre la diferencia entre un desenlace verosímil y uno idealizado, entre la felicidad posible y esa versión perfecta que muchas veces imaginamos.

“Para ellos la felicidad era otra cosa”, explicó. Y reconoció que ese aprendizaje trascendió la literatura: le permitió comprender que los chicos tienen deseos, expectativas y maneras de interpretar el mundo que no siempre coinciden con las de los adultos.

En tiempos en los que la atención parece fragmentarse entre pantallas y estímulos permanentes, la visita de Schujer a Salta dejó una reflexión que va más allá de la literatura infantil. Quizás el desafío no sea solamente conseguir que los chicos abran un libro, sino recuperar entre los adultos la capacidad de detenerse, escuchar y compartir una historia.

Porque el hábito de la lectura no se transmite únicamente con recomendaciones. También se construye con el ejemplo, con el tiempo que dedicamos a leer y con la posibilidad de demostrar que no todo tiene que suceder rápido para tener valor.

Redacción

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