Tarjetas rojas y guerras reales: la idea de Trump para la ONU

En el último mes y medio, donde todos los focos fueron puestos en la Copa Mundial de la FIFA, continuaron pasando cosas en el mundo. Una de las más notables, por supuesto, es lo que tiene que ver con el recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente y de la situación particular de Irán. El presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó a Teherán asegurando que Estados Unidos podría bombardear centrales eléctricas iraníes por cada disparo contra buques que transiten por el estrecho de Ormuz. Si bien, Trump nos tiene acostumbrados a este tipo de amenazas y advertencias, esto se produce en medio de una escalada de doce noches continuadas de bombardeos estadounidenses y conflictos cada vez mayores para controlar la vía marítima, fundamental para el transporte global de crudo.

Al mismo tiempo, se siguen produciendo movimientos en el escenario diplomático internacional, más precisamente, en la Organización de Naciones Unidas (ONU) que se conectan directamente con el reciente Mundial de fútbol. El propio Trump aseguró que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, es respetado por todos en el mundo y tiene una habilidad especial para unir a la gente por lo que podría ser el nuevo Secretario General del organismo. La ONU, a su vez, es uno de los flancos de ataque permanentes de Trump, el trumpismo y el movimiento de ultraderecha a nivel global que ven en el “globalismo” y las instituciones multilaterales como el origen de todos los males. Tener en Naciones Unidas a un aliado, le daría a Trump un mayor margen de maniobra para moldear el organismo a su gusto.

Otros candidatos para el cargo son Michelle Bachelet, la ex presidenta chilena, y el actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi. De acuerdo con un artículo publicado en The New York Times, todos los candidatos a suceder al portugués António Guterres, que se retira en diciembre, son descriptos por Trump como “mediocres”. Bachelet enfrentaría la oposición del gobierno de su propio país, ya que el flamante presidente, José Antonio Kast, se encuentra en sus antípodas ideológicas. Grossi, por su parte, tendría que sortear las preocupaciones británicas respecto de la cuestión Malvinas. Trump ve en Infantino a alguien con mayor impronta política y que además le ha demostrado siempre tenerlo en alta consideración.

La relación entre ambos viene de larga data y en los últimos años tuvo varios puntos destacados. Más allá de que la Copa del Mundo fue organizada principalmente en los Estados Unidos –junto a México y Canadá-, Infantino le entregó al mandatario estadounidense el “Premio de la Paz de la FIFA”. Esto se produjo luego de que Trump no fuera galardonado con su tan ansiado Premio Nobel de la Paz. Cabe aclarar que la FIFA no contaba con tal galardón por lo que fue creado especialmente para agasajar al estadounidense.

Sin embargo, su vínculo con Trump no alcanza para que su potencial –y supuesta- candidatura a Secretario General de ONU llegue a buen puerto. Primero, debe superar instancias institucionales complejas. Debe ser recomendado por el Consejo de Seguridad, compuesto por quince miembros, de los cuales cinco son integrantes permanentes con derecho a veto (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia). Es interesante notar, por otro lado, que la ONU cuenta con menos miembros que la FIFA, ya que cuenta con 193 Estados mientras que en la organización futbolística hay más de 200 federaciones miembros. Este es uno de los puntos que Trump y sus voceros aducen a la hora de hablar de una potencial candidatura de Infantino.

No obstante, en un escenario internacional tan fragmentado y conflictivo, no es lo mismo conducir una organización deportiva que el principal organismo multilateral del mundo. En una crisis grande de los multilateralismos, no es lo mismo gestionar torneos que contener guerras. La FIFA opera bajo las reglas de la diplomacia corporativa y el pragmatismo mercantil. Sus consensos se construyen mediante el reparto de dividendos, la asignación de sedes comerciales y una red de lealtades internas donde la política se disfraza de neutralidad. La ONU, en cambio, administra -o al menos, lo intenta- soberanías nacionales en pugna, equilibrios de poder nuclear y crisis humanitarias donde no existen patrocinios que compensen un veto bélico.

Reducir la compleja arquitectura de la paz global a una mera capacidad para articular eventos mediáticos revela la visión trumpista del orden internacional. Sustituir la diplomacia de Estado -fundada en tratados y normas multilaterales- por una diplomacia de management, donde las relaciones internacionales se gestionan como transacciones corporativas y las instituciones históricas se vacían de contenido político para transformarse en plataformas de influencia personal.

Mientras la atención global se concentró durante semanas en el espectáculo del Mundial de fútbol, en el tablero real continuaron escalando conflictos de altísima gravedad, como las tensiones bélicas y energéticas alrededor de Irán y el estrecho de Ormuz. La provocadora propuesta de Trump para colocar a Infantino al frente de la ONU no es solo una anécdota estrafalaria sino que es el choque directo entre la política internacional profunda y la diplomacia del espectáculo.

Pretender que la capacidad para negociar sedes o votos en la FIFA califica a alguien para mediar en crisis nucleares o guerras regionales es una muestra de cómo el trumpismo busca desmantelar el multilateralismo tradicional, reemplazándolo por liderazgos leales, mediáticos y moldeables. Cuando los reflectores del fútbol finalmente se apagan, la crudeza de la geopolítica sigue ahí. Y al igual que en el estrecho de Ormuz, en los pasillos de las Naciones Unidas no hay arbitraje ni tarjetas rojas que valgan si lo que se juega de fondo es el orden global.

Redacción

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