Aunque suene paradójico, antes del apagón vivíamos a oscuras. Pensábamos que el sistema eléctrico era una especie de túrmix en la que metías barras de uranio, placas solares, una pizca de viento, gas argelino, pelos de ministro, ancas de rana y purines de granja, le dabas a un botón y salían kilovatios hora triturados en forma de PVPC o contrato en el mercado libre. Hasta aquel primaveral 28 de abril del 2025 incluso algunos creíamos que en los sótanos de Redeia había miles de trabajadores dedicados a pedalear en unas bicicletas estáticas para producir electricidad y repartirla conforme a principios de prioridad nacional. Nosotros, los inventores del déficit de tarifa, de la excepción ibérica, del cierre no cierre de las centrales nucleares y del impuesto al sol, vivíamos en definitiva en la oscuridad, hasta el día del apagón. Ahora manejamos con soltura conceptos como inercia, control de tensión u operación reforzada, hasta hace nada reservados a las consultas del psicólogo. Hemos visto en definitiva la luz, lo sabemos todo sobre la electricidad, salvo algún detalle menor como quién tuvo la culpa del apagón o en su defecto quién abonará las indemnizaciones.
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