Trump se juega el Congreso y América Latina mira las consecuencias

Estados Unidos llega a las elecciones de medio término del 3 de noviembre con Donald Trump enfrentando un desgaste político que podría cambiar su relación con el Congreso durante los dos últimos años de su mandato. Las encuestas que se comentan en este episodio de Las dos orillas muestran un retroceso en su popularidad, especialmente entre los votantes hispanos, mientras crecen las preocupaciones por el costo de la vida, la inmigración y la corrupción.

Pero hay otra discusión que interesa especialmente a los participantes del programa: ¿qué consecuencias tendrá el resultado electoral estadounidense para Venezuela, Cuba y Nicaragua? Los tres países atraviesan momentos políticos en los que las decisiones de Washington tienen una influencia directa, aunque sus ciudadanos carezcan de capacidad para participar en esas elecciones.

Yaisa Santos, Julio Borges, Luz Escobar y Douglas Castro analizan los posibles escenarios electorales, el comportamiento del voto latino y las consecuencias de una eventual pérdida del control republicano de una o ambas cámaras. La pregunta inicial es sencilla: ¿Los estadounidenses están votando a favor de los demócratas o en contra de Trump?

Douglas Castro reconoce que le resulta difícil observar la política estadounidense sin pensar inmediatamente en Nicaragua. Cuenta que las elecciones de medio término, tradicionalmente poco conocidas entre los nicaragüenses, se han convertido en un asunto de conversación frecuente. Sin embargo, sus contactos con ciudadanos de origen nicaragüense que viven en Estados Unidos le han permitido comprobar algo: para muchos de ellos, las principales preocupaciones son el precio de los combustibles, la inflación y las condiciones económicas. La política exterior hacia las dictaduras latinoamericanas ocupa un lugar secundario frente a los problemas cotidianos.

Julio Borges identifica un malestar más amplio. A su juicio, Estados Unidos atraviesa una crisis de representación que afecta tanto a demócratas como a republicanos. Los ciudadanos perciben una distancia creciente entre sus preocupaciones y las prioridades de los partidos. Le llama especialmente la atención la presencia de la corrupción entre los asuntos que inquietan a los estadounidenses, algo que interpreta como una señal de desgaste de la confianza institucional.

Las cifras sobre el electorado hispano ocupan buena parte de la conversación. Según los sondeos citados durante el programa, el 51% de los latinos apoya a candidatos demócratas al Congreso, mientras que el 24% respalda a los republicanos. El dato más llamativo es que el 55% de los consultados interpreta su voto como una manera de expresar rechazo a Trump. El contraste con las presidenciales de 2024, cuando el republicano consiguió un respaldo histórico entre los hispanos, abre una discusión sobre cuánto ha cambiado su relación con estas comunidades.

Los participantes examinan tres escenarios: que los republicanos conserven ambas cámaras, que los demócratas recuperen únicamente la Cámara de Representantes o que consigan controlar también el Senado. En cualquiera de los dos últimos casos, Trump tendría que convivir con un Congreso más dispuesto a investigar las decisiones de su Administración, citar a funcionarios y cuestionar sus políticas.

Douglas cree que una derrota legislativa podría llevar a Trump a concentrarse todavía más en la política internacional, un terreno donde el presidente estadounidense dispone de mayor margen de actuación. Su preocupación se relaciona especialmente con las decisiones recientes hacia Rusia y con la posibilidad de que Washington busque acuerdos internacionales cuyos costos políticos y económicos no coincidan necesariamente con los intereses de sus aliados.

Borges comparte la idea de que la política exterior podría adquirir mayor protagonismo, aunque introduce un matiz institucional. Recuerda que los presidentes estadounidenses conservan instrumentos importantes incluso cuando pierden el respaldo del Congreso. Una mayoría opositora puede investigar, bloquear iniciativas y aumentar el costo político de determinadas decisiones, pero tiene limitaciones para imponer por sí sola un cambio de rumbo en la Casa Blanca.

La conversación adquiere otro tono cuando aborda la política migratoria. Douglas relata casos de nicaragüenses deportados a terceros países, incluida la República Centroafricana, y recoge denuncias de personas con solicitudes de asilo que habrían sido sometidas a procedimientos coercitivos. Según explica, estas situaciones han provocado rechazo incluso entre sectores de la comunidad nicaragüense que anteriormente apoyaban con firmeza a Trump.

Luz Escobar describe una realidad semejante entre cubanos que abandonaron la isla después de las protestas de julio de 2021. Muchos llegaron a Estados Unidos tras recorridos difíciles y permanecen en situaciones migratorias inciertas. Para ella, uno de los aspectos más preocupantes es el miedo que se ha instalado en la vida cotidiana de algunos exiliados: personas que evitan salir, hacer trámites o proporcionar información personal por temor a ser detenidas.

El caso venezolano presenta problemas similares. Borges menciona a migrantes con años de residencia en Estados Unidos, algunos con solicitudes de asilo vinculadas a la persecución política, que han terminado afectados por las nuevas medidas migratorias. Los participantes se preguntan hasta qué punto estas experiencias pueden influir en el comportamiento electoral de comunidades que tradicionalmente han mantenido una relación cercana con el Partido Republicano, especialmente en Florida.

La discusión regresa entonces a Venezuela, pero con una pregunta más concreta: ¿un Congreso controlado por los demócratas presionaría a Trump para acelerar la transición democrática o concentraría sus esfuerzos en investigar a su Administración?

Douglas observa que Venezuela se ha convertido en un asunto recurrente en las campañas de algunos candidatos que buscan el voto cubano, venezolano y nicaragüense. La posibilidad de investigar los acuerdos y las decisiones estadounidenses sobre el país podría abrir un nuevo frente de presión sobre la Casa Blanca.

Borges advierte sobre dos riesgos. El primero es que Venezuela, Cuba y Nicaragua pierdan el respaldo bipartidista que durante años permitió mantener ciertas políticas de Estado y terminen convertidas en instrumentos de confrontación electoral entre demócratas y republicanos. El segundo es que las diferencias entre ambos partidos se concentren en la administración de los intereses estadounidenses, sin modificar el fondo de la política hacia Venezuela. La confrontación partidista podría debilitar el consenso sobre la política hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Su preocupación es que el país termine siendo tratado como una suerte de territorio bajo tutela, donde Washington decide sobre los recursos y las prioridades económicas mientras la recuperación de la soberanía democrática queda relegada. Para Borges, el objetivo debe seguir siendo que Venezuela reconstruya sus instituciones y que los venezolanos puedan decidir libremente su futuro, independientemente de cuál de los dos partidos controle el Congreso estadounidense.

Luz Escobar introduce una última cautela a partir de la experiencia cubana. Recuerda que Barack Obama eliminó la política de pies secos, pies mojados en enero de 2017, una decisión que sorprendió a numerosos cubanos y modificó las condiciones migratorias de quienes intentaban llegar a Estados Unidos. Por eso, considera difícil anticipar cómo actuará Trump después de las elecciones, especialmente en un escenario de mayor confrontación institucional. La experiencia cubana demuestra que las decisiones de Washington pueden cambiar de forma inesperada las condiciones de vida de los exiliados.

El episodio termina con una pregunta que queda pendiente para otra conversación: ¿el final de Trump supondrá también el final del trumpismo? La discusión apunta a un problema que excede estas elecciones: la polarización estadounidense, el desgaste de sus partidos tradicionales y las consecuencias que sus conflictos internos tienen sobre otros países.

Para Venezuela, Cuba y Nicaragua, el resultado del 3 de noviembre puede modificar los mecanismos de presión, supervisión y negociación con Washington. Pero hay una preocupación que comparten los participantes: que las decisiones sobre el futuro de sus países terminen subordinadas a las disputas electorales estadounidenses. En sociedades que llevan décadas reclamando libertades políticas, esa subordinación puede tener consecuencias muy concretas.

Redacción

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