Por Luciana Molinas (1)
Hoy mi grito es de dolor, pero también de lucha. Fui temprano, me persigné, le pedí fuerzas al Espíritu Santo y fui a abrazar a esa mamá que sufre lo mismo que yo. Fue un abrazo que se fundió en uno solo, un abrazo desgarrador donde sentí su alma rompiéndose en mis brazos.
Me contó que su niño tenía la misma condición que mi hijo: autismo y esquizofrenia. Tomaba la misma medicación. Vivía las mismas angustias. Y se nos fue con solo 17 años… Se fue porque no aguantó más. No aguantó la burocracia, no aguantó la espera interminable para ser atendido, la falta de medicación, el sistema indiferente. Se fue porque su cabecita, nublada por el dolor, no soportaba ver a sus padres correr de acá para allá, ver a su familia sufrir por él, sentir que era una carga eterna. Actuó sin pensar en el vacío que dejaba, porque el sufrimiento le ganó la razón.
Por eso hoy quiero gritar con todas mis fuerzas: ¡Ellos no son locos! No son «enfermos psiquiátricos» para estigmatizarlos ni para apartarlos. Tienen una condición, tienen una salud frágil que hay que cuidar y contemplar. Tienen un corazón que siente todo con una intensidad que muchos no entienden.
No dejemos solos a estos jóvenes. No los miremos de reojo ni los hagamos a un lado cuando los vemos solos en la calle. Si los conocemos, si sabemos quiénes son, acerquémonos. Mirémoslos a los ojos. Tendámosles una mano.
Necesitamos que haya más empatía, más solidaridad, más misericordia. Exijamos que la salud mental no sea una espera eterna, que la ayuda llegue a tiempo, que la medicación no falte. Porque detrás de cada uno hay una familia que daría la vida por verlos bien.
Ellos no están locos, están sufriendo. Y merecen ser cuidados, escuchados y amados, tal cual son.
(1) Es mamá de un joven con autismo y esquizofrenia. Vive en Morón.



