Un lujo sin testigos

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Imaginate un hotel sin pasillos. Sin ascensor lleno de gente con valijas, sin desayunador compartido, sin la incomodidad de cruzarte en bata con un desconocido camino al baño. Ahora imaginate que ese hotel, además, sea la casa de un coleccionista danés obsesionado con el diseño de su país, y que todo lo que tocás ahí adentro, desde la silla hasta la taza del café, tenga nombre propio y esté a la venta. Eso es The Darling, en Copenhague, y desde hace poco tiene una habitación nueva que hay que conocer.
La pandemia cambió muchas cosas en la industria hotelera, y una de ellas fue la manera de entender la privacidad. Empezaron a aparecer, en distintas ciudades del mundo, hoteles de una sola habitación, versiones más profesionales del departamento que alquilás por Airbnb pero con servicio de hotel de verdad. Copenhague se sumó a esa tendencia con The Darling, aunque acá el concepto tiene una vuelta de tuerca particular: no es solo privacidad lo que ofrece, es una inmersión completa en el diseño danés del siglo veinte, curada por dos socios que saben exactamente de qué están hablando.
Jens Løkke y Uffe Buchard llevan años trabajando con las marcas de diseño más importantes del país a través de su agencia, Darling Creative Studio. En algún momento decidieron dejar de armar campañas para otros y armar, en cambio, un espacio propio donde todas esas marcas convivieran. El resultado ocupa el segundo piso de un edificio del año 1730, en pleno Strøget, la calle comercial que cruza el centro histórico de la ciudad. Desde afuera no hay ningún indicio de lo que hay adentro. Subís una escalera vieja, medio torcida, y de golpe estás parado en medio de lo que podría ser el museo de diseño más lindo de Escandinavia, salvo que ahí podés sentarte, dormir, cocinar y, si te da la gana, comprar cualquier cosa que veas.
Son tres las residencias que componen The Darling. La más chica, The Cosy, tiene cincuenta metros cuadrados. Le sigue The Classic, con setenta, y suma un estudio para quien viaje por trabajo. Y arriba de todas, con cien metros cuadrados, está The Grand, que además de dormitorio, living, cocina y baño tiene su propio comedor, pensado para cenas más formales. Las tres comparten algo en común, que es la base de todo el proyecto: muebles de Finn Juhl repartidos por cada rincón, contrastando con una selección de arte contemporáneo que cambia mes a mes. Sentate en el sillón Pelícano, probá el sofá Poeta, apoyá los codos en el escritorio Nyhavn. Todo tiene una historia, y todo, insisten los dueños, es tuyo si lo querés.
Pero volvamos a The Cosy, la última en sumarse a la familia y la razón principal de esta nota. Es la más pequeña de las tres residencias, y ahí radica buena parte de su encanto: no busca impresionar por tamaño sino por el cuidado puesto en cada detalle. Adentro vas a encontrar dormitorio, living, cocina y baño, resueltos con una calidez que sorprende considerando lo compacto del espacio. El living, en particular, merece una mención aparte, porque ahí está montado el Sistema de Paneles que Finn Juhl diseñó en 1953, hecho en roble, una pieza que ni los coleccionistas más avanzados suelen tener oportunidad de ver de cerca, y mucho menos de usar como si fuera el living de su propia casa.
Nada en The Darling quedó librado al azar. El verde de las paredes lo mezcló especialmente la firma File Under Pop, inspirándose en la pátina que toman con los años los techos de cobre de las iglesias copenhaguenses. Hay papel tapiz diseñado a medida por Helene Blanche. La cocina de la casa, hecha en roble ahumado, salió del taller de los ebanistas de Københavns Møbelsnedkeri, y la cama es de Dux. La vajilla es Royal Copenhagen, los cubiertos son de Georg Jensen, la cristalería es Holmegaard. Incluso el té que te van a servir en el desayuno tiene una mezcla exclusiva, preparada por la casa de té Sing Tehus solo para los huéspedes de The Darling.
Lo interesante es que nada de esto se siente como un catálogo de marcas puesto ahí para impresionar. Løkke lo resume bien: quisieron que la casa tuviera un poco de imperfección, de vida, para que no pareciera un museo sino un hogar. Y se nota. Las paredes tienen marcas del tiempo, los pisos crujen en algunos sectores, hay objetos que parecen recién dejados sobre una mesa por alguien que salió un momento y va a volver. Esa sensación de vida ajena, de estar de visita en la casa de alguien más, es probablemente lo más difícil de fabricar en un negocio hotelero, y acá lo lograron sin esfuerzo aparente.
No hay recepción ni personal uniformado dando vueltas. Todo el trámite previo a la llegada lo resuelve un servicio de conciliación que se encarga de reservas, actividades y cualquier pedido especial. Si no tenés ganas de salir a comer, podés pedir que un chef privado cocine directamente en la casa. Y si tenés ganas de salir, no hace falta ir muy lejos: la mayoría de las marcas que ves adentro de The Darling tienen su local principal a menos de quinientos metros, en el barrio que los mismos daneses llaman el distrito del diseño.
Quedarte en The Cosy es, en el fondo, una manera de probar Copenhague antes de salir a la calle. Vas a terminar reconociendo sillas en las vidrieras que ya conocías de memoria porque las usaste para desayunar esa misma mañana. Vas a caminar distinto, mirando los locales con otros ojos, buscando esa lámpara o esa mesa que te gustó tanto en la casa que ni te acordaste de sacarle una foto porque estabas demasiado ocupado usándola.


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Redacción

Fuente: Leer artículo original

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