
El Puerto del Hambre, oficialmente conocido en sus orígenes como Ciudad del Rey Don Felipe, representa uno de los episodios más dramáticos y menos conocidos de la colonización española en el extremo sur de América. Ubicado en la ribera norte del estrecho de Magallanes, a unos sesenta kilómetros al sur de la actual Punta Arenas, Chile, este asentamiento constituye el vestigio del primer intento europeo por establecer una presencia estable en una de las rutas marítimas más estratégicas del continente.
La fundación de este enclave en marzo de 1584 se debió a una directriz expresa de la Corona española: controlar el paso entre los océanos Atlántico y Pacífico y protegerlo de piratas ingleses como Francis Drake. El responsable de la misión, el navegante y explorador Pedro Sarmiento de Gamboa, desembarcó en la zona junto a soldados, marineros y familias, con la esperanza de forjar una nueva ciudad en tierras australes.
Sarmiento de Gamboa estableció la Ciudad del Rey Don Felipe en una ensenada protegida, con la esperanza de que su ubicación permitiría el abastecimiento regular y la defensa ante incursiones extranjeras. Sin embargo, los suelos helados imposibilitaron la agricultura, los alimentos almacenados se agotaron y la crudeza del clima patagónico aisló a los colonos durante los largos inviernos. Según registros históricos del historiador chileno Mateo Martinic, “la misión enfrentó desde el inicio un aislamiento absoluto y una cadena de privaciones que ninguna previsión pudo revertir”.
El primer intento de colonización española permanente en el estrecho de Magallanes terminó en tragedia. Los colonos, superados por el hambre y las enfermedades, esperaron en vano los refuerzos y provisiones prometidos desde Lima y España. El cronista de la época Pedro de Rueda cuenta en una carta conservada en el Archivo General de Indias: “El frío era constante y la espera de los barcos se volvía insoportable”. La situación llegó a tal extremo que, tras tres años, solo un sobreviviente permanecía entre las ruinas de la ciudad.
La historia de la desaparición de Puerto del Hambre quedó marcada por la llegada, en 1587, del corsario inglés Thomas Cavendish. Impactado por la visión de un asentamiento destruido y desolado, lo rebautizó como Port Famine –Puerto del Hambre–, nombre que aún utiliza la cartografía internacional. Cavendish relató en su bitácora: “Hallé allí solo un hombre vivo, entre los huesos y cadáveres de sus compañeros, y un silencio que no había sentido jamás”.
Hasta el día de hoy, la tragedia de Puerto del Hambre se estudia como ejemplo de la fragilidad humana ante la naturaleza indómita del sur chileno. El lugar fue declarado Monumento Histórico por el gobierno de Chile en el siglo XX, en reconocimiento a su valor arqueológico y simbólico.

El desafío de poblar el extremo austral
La fundación de la Ciudad del Rey Don Felipe respondió a intereses estratégicos de la monarquía española, que veía en el estrecho de Magallanes una vía para la defensa del imperio y el control del comercio marítimo. La expedición de Sarmiento de Gamboa formó parte de una serie de esfuerzos por consolidar la soberanía hispana sobre el paso, luego de que Francis Drake lo cruzara en 1578, demostrando la vulnerabilidad de la ruta.
El fracaso de Puerto del Hambre evidenció las limitaciones logísticas y tecnológicas de la época para sostener comunidades en climas extremos. “La incapacidad de aclimatar cultivos, la falta de recursos autóctonos y el aislamiento absoluto sellaron el destino del asentamiento”, resume el arqueólogo chileno Alfredo Prieto en su estudio “Poblamiento y abandono en la Patagonia Austral”, publicado por la Universidad de Magallanes, principal centro universitario de la región.
El sitio cobra relevancia no solo por su historia trágica, sino también por su papel en la conformación de la identidad local. Para los habitantes de Punta Arenas y la región de Magallanes, Puerto del Hambre es un símbolo del esfuerzo y la resistencia frente a condiciones adversas.
Un destino turístico y arqueológico en el fin del mundo
Hoy, Puerto del Hambre forma parte de un circuito turístico que recorre los principales hitos de la colonización en el extremo austral de Chile. El lugar puede visitarse junto al Fuerte Bulnes, una reconstrucción del siglo XIX que sí logró prosperar y consolidar la presencia chilena en la zona. Los visitantes encuentran en el sitio una experiencia de silencio y contemplación, donde las huellas de la antigua ciudad invitan a reflexionar sobre el pasado y la relación del ser humano con el entorno.
El monolito conmemorativo, los senderos señalizados y la vista panorámica del estrecho de Magallanes son algunos de los principales atractivos para quienes llegan hasta este rincón remoto. Además de su valor histórico, el sitio es considerado por el Instituto Geográfico Militar de Chile, organismo oficial de cartografía nacional, el centro geográfico del país de norte a sur, y ha sido escenario de estudios sobre las rutas marítimas antiguas y el poblamiento de la Patagonia.



