En el territorio matancero, las “madrazas”, un grupo de referentes de los diferentes centros que dependen de las diócesis del Distrito, y vecinos solidarios recorren las calles frías del otoño con un propósito: brindar contención y ayuda a las personas en situación de vulnerabilidad y quienes sufran de adicciones.
Unas de esas “madrazas” son Marcela Pepe y Ana Ferretti, quienes integran el Centro San Martín de Porres, de la Catedral de Santos Justo y Pastor y de los Hogares de Cristo, al igual que el “equipo de calle” que sale todos los días para ofrecerles una segunda oportunidad a personas en estado de total vulnerabilidad. “Somos como una ‘mamá grande’ de todos los que concurren a los lugares de asistencia”, indicaron en diálogo con El1.
En el Centro San Martín de Porres, las personas tienen una ducha para bañarse, ropa para cambiarse y un desayuno caliente para combatir el frío. “Nuestro objetivo fundamental es que ellos algún día puedan tomar la decisión de cambiar de vida, mientras que nosotros ofrecemos un apoyo incondicional”, agregaron.
No obstante, alcanzar ese cambio de vida no es tarea fácil. “Al comienzo, no todos vienen y te cuentan sobre su vida. Como seguramente han pasado por muchas situaciones difíciles, ellos toman ciertas precauciones hasta que, despacito, entran en confianza y puedan hablar”, admitió.
En este contexto, Nicolás, integrante de Hogares de Cristo, destacó que el “grupo de calle” sale cada mañana a repartir mate cocido y tortas fritas a quienes necesiten de una comida caliente. “Luego venimos a la Catedral con la ‘madraza’ y seguimos ayudando para que puedan salir adelante. Y si la persa está dispuesta a cambiar su vida, también ofrecemos una rehabilitación”, compartió.


La segunda oportunidad, en primera persona
Si bien ahora se desempeña como colaborador de Cáritas, Leonardo Monzón fue uno de los tantos que recibió asistencia cuando se encontraba en el punto más bajo de su vida. “Por malas decisiones que tomé, terminé en la calle, pero un día tuve la valentía de levantar la mano y pedir ayuda. Eso mismo es lo que tratamos de transmitir: que nunca es tarde para pedir ayuda y salir de esa situación”, expresó.
Por su parte, Daniel, de 48 años y hoy colaborador del Centro San Martín de Porres, admitió que fue uno de los que, luego de tantos años, levantó la mano para pedir ayuda. “Gracias a este lugar pude conocer lo que es una familia. Yo tuve una infancia muy dura y una vida muy difícil, lo que me hizo cometer muchos errores. Eso me llevó a estar 25 años en una cárcel y perder todo. Pero hoy soy una persona que camina con la frente en alto, porque nunca es tarde para arrepentirse de las cosas”, manifestó.
Daniel llegó al Centro San Martín de Porres ocho meses atrás y completó los “doce pasos”, proceso impulsado por los colaboradores del espacio para comenzar el camino de una nueva vida. “Empecé a llorar y a contar todo lo que me pasó, desde mi infancia hasta mi presente. Hoy trabajo en una casa de comidas, estoy aprendiendo a cocinar y descubrí que me encanta”, destacó.
Por último, celebró los espacios comunitarios que buscan ayudar sin nada a cambio y transformar vidas. “Es una lástima que no existieran este tipo de lugares durante mi infancia y adolescencia. Pero por suerte pude entender que nunca es tarde para levantar la mano y pedir ayuda”, cerró.



