Valérie Perrin, autora francesa de Tatá: “Me encanta jugar con mis lectores y engañarlos”

La tía de Agnès, Colette, acaba de morir. Pero, no puede ser cierto: ella había muerto tres años atrás. Tatá (Duomo, 2025), de Valérie Perrin, es una de las novelas más leídas del momento. De prosa efectiva y, no por eso, austera, la obra de Perrin navega con comodidad por el claroscuro que supone la experiencia de estar vivo: luminosa, en fin, porque la buena literatura tiene el poder de derrotar la oscuridad.

La novelista, fotógrafa y guionista francesa Valérie Perrin. Foto: gentileza.

Colette trabajaba como zapatera en Gueugnon, una ciudad industrial de Borgoña donde la autora creció. Hincha del club de fútbol más importante del lugar –alrededor del cual se desarrolla gran parte de la narración–, sacrificó sus propios intereses en favor de su hermano Jean, padre de Agnès.

La novelista, fotógrafa y guionista francesa Valérie Perrin es hija de un jugador de fútbol y de una comerciante de Gueugnon, está casada con el cineasta Claude Lelouch, con quien trabaja como coguionista.

Debutó con Les oubliés du dimanche (2015), siguió con el éxito internacional Changer l’eau des fleurs (2018), traducido a más de treinta idiomas, y con Trois (2021).

En 2024 publicó Tatá, en Francia. Sus obras le han valido premios como el Prix Maison de la Presse y el Prix du Premier Roman de Chambéry, consolidándose como una de las voces más potentes de la última década.

No sabremos qué pasó con Tatá –apelativo cariñoso para “tía” en francés– hasta bien avanzada la historia, y tampoco lo revelaremos aquí. Perrin dosifica la información con precisión para mantener al lector en vilo, y Clarín, que conversó con ella en remoto, cuidará ese secreto.

Sí podemos decir que Tatá es una novela sobre la memoria familiar, un thriller psicológico y, al mismo tiempo, una denuncia de los problemas sociales de nuestra época. Perrin inserta en la trama temas como la pedofilia, la violencia doméstica o el sida en los años ochenta, con algunos personajes muy siniestros y otros, bellamente entrañables, que el lector va a amar.

–Escribir una historia que se desarrolla en la ciudad donde creció, Gueugnon, es de alguna manera, revisitar sus raíces, sus recuerdos de infancia. ¿Cómo resultó esta experiencia?

–Mis tres primeras novelas están ambientadas en Borgoña, en ciudades imaginarias pero muy ancladas en Gueugnon, donde crecí. Para la cuarta, decidí hablar directamente de ese pequeño pueblo, al que llegué con un año y cuyos códigos conozco bien. Soy hija de una comerciante, mi madre tenía una tienda de ropa. Llegamos allí porque el club de fútbol fue muy importante durante treinta años, y no podía hablar de Gueugnon sin mencionarlo. Me pareció original dar a Colette el carácter de aficionada. Para escribir el personaje, dialogué con una mujer real que fue simpatizante toda su vida. Quería hablar de Gueugnon en general, y también de Los Ángeles, de la vida de Agnès como cineasta, pero la novela transcurre principalmente en esa provincia.

–En Tatá, el suspenso domina la escena: la novela está llena de falsas pistas…

–Me encanta hacer eso. Me gusta jugar con mis lectores, engañarlos, que cometan errores, que caigan en trampas, que empiecen a pensar en algo completamente diferente, eso me apasiona. La gente se pregunta quién vive enfrente de la casa de Agnès, quién le deja la sopa en la puerta, por qué Colette se hizo pasar por muerta durante tres años. Siempre digo que construyo historias de amor como thrillers, como novelas de detectives. Siempre hay una investigación, y me encanta el género policial. También me apasionan las noticias. Sé mucho de casos penales, porque me interesa saber cuándo un ser humano, de quien los vecinos pueden decir que era bueno, que saludaba a todos, puede convertirse en alguien terrible.

–Hay, también, personajes fieles y protectores en Tatá: los amigos de Agnès de la infancia, Louis Berthéol y, sobre todo, Mokhtar, que es entrañable…

–Siempre digo que hay una familia de sangre, a la que estamos sometidos, y otra, que elegimos. Somos la suma de nuestros encuentros. Hay algunos que pueden ser muy terribles, pero también los hay muy sinceros y fuertes, son los que nos sostienen toda la vida y que, incluso, pueden salvarnos. Y es cierto que, afortunadamente, puede haber un hombre como Louis Berthéol, que siempre será fiel a Colette, nunca la traicionará, y también está Mokhtar, que es muy luminoso, como un padre sustituto. También es muy bonito que Agnès vuelva a un pueblo pequeño y que se reencuentre con sus amigos de la infancia. Eso es lo que más me interesa en todas mis novelas. No importa en qué país vivas, qué idioma hables, siempre habrá una persona amable que se acerque a ti.

–La relación entre Mokhtar y Colette me hace pensar en Jean Valjean y Cosette, de Los Miserables…

–Sí, es muy justa la comparación. No lo había pensado, pero lo veo muy claramente, cuando él va a buscarla a casa de los Thénardiers para salvarla, eso es exactamente equivalente a cuando llega Mokhtar a casa de la madre de Colette. Nunca había hecho la conexión, pero es completamente cierto, es alguien muy importante en la vida de Colette y también en la vida de Jean. Prácticamente, les salva la vida.

La novelista, fotógrafa y guionista francesa Valérie Perrin. Foto: gentileza.

–¿El hecho de que un personaje tan luminoso como Mokhtar sea tunecino y musulmán puede leerse como un mensaje de convivencia fraterna frente a las tensiones que atraviesa Francia en ese sentido?

–Cuando era chica, Gueugnon era una ciudad siderúrgica donde había muchos extranjeros; mi mejor amiga era argelina, pasábamos mucho tiempo juntas, compartíamos cuscús. Había, también, portugueses, polacos y, en serio, todos vivíamos muy bien juntos. No nos preguntábamos cuál era nuestra religión o nacionalidad. Hoy en día, cuanto más avanzamos en el tiempo, más se estigmatiza al extranjero y más difícil es la convivencia. Es como si la gente necesitara radicalizarse para volver a valores reales cuando no lo son en realidad. Y creo que hoy, a nivel global, en lugar de pelear unos contra otros, como hacen todos los Putin, los Trump y compañía, deberíamos luchar todos por el planeta, por la ecología, para que la gente pueda comer hasta saciarse. Y podríamos hacerlo, pero nunca lo haremos. Así que es cierto que pongo muchas pequeñas cosas en mis novelas.

–Agnès, como usted, es cineasta, aunque con distintos roles. Ella es directora y usted, coguionista, junto con su marido (Claude Lelouch). ¿Se podría decir que su narradora es una especie de alter ego suyo?

–Creo que Agnès tiene el valor que yo no tengo para hacer una película. Al ver a Claude y el trabajo que representa dirigir un filme, no estoy segura de tener la fuerza para rodar o montar. Me dedico a la fotografía cinematográfica, que es algo muy especial. No escribes una novela como si fuera una película y, por el momento, no me siento preparada para ello. Mientras que a Agnès, le di el valor de ser cineasta desde muy joven. Pero, sobre todo, sé que, por observar a mi marido en el trabajo y lo que ocurre en un set, me interesaba mucho ponerme en la piel de director. Para eso también sirve escribir. Se trata de hacer realidad fantasías, de vivir vidas que quizá nunca vivamos. Tengo una amiga, Elsa Zylberstein, que es una actriz muy conocida en Francia, con la que somos muy cercanas, y le dije: «Tú y yo hacemos el mismo trabajo. Nos metemos en la piel de muchos personajes diferentes”.

–¿Se puede decir que su novela, Tatá, tiene fuertes puntos de encuentro con las películas de su marido, en las que el destino, las coincidencias y los misterios del azar ocupan un lugar preponderante?

–Sí, absolutamente. Me encanta, hay mucho de eso en los filmes de Claude y también está muy presente en mis novelas, sobre todo en Tatá. Más que destino o coincidencias, creo que nos encontramos. Hay una frase de Paul Éluard, que dice: «No hay casualidades, solo encuentros». Yo no creo en el azar. Creo que somos la suma de nuestras elecciones. Que todos hemos hecho buenas o malas elecciones en nuestra vida. No hay que reprocharse si uno ha hecho malas elecciones, es así. A veces, uno dice: “Es increíble lo que me pasa, ¿por qué te crucé acá, en este momento, justo cuando estaba pensando en vos?”. Hay algo que hace que nos crucemos y es el gran misterio de la vida y eso me encanta, y es por eso que está tan presente en los filmes de Claude, en los grandes frescos como Los unos y los otros y, muy particularmente, en mi novela Tatá.

Tatá, de Valérie Perrin (Duomo). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.

–Dejé a los personajes siniestros para el final, porque en el final de su novela, usted escribe: “Perdón a las víctimas, nunca haremos lo suficiente para protegerlas” …

–Cuando empecé a escribir Tatá, sabía que iba a hablar de este depredador que había hecho daño a niños, sabiendo que existía, que murió hace diez años, que sé su nombre. Y, por cierto, gracias a mi novela, hay una periodista que hizo un trabajo de investigación durante un año, fue incluso más allá que yo porque entrevistó a mucha gente y la investigación salió en un gran periódico hace un mes, con diez páginas, porque consiguió que algunas víctimas hablaran. Soy una escritora de la vida. Y si hablo de la vida, hablo de lo que es bello: amor loco, amor prohibido, pero también de los problemas sociales. También hablo de violencia doméstica. No soporto cuántas mujeres aún hoy en este mundo dependen de un hombre. Y el ejemplo más evidente es Afganistán. En Occidente, con el Movimiento MeToo, hay algunos cambios, pero sigue siendo complicado. Sobre el abuso a menores, al menos los niños empiezan a saber que su cuerpo es su cuerpo y que nadie tiene derecho a tocarlos. Escribirlo ayuda, pero es verdad que nunca será suficiente.

Valérie Perrin básico

  • Nació en 1967 y es fotógrafa y escenógrafa francesa.
La novelista, fotógrafa y guionista francesa Valérie Perrin. Foto: gentileza.
  • Su primera novela, Les Oubliés du dimanche, fue escogida por los libreros como la mejor novela del año.
  • Con El secreto de las flores ha logrado el Premio Maison de la Presse 2018.
  • Ha sido traducida a cinco idiomas y ha logrado un enorme éxito de ventas en Francia.

Tatá, de Valérie Perrin (Duomo).

Adriana Muscillo

Adriana Muscillo

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