El 8 de agosto de 1956 era miércoles. A las ocho de la mañana, había 274 mineros de turno que, desde hacía menos de una hora, habían descendido a las vetas negras del Bois du Cazier, en Marcinelle, uno de los grandes complejos carboníferos de la cuenca de Charleroi, en Valonia, la región francófona de Bélgica. Antes de encerrarse en las jaulas que los llevarían a 975 metros bajo tierra, ya se habían encomendado a Santa Bárbara; una vez abajo, se habían puesto en fila como hormigas para empezar a cavar.
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