La compra en supermercados masivos suele ser impersonal: pagas el gramo exacto en una bandeja plastificada, sin que nadie te mire a los ojos.
Vicente Sánchez opera de forma inversa con su imponente camión de frutos secos y repostería artesana, ofreciendo un trato personal.
“Yo soy de vender, no de despachar”, sentencia en Pausa y Plato. Su estrategia: al llenar el recipiente, añade un puñado extra por cortesía.

“Te entra un poco más”, dice con una sonrisa. Este gesto generoso le ha valido el apodo de “manona”, demostrando que la empatía genera beneficios.
La humedad cantábrica, a menudo superior al 80%, es un reto. Para evitar que el producto “se quede blando”, usa bolsas de polipropileno.
Su mejor consejo es: “Llevad lo que vayáis a consumir”. Sabe que el consumidor norteño exige volumen, como la nuez de calibre 36, siempre “gorda”.
“Cuando me piden un higo, lo primero que hago es: toma un higo, pruébalo”, dice, convencido de que el paladar es el mejor argumento de venta.
Sus pinchos artesanales, como las “gildas” a 1,50€ (frente a 3,50€ en locales de moda), y su repostería colosal, “como un neumático”, son muy populares.
Este despliegue analógico, con sobaos con 26% de mantequilla y certificación IGP, es una barrera competitiva ante lo impersonal y ultraprocesado.

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