Era la pregunta que todo el mundo se hacía y nadie respondía. ¿Qué truco sacaría de la chistera Donald Trump para evitar el anunciado desastre en las elecciones para renovar la Cámara de Representantes y el Senado en noviembre? Nadie había caído en la sentencia pendiente del Tribunal Supremo sobre el diseño de un pequeño distrito electoral de Luisiana de mayoría negra. Quizás porque tampoco nadie imaginó que el Alto Tribunal se atreviera a destruir el espíritu de la ley del Derecho al Voto, una norma aprobada en 1965 para que los políticos segregacionistas no pudieran boicotear el sufragio de los afroamericanos.
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