Marrón Cabeza (Emecé) es el nuevo libro de Walter Lezcano, escritor, poeta, ensayista, periodista de Clarín y docente de Literatura del nivel secundario. Autor de títulos como Rubí. Una novelita sobre Babasónicos (Gourmet Musical, 2022); 23 patadas en la cabeza (Eloísa Cartonera, 2016) y Luces calientes (Tusquets, 2018), entre muchos otros, narra gran parte de su vida en esta novela autobiográfica, en especial, a partir de una serie de charlas que mantuvo con su madre, con quien habló en forma extensa y profunda por primera vez.

La calle, las distintas geografías que habitó, la influencia de la música, los libros y, sobre todo, la elección por la escritura y la poesía son algunos de los temas que aborda en el libro y en esta entrevista con Clarín, junto con el descubrimiento de su origen y la denuncia, a viva voz, del racismo que se ejerce en la Argentina.
–¿Cómo surgió Marrón Cabeza?
–El libro tiene tres comienzos: yo siempre había querido indagar en esta parte de mi vieja, la historia, o al menos parte de la historia personal, que ella nunca contaba por no confiar en las palabras ni en el diálogo como una forma de conocimiento –algo muy propio de la cultura migrante a la que pertenece; esas madres abnegadas, luchadoras, que hoy se conocen como «madres luchonas», para quienes está muy puesta toda la existencia en el cuerpo y no tanto en la palabra–, y yo quería saber un poco de esa historia mía que ella nunca me contaba. El segundo comienzo tuvo que ver con que con mis hermanas tenemos tres padres distintos, mi vieja tiene una situación también compleja con el padre, entonces quería armar un libro que diera cuenta de eso. Incluso había pensado un título posible, que era Los padres de mi familia. El tercero llegó a partir de una charla con Ana Ojeda, una escritora y editora a quien admiro mucho. Ella me propuso pensar un libro que relacionara la lectura y la escritura en contextos adversos. Se unieron estas tres cosas. Ahí empezó un libro totalmente de cero. Lo único que tenía en claro eran estos tres ejes: leer, escribir y combatir.
Las puertas de un nuevo mundo
Los ejes que menciona Lezcano son los títulos de las tres divisiones que tiene el libro. “En el principio de mi viaje con la literatura estuvo esa pista de despegue llamada lectura”, dice en algún momento de la primera.
“Llegó a mis manos, gracias, por supuesto, a mamá, Don Quijote de la Mancha. Supe desde entonces que ciertos libros aterrizan en tu vida cuando más los necesitás”, escribe también, en referencia al título de la literatura universal que, desde muy chico, le abrió las puertas a un nuevo mundo. Unas páginas más adelante cuenta, y se pregunta: “Cuando caí en El juguete rabioso me sentí comprendido y, en muchos sentidos, iluminado por una linterna desde el más allá. ¿Cómo podía ser que este desconocido –(Roberto) Arlt– me conociera tanto, tan bien?”.
“Yo siento que es un libro que solamente se puede escribir después de haber hecho un recorrido en relación con la escritura y la lectura”, dice Lezcano a Clarín.
Y sigue: «Requiere estar a punto caramelo para que se rompa el dique y se puedan escribir cosas de ese tenor. Por otra parte, también, no sé por qué, pero no quería ‘usar mi historia’ para empezar un camino en la escritura. Necesité escribir varios libros de poesía, novelas y ensayos para decir: ‘Tengo 46 años, es un buen momento para mirar atrás sin rencor’, como dice la canción de Oasis, mirar atrás de verdad, ver qué pasa. Entonces me gusta que sea un libro que lo encuentra a uno en un momento determinado y que uno decide escribirlo».
A Lezcano lo ronda una pregunta: ¿cómo acceder a una literatura honesta, sin pensar en cuestiones extorsivas con el lector? «No quería dar lástima o que pareciera que yo quería ocupar un lugar desde esa zona. Entonces, de alguna manera, lo venía postergando, era algo que empezaba y luego dejaba, anotaba y volvía a dejar. Pero la historia de mi vieja siempre estuvo ahí conmigo. Supongo que es algo bastante normal, es el personaje de la vida de muchos, ¿no? Siempre la pensaba, la miraba, la estudiaba”.
La calle, la música y los libros
A lo largo del libro aparecen citas de distintos títulos del autor. Las referencias acompañan el relato de una vida difícil, que empezó en Corrientes y continuó por distintos puntos de la provincia de Buenos Aires, donde vivió con su madre, las diferentes parejas de su madre, una hermana primero y luego dos. Sus refugios fueron, en gran medida, la calle –“Cuando tu casa es un infierno y te expulsa, la calle te contiene, la calle es el lugar de los que no encuentran su lugar en ninguna otra parte”, dice–, la música y los libros.
“Yo no tengo cultura de clase media”, dice Lezcano. “Me refiero a atribuir a la educación institucional el valor que debería constituirme como ciudadano de primera clase dentro del futuro de un país. Ser parte de la literatura argentina es también hacer ostentación de cierto linaje educativo. El libro tiene exceso de aire: esa sí fue una estrategia consciente. Yo no quería cargarlo de decenas de citas de autores que leí. No quería llenarlo de cultismo; la hipercorrección es una marca de clase porque uno no quiere que se le note el barro de los zapatos, que se descubra el origen».
Cuenta que, además, «hay otra cuestión que siempre está en los pobres, esto de ser primera generación que tiene estudios universitarios y rompe una línea. Se viene a dar el salto de clase y romper algo. Quería dejar en claro que no vengo a romper nada. Si algo hice fue gracias al salvajismo de mi vieja y quiero hacer una continuidad de eso. Por más que yo tenga estudios universitarios, eso no tiene ningún valor en mi imaginario. Sí tiene valor que mi vieja, por su forma salvaje de vivir, me permitió saber que existía una vida alrededor del gozo y la alegría sin importar ningún límite”.
Jugarse la vida
Lezcano cuenta en el libro que, después de haber atravesado su primer gran desengaño amoroso –“Esa nueva clase de dolor, al que no podía integrar ni contener ni siquiera en la peor de mis pesadillas”, define–, comenzó a escribir.
“Para la literatura, lo traumático es combustible y siempre enciende la mecha de la creación”, expresa en esas páginas. Unos versos de Alejandra Pizarnik que le dieron para leer en el colegio hicieron lo suyo. “Partió de mí un barco llevándome”, recuerda de memoria. Es el poema 13 del libro Árbol de Diana: “Explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome”.
Desde ese momento, dice en la entrevista, comenzó a pensar la lectura y la escritura como una “categoría de realidad”, no en términos de encontrar un tiempo disponible para un hobby o entretenimiento: “Para mí la vida es leer y la vida es escribir, esto lo decía Mario Levrero en Diario de un canalla: ‘No me fastidien con el estilo ni con la estructura (…) me estoy jugando la vida’”.

–¿Y transmitís esto en el aula, como docente de alumnos secundarios?
–A los adolescentes quiero dejarles en claro siempre que un libro realmente puede cambiar la vida de alguien. O sea: a partir de un libro es posible decidir vivir de otro modo; tomar decisiones que influyan en la propia vida y la lleven a desviarse del camino que llevaba hasta ese momento, por ejemplo. Siempre dejo en claro eso: no estamos solo divirtiéndonos, analizando textos o pensando cómo se produce sentido dentro de la sociedad a partir del lenguaje. Esto es un camino para toda la vida, al que se puede acceder de muchas maneras y que realmente puede impulsar a tomar decisiones como separarse, cambiar de trabajo, ir a otro país o ser un asesino serial. Todo esto puede suceder a partir de la lectura de un libro.
La madre
“Yo siempre vi a mi vieja como una salvaje total, no está en ella la idea de ‘tirar para adelante’ en un sentido racional”, dice Lezcano. “Es impulsiva, intuitiva, y trata de vivir el presente como hace un animal. Está en el corazón del momento todo el tiempo, yo trato de replicar ese modo de actuar y de vivir: no pensar en las consecuencias, tener honestidad con el propio sentir, generar un vínculo con esos sentimientos y no traicionarse, tener ese arrojo hacia la vida que se corresponda con cosas que uno quiere para sí”.
–¿Te sorprendieron las cosas que te contaba?
–Fue todo sorpresa, porque nunca nos habíamos sentado a hablar, nunca tuvimos antes esa posibilidad. Por mil razones: personales, económicas, psicológicas. Fue increíble. También me hizo pensar en qué situación estábamos como familia y con respecto al paso del tiempo, en cómo algunas personas influyen para que se produzcan cambios. Así que fue todo alucinante. Los encuentros y pensamientos que surgieron a partir del libro a mí me cambiaron la vida. Ella es un gran referente en todo sentido: me interesa la continuidad de esa vida. Así como se dice que ‘la política es la guerra por otros medios’, la escritura y la lectura son el salvajismo de mi vieja por otros medios. También, a partir de esos diálogos, descubrí que hay una rama toba en mi familia, por parte de mi abuela.
–¿Nunca antes te habías cruzado con esa palabra, con ese origen?
–Hace un tiempo tuve la suerte de estar en un jurado de poesía provincial en Corrientes capital; tenía 40 años. Hasta ese momento me autopercibía sin tierra, de ningún lado, era algo que me gustaba de mi imaginario identitario. Ese viaje duró una semana y la actividad era de un solo día; no había vuelto desde chico a la provincia y tampoco había estado en la capital. Al interactuar con la gente tuve una sensación impresionante de descubrirme correntino. Nunca lo había sentido. En todos lados digo: ‘Soy de Corrientes y nací ahí’. Pero había algo mío que me hacía sentir ciudadano del mundo. Y después llegué a este lugar, hablé con las personas, con algunos me emborraché, con otros charlamos o nos reímos como si fuésemos amigos del barrio desde chiquitos. Fue algo nuevo: sentirme de esa tierra, y que esa tierra hable de mí. Es un tipo de sensación que no es equiparable a ninguna otra; saber que hay un terruño que es tuyo, y que vos podés dialogar con él y que ese lugar dialoga de vos. Escuchar a mi vieja contar cosas para el libro de algún modo también tiene que ver con eso; saber de dónde vengo, cuáles son las ideas que sostienen muchas de las cosas que hago. Creo que todo eso fue puesto en funcionamiento por la aventura de la escritura.
–¿Qué hay de aquel chico que vivió la situación de la olla de la escuela que narrás en el libro cuando escribís, cuando vas a leer tus poemas?
–Son experiencias que impregnan una huella mental que no quiero arrojar al olvido. Quiero que eso esté conmigo, presente, no como imposibilidad o un río de resentimiento sino como una situación que viví, me marcó y en la que todavía están muchas personas. Me siento hermanado con ellas. Cuando yo veo a alguien en la calle me siento más cerca de esa persona que de alguien exitoso. Porque veo también sus facciones parecidas a las mías. Yo vivo en Constitución, a 15 cuadras de la escuela donde doy clase. Cuando estoy en un proyecto de escritura, en una vorágine de escribir muchas cosas y siento que me encierro mucho, voy caminando al trabajo para atravesar todo eso, impregnarme de realidad y no olvidarme de todo lo que sucede. Me enfrento a todo eso y lo miro a los ojos.

–¿Cómo reaccionaste ante el dato que, según mencionás en el libro, brindó tu mamá en la charla acerca de que tu papá era lector?
–Después de la pandemia me invitaron a la Feria del Libro de Goya, en Corrientes. Era la segunda vez que iba. Apareció mi tía, hermana de mi papá, y me invitó a merendar. Fui a la casa y llegaron varios parientes que querían conocerme, se armó una mesa llena de familiares. Y ahí descubrí que la mayoría son docentes. Así como me creía Nowhere Man y después me reconocí como correntino, siempre creí que la elección de la docencia era parte de mi viveza absoluta de cómo ganarle al sistema, pero resulta que soy un Lezcano docente más, dentro de los Lezcano docentes. Creo que esas revelaciones me hacen notar que formo parte de un linaje particular, de una tierra hermosa, y que ciertas decisiones que yo creía que eran parte de mi libre albedrío estaban signadas por algo que algunos dirán que está en la sangre; otros, que es el recorrido ya trazado y que uno lo continúa. Pero, en todo caso, es uno de esos descubrimientos alucinantes que surgen cuando se indaga en el árbol genealógico.
–¿Atribuís esto al hecho de haber sido convocado por tus libros?
–Sí, por eso digo que la poesía me lo dio todo. No es una forma de decir. Hace dos semanas me invitaron a un festival de poesía en un lugarcito de Río Negro. Era todo hermoso. En un momento me invitaron a ver los acantilados. Yo en mi vida había visto uno, sabía que existía la palabra, pero ni siquiera sabía qué era. Dije: ‘Por supuesto’, solamente por curioso. Cuando lo vi morí de emoción. Eso me lo dio la poesía. Y así miles de cosas. La primera vez que entré al Malba fue porque alguien decidió hacer una lectura de poesía. Por todo esto yo siempre voy a estar al servicio de la lectura y la escritura. Tiene que ver con algo del orden de lo real. Efectivamente, la poesía me lo dio todo. No hay forma de que yo no esté totalmente agradecido. Siento que mi vida empezó cuando empecé a leer. Ahí empezó la existencia real.
Marrón Cabeza, de Walter Lezcano (Emecé).

