Entre discursos de odio y el mandato de la 'muerte voluntaria', Alfredo resiste al sistema buscando lo único que el poder no puede comprar: un abrazo.

“Y hoy es su cumpleaños”, una obra distópica que observa el futuro y la deshumanización.

Por Galo, Maíl

El teatro tiene esa capacidad única de proyectarnos hacia adelante para obligarnos a mirar el presente. Al entrar al Espacio de Teatro Boedo XXI para ver «Y hoy es su cumpleaños», uno no solo viaja al Buenos Aires de 2128; se dispone a una pregunta que nos persigue desde siempre: ¿En qué momento dejamos que el sistema nos robe lo que nos hace humanos?

La deshumanización y la soledad

La obra nos presenta a Alfredo (Juan Pensado) en el día de su setenta aniversario. Pero en este futuro distópico, cumplir años no es un festejo, sino el inicio de una cuenta regresiva impuesta por el «Organismo Nacional».

La puesta construye con precisión una atmósfera de aislamiento: una inteligencia artificial marca el ritmo de los días con noticias automáticas, saludos vacíos y una rutina que vuelve insoportable incluso un cumpleaños. El resultado es un retrato inquietante de una sociedad donde la productividad define el derecho a existir, y donde llegar a la vejez puede ser un acto de resistencia… o un trámite burocrático hacia el olvido.

Alfredo. Foto: Camila Martinez Nassif

La tensión estalla con la llegada de la agente gubernamental Yamilda (Maina Zayas). Ella no es solo una funcionaria insensible; es el producto perfecto de un adoctrinamiento que ha anulado su subjetividad, imponiendo discursos de odio bajo el mandato de ser una ‘ciudadana de bien‘.

Agente Yamila ingresando a escena. Alfredo a lo lejos-

Sin embargo, ese bloque de frialdad empieza a resquebrajarse. Interpelada constantemente por Alfredo, la agente sufre quiebres. En esos momentos, la rigidez se rompe: aparece el llanto, aparece la fisura, aparece una identidad que fue aplastada pero no del todo extinguida. Ahí se revela el verdadero conflicto: alguien que ejecuta una ley inhumana mientras, por dentro, lucha por recuperar lo que es.

La fractura del vínculo: El abrazo como resistencia

En un mundo donde el poder se inmiscuye incluso en los vínculos más íntimos, Alfredo propone un gesto mínimo y radical: un abrazo.

Ahí la obra encuentra su punto más alto. En ese contacto, tan simple como subversivo, aparece la posibilidad de recuperar la identidad a través del afecto. Un gesto que desafía a una metrópoli que ha decidido que sentir es una falla del sistema.

Alfredo y Yamila. Foto: Camila Martinez Nassif

Un choque que no es legal, sino afectivo: Por un lado, la funcionaria opera bajo una voluntad delegada: ella no actúa por convicción propia, sino como el brazo ejecutor de un poder que ha colonizado su subjetividad. Su eficacia reside en la capacidad de disfrazar la crueldad del Estado con un lenguaje administrativo impecable, transformando una sentencia de muerte en un simple protocolo de «ciudadanía responsable«.

Frente a esta maquinaria, Alfredo opone la única trinchera que le queda: la memoria. Su resistencia no es política en el sentido tradicional, sino profundamente humana.

Su pedido de perdón no es un signo de debilidad, sino un acto de lucidez: entiende que la única forma de desarmar a la máquina es apelando a lo que todavía late bajo el uniforme.

El abrazo que Alfredo pide no es solo un gesto; es la última reserva de humanidad frente a una sociedad que se enfrió del todo. Porque cuando aparece un abrazo, se crea un espacio propio, un lugar donde el Estado ya no tiene autoridad para meterse.

El espejo con la actualidad:

El paralelismo con la Argentina actual es inevitable. La fragilidad del sistema de asistencia a la tercera edad y la pérdida del poder adquisitivo resuenan con fuerza en la obra.

Sin decretos futuristas, la realidad ya plantea formas concretas de abandono que afectan a los sectores más vulnerables.

Foto: Camila Martinez Nassif

La obra interpela sin rodeos: en un sistema que prioriza la rentabilidad, la pobreza puede convertirse en una sentencia anticipada. La desidia social opera como un mecanismo de exclusión invisible.

“Y hoy es su cumpleaños” no busca predecir el futuro: busca diseccionar el presente.
Y deja una advertencia clara: ese 2128 distópico ya empezó.

Ficha Técnica

La obra se presenta en el Teatro: Boedo XXI (Av. Boedo 853, CABA).

Entradas: Disponibles por Alternativa Teatral o en la boletería del teatro.

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