Hace pocos días, se cumplieron cuarenta años del mural ubicado en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Nordeste en Resistencia, una obra de Amanda Mayor, artista plástica argentina y militante por los derechos humanos con obras expuestas en Entre Ríos, Chaco, Santa Fe, Buenos Aires, Nueva York, Washington, Mantua, Toledo y el Cantón de Valais.
Su militancia se enhebra con el asesinato de su hijo, Fernando Piérola, en la Masacre de Margarita Belén el 13 de diciembre de 1976 en la provincia de Chaco.
De cualquier forma, no me quiero extender en la cuestión artística, entonces giro el dial.
El recordatorio del aniversario de la obra me mostró que muchos no la conocen y algunos conocen vagamente el fundamento que expresa su contenido.
Sin dudas, el mural es una sintética clase de historia, que nadie debe olvidar, que los jóvenes tienen que estudiar, los docentes enseñar, para formar ciudadanos que impidan que cruentos episodios como ese se repitan nunca más.
Dejo para que cada uno investigue el por qué, concluida la obra, algunos impulsaron taparla, otros trataron de no estar representados en la misma y la controversia llegó a la justicia, que finalmente resolvió que esta quede en la plenitud de la idea de la autora. Con ello se plasmó su paso a todo lo eterno que puede ser algo material.
La autora, cuando le mostraron el lugar posible de su realización, según comentan, expresó: «hay que hacer hablar ese muro«, y vaya que lo logró. Miles de personas pasan anualmente por el aula magna y por la posición de la obra, le dan la espalda. Sería bueno que no le demos la espalda al contenido y su mensaje.
Giro un poco nuevamente el dial, para pasar a otro punto. Una ciudadanía correctamente informada tiene mayores posibilidades de elegir de mejor manera su camino, de oponerse o apoyar las acciones que son positivas para él, para su familia, para el sector social o político al que pertenece.
Sin dudas hoy transitamos una etapa de comunicación casi instantánea por vía de las redes. Esto es bueno desde el punto de vista de la comunicación, pero también se carga con un irresponsable aporte de contenidos, que va desde el abuso de la banalidad hasta la falsedad usada como herramienta de desinformación.
No obstante, lo cierto es que el instrumento existe. Eso me llevó a plantearme: ¿la masacre de Margarita Belén hubiera ocurrido si insertáramos sin otros cambios el sistema comunicacional actual en ese escenario pasado?
Una suerte de recreación de la película «Volver al futuro» en modo fantasía.
¿No habría algún «miliquito», sin compromisos y con valores, que tirara un dato en su «face» y de allí los reenvíos y comentarios alertaran a la mayoría silenciosa, que, de alguna manera, encendiera el rechazo manifiesto al crimen sin causa gestado desde el poder? No sé. Pueden tomarlo como una fantasía literaria.
La IA dice: «La Masacre de Margarita Belén fue la tortura y el fusilamiento clandestino de al menos 22 presos políticos, con un saldo de 11 víctimas reconocidas inicialmente y varios desaparecidos, perpetrados durante un operativo conjunto del Ejército Argentino y la Policía del Chaco».
«El crimen ocurrió entre la noche del 12 y la madrugada del 13 de diciembre de 1976 en la Ruta Nacional 11, cerca de la localidad chaqueña de Margarita».
Les cuento: el 13 de diciembre de 1976, salí de Resistencia a recorrer unas obras que estaba haciendo y la primera parada era Margarita Belén. Cuando llegué al acceso, me paró un retén de la policía y me dijo que no se podía acceder.
Chapeando mi condición de ingeniero y de estar haciendo una obra, me autorizaron. En mi conversación con el policía, le pregunté qué pasaba y me dijo: «No sé, hay quilombo porque unos presos intentaron escapar y parece que hubo un tiroteo«.
Hasta el día de hoy pienso «qué pedazo de boludo soy», capaz de comerme cualquier historia oficial. Hasta hoy, me pregunto si como ciudadano comprometido no tendría que haber hecho algo.
No fui afectado personalmente por el proceso militar, pero sí lo fueron compañeros y amigos muy cercanos que padecieron cárcel y a los que les quitaron una parte de su vida. Algunos ya no están.
Al recuperar su libertad, traté de ayudarlos y contenerlos, pero siempre los envidié, por su entereza, por no tener resentimiento a pesar de lo vivido y por mantener intactos sus ideales y sus creencias.
El proceso les robó unos años de libertad, pero no los doblegó, lo que no hace más que marcar la verdad de sus convicciones.



