Marcelo Röhr es cirujano, máster en economía de la salud y director general del Centro Hirsch, organización filantrópica que en Argentina dio refugio a miles de judíos perseguidos por el nazismo y desde hace años se especializa en el cuidado de adultos mayores. Röhr probablemente sea, también, uno de los profesionales más preparados para responder una pregunta que hoy, en pleno descenso de la natalidad y prolongación de la vida, se empecina en inquietar: ¿Quién nos va a cuidar cuando seamos viejos? Le trasladamos la incertidumbre al experto.
“Tenemos un fenómeno biológico: vivimos más años y, en promedio, los vivimos mejor. Este aumento de la vida es a expensas de la vejez, no de la prolongación de la niñez o la juventud”, afirma el experto, que también se focalizó en este tema sensible de salud pública durante su participación esta semana en un congreso organizado por las cámaras que agrupan a clínicas, sanatorios y centros de diagnóstico y tratamiento (Adecra+Cedim).
– En un artículo reciente escribiste que «vivir es envejecer».
Somos seres envejecientes. Estamos envejeciendo más de lo que envejecieron nuestros padres y abuelos. Nuestra sociedad hizo un esfuerzo terrible en el siglo XX para vivir más años, y en el siglo XXI no sabemos cómo contener esa sobrevida. A este fenómeno biológico se le suma un fenómeno demográfico: hay menos jóvenes y más personas grandes, tanto por el primer motivo como porque la tasa de fecundidad ha disminuido. Hace poco salió en el periódico que en Francia, en 2025, fue el primer año en el que murieron más personas de las que nacieron, algo que no se veía desde la guerra.
– ¿Cómo repercute eso en las cuestiones de cuidado de los adultos mayores?
– Hay más gente grande y menos gente joven, lo cual implica que menos gente estudie lo que se denomina «oficios del lazo». Los oficios del lazo son aquellos donde los procesos escritos no son suficientes: tenés que agregar algo tuyo, lo vincular; no trabajamos con máquinas ni productos, trabajamos con personas. A su vez, hay una tercera pirámide que se cruza, que llamo «pirámide biográfica»: cuántas personas están dispuestas a dedicar su vida al cuidado de otro.

– ¿Y por qué cambió esa pirámide biográfica?
– El sistema sanitario actual está planteado sobre una fuente presuntamente inagotable de personas jóvenes dedicadas al cuidado de otros. Eso tal vez valía para los baby boomers o la Generación X, pero hoy no tiene ese valor si no revalorizamos los oficios del lazo, no solo desde lo económico sino desde la importancia que tienen.
– ¿No tiene que ver ahí la falta de reconocimiento económico o de proyección en su vida?
– El reconocimiento económico tiene importancia. En las carreras vinculadas con los oficios del lazo —no solo la medicina, sino enfermeros, camilleros, auxiliares y técnicos— la paga influye, pero también la valorización social. La reina Isabel fue enfermera durante la Segunda Guerra Mundial y no creo que lo haya hecho por la paga, sino por el valor emocional de cuidar al otro cuando lo necesita. Hoy hay actividades que las generaciones más jóvenes consideran más atractivas económicamente y con mayor valoración social.
– Con ese diagnóstico, ¿desde dónde se puede cambiar el curso de las cosas?
– No tengo una visión caótica; busco qué virtud encontrar dentro del problema para salir adelante. Del otro lado del mostrador tenemos un conjunto enorme de cuidadores informales que hoy están cuidando a gente (mayores, personas con discapacidad o personas que requieren cuidados). Si uno valorizara a los cuidadores informales o formales sin carreras del lazo en nuestro país, representaría entre el 1,5% y el 2% del PBI. Ahí tenés una masa enorme de personas que se pueden acoplar a esta cadena de cuidados si se les da un sistema con reglas, normas y procesos.
– Cuando decís de incorporarse a determinados procesos o protocolos de cuidado, ¿cómo sería?
– Desde el Centro Hirsch, por ejemplo, comenzamos a trabajar en el concepto de una plataforma online. Teníamos una barrera de acceso: necesitábamos tener cerca a la persona para ayudarla. Diseñamos un ecosistema digital en celulares que permite vincular a personas que dan cuidados con quienes los requieren. Damos cursos gratuitos a cuidadores, pacientes y familiares. El vínculo es triangular. Formar a los cuidadores informales aumenta la base de sustentación frente a la pérdida de oficios del lazo. Formar a un cuidador evita además una mala experiencia y frena el proceso acelerado de internación, permitiendo que la persona permanezca más tiempo en su casa con autonomía y en su espacio emocional.

– ¿Cuánto tiempo pasaba una persona en un geriátrico hace una década y cuánto pasa ahora?
– Hace 10 años el promedio de estadía en geriátrico era de 8 a 10 años; hoy el promedio es de 2 años. Si agregamos apoyos y cuidados, la gente vive más tiempo donde reside y la institución geriátrica pasa a ser el último recurso. En otros países las instituciones de larga estancia no tienen un modelo estrictamente médico-asistencial, sino un modelo socio-relacional. El personal no usa uniforme ni guardapolvo para no simular un hospital.
– ¿Esta reducción del tiempo en un geriátrico tiene que ver con la nueva longevidad y la mayor independencia?
– La persona mayor actual es un sujeto de decisión, a diferencia del pasado, donde era un objeto decidido por sus familiares. Hoy la persona mayor, mientras su estado de lucidez lo permita, decide sobre su vida y participa activamente en la elección de institucionalizarse o no.
– Más allá de usarla para capacitar, ¿la tecnología sirve para cuidar?
– Estamos empezando a incorporar inteligencia artificial dentro de la plataforma. Creemos que la tecnología y los robots van a agregar valor, pero el límite seguirá estando en el cuidado amoroso: la capacidad de empatizar con el sufrimiento del otro, escuchar lo que intenta decir y ver lo que intenta mostrar. Y cuando digo amoroso no soy sentimental ni romántico, me refiero a ser empático, estar al lado de una persona cuando envejece o en el momento previo a morir. Ninguna tecnología en mi imaginación puede reemplazar esto.
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