Por Daniel Artola
Caminar por la feria del barrio tiene beneficios si se anda con mirada atenta. A veces, se encuentran cosas interesantes. En este caso, fue un libro usado que esperaba por un interesado. No se sabe si el libro llama al lector o el lector cree que su olfato lo indujo a reparar en esa tapa de color amarillo desteñido.
Cazador o presa, el título fue un llamador y el precio, también. Ya en la mano, el objeto libro de tapa dura pesa lo suficiente para hacerse sentir: son más de 600 páginas, letra chiquita en papel biblia, pero bien conservadas. En el comienzo hay un sello editorial de Barcelona llamado Aymá que tiene la dirección muy cervantina de Lepanto 350. Es la séptima edición, datada en 1966 y distribuida por el famoso “Círculo de Lectores”.
En letras doradas aparece el título “Lo que el viento se llevó” y su autora, Margaret Mitchell, con traducción de Juan Luaces y José Gómez de la Serna, nada menos. El libro apareció por primera vez en Estados Unidos en 1936 y su éxito absoluto apalancó el estreno cinematográfico de la adaptación en 1939, con diez Oscars incluidos, de doce nominaciones.


Cuando se habla de un clásico, este es un ejemplo vigente, aunque el almanaque anticipe que está cerca de cumplir cien años. A fuerza de ser sintéticos, afirmamos que es una gran historia de amor, sí, claro, pero, además, un friso de época con la Guerra de Secesión norteamericana escrito de maravillas. Tiene un ritmo y un nivel de descripciones muy de su tiempo que para el lector mediano no significa un estorbo. No hay que apurarse, se recomienda leerlo a sorbos.
El sur esclavista y poderoso en el comienzo de su decadencia a manos de los yanquis. El dominio de las familias terratenientes, el presente perfecto que se prodigaba en los jóvenes herederos y en los casamientos pactados, tiemblan ante la incertidumbre. Se habla de la guerra inminente con frivolidad porque nadie la vivió.
En medio de ese cuadro asoma Scarlett O’Hara, la joven bonita y avasallante que los señoritos pretenden llevar al altar. En la pantalla, la inmortalizó Vivien Leigh, la actriz inglesa, pareja de Sir Lawrence Olivier. Scarlett y Vivian son sinónimos. Perdón, pero aquí hablaremos de la peli y el libro como si fueran lo mismo. Lo son.
Nuestra heroína no es el modelo perfecto de la sociedad, no se deja llevar por la corriente, no dice que sí, repele los mandatos tradicionales. Le gusta montar a caballo, se entiende mejor con su padre que con su madre y le encanta ser el centro de atención del mundo. Es egoísta y no le importa lo que digan los demás, o sí. Detesta que los muchachos piensen en alistarse para pelear contra los del norte en vez de hablar de cuestiones ligeras como bailes y citas.
Escarlata es la traducción al español de su nombre. Para la Real Academia Española, escarlata es el color rojo muy fuerte e intenso con un ligero tinte anaranjado o carmesí. Así es el cielo de Tara, la tierra de los O’Hara. En la Biblia, es la representación del pecado, la sangre y la redención. Si hablamos de emociones, es el símbolo de la pasión, el amor, junto al fuego y el peligro.
Todas estas definiciones le calzan como un sayo a Scarlett, la enamorada de Ashley Wilkes (Leslie Howard, en el filme), su amor imposible que está comprometido con Melanie Hamilton (Olivia de Havilland), tan poca cosa, tan insípida, según Scarlett, pero tan noble como pocas. Su ego le impide a Scarlett aceptar que otra mujer se robe a su amor. Ashley la quiere, pero no, la desea, pero no; sospecha que el fuego de Scarlett convertiría en cenizas el matrimonio.
Merodea a Scarlett un tal Rhett Butler (encarnado por Clark Gable en el cine), apostador, seductor y millonario, que busca conquistar a la muchacha; sus intentos no pasan de meras insinuaciones. Ambos son fuertes, se torean, y hasta el caballero afloja a sabiendas cuando Scarlett inclina su mirada seductora para pedirle ayuda. Le manipulación es su arma.
La novela escrita en los años 30 del siglo pasado tiene un ritmo ágil y, si el lector ya vio la película, no se decepcionará. Y viceversa. Leerla luego de haber visto varias veces el filme de casi cuatro horas no hace mella en la imaginación, aunque la protagonista tenga la cara de Vivien Leigh. No podía ser otra.
Hay en este personaje una fortaleza frente a la adversidad de la guerra, la miseria y la pérdida del reino. Su espíritu la mueve a hacerse cargo de la reconstrucción del paraíso perdido, aunque debe someter sus sentimientos a la frialdad y el cálculo para no pasar más hambre ni comer raíces secas como en una de las escenas.


La gesta de un clásico
La semilla de esta obra que integra el canon literario norteamericano surgió por la enfermedad de su autora, Margaret Mitchell (Atlanta, Georgia, 1900 – 1949). Una mala noticia se convirtió en un puente al arte. En efecto, la periodista y escritora había nacido en un hogar con biblioteca, padre abogado y madre con gran educación. Mitchel, en modo muy Scarlett, anunció que abandonaba sus estudios, pero su mamá la ayudó a reflexionar al sacarla a la calle y mostrarle la dura vida de otra gente que no tuvo la oportunidad de formarse como ella.
La madre le advirtió que a Dios se le pide protección, pero es mejor si lo ayudamos yendo a la escuela. Margaret aprendió la lección, sin perder la oportunidad de montar a caballo y jugar con su hermano. Ya desde pequeña se apasionó con la escritura y leía con fruición historias de la guerra civil.
En los años de juventud, afrontó la muerte de su prometido en la Primera Guerra Mundial y la de su madre. Tuvo que hacerse cargo de la casa y de su padre y de su hermano. Según los biógrafos, en esos tiempos mostró un espíritu aguerrido y con carácter. Se casó con un contrabandista llamado Berrien «Red» Upshaw y para ganar dinero empezó a publicar en diarios de Atlanta y le hizo un reportaje a Rodolfo Valentino, galán del cine mudo.
Mitchel sufrió un accidente que le dejó varias lesiones. Durante su recuperación, para matar el aburrimiento, empezó a escribir “Lo que el viento se llevó”, apuntando información de los libros que había leído y los testimonios de descendientes o viejos veteranos de guerra civil. Para terminar el texto estuvo diez años hasta su publicación en 1936. El éxito fue fulminante y le valió el Premio Pulitzer. Al poco tiempo, se estrenó la película que fue un suceso de crítica y público, también.
La realización del filme tuvo tantos contratiempos que merecen un libro aparte: cambios de director, guiones, renuncias, entre otros problemas. Sin embargo, el producto final, con escenas de antología, quedó grabado como una de los mejores de la historia del cine y considerada una de las películas que más recaudó: 400 millones de dólares de aquel tiempo con una inversión de casi cuatro.
A los apellidos mencionados de los actores se suman los directores Víctor Fleming, George Cukor y Sam Wood. El primero quedó en los títulos, los otros estuvieron en algunas etapas de la filmación. La producción tuvo el sello del gigante de la producción David O. Selznick.
El libro vendió, de movida, un millón de ejemplares y mereció un Premio Pulitzer pese a que Mitchel se había arrepentido de autorizar su publicación, pero ya era tarde porque el editor, que le tenía más fe que ella, ya había mandado el original a imprenta. Hasta 1949 había vendido ocho millones de copias. Los derechos para su filmación costaron 50.000 dólares, toda una fortuna para la época.
Mitchel afirmó en los diarios: “Sé lo que es trabajar bien y entiendo de libros; el mío no me parece bueno”. La autora, que moriría pocos años después al ser atropellada por un taxista, sostuvo que solo quería contar la reacción del ser humano ante la adversidad y las catástrofes. Ella, como Scarlet, pensaba que, “¡Al fin y al cabo, mañana será otro día!”



