Jóvenes frente a la crisis climática: entre la preocupación, la apatía y las ganas de hacer

En la Escuela de Educación Secundaria Técnica N° 5 “Dos de Abril”, de Temperley, cinco alumnos de cuarto año de Electromecánica trabajan junto con sus docentes para buscarle otro destino a determinados residuos plásticos. El proyecto se llama PP Argento, Petróleo Pirolítico Argento, y busca transformarlos en productos aprovechables. Ignacio Moreira de Luca, Joaquín Centurión, Joaquín Magis, Alejo Ottaviano y Bautista Orzuza integran el equipo, coordinado por los profesores Pablo Enjo y Antonio Cuella.

La iniciativa nació después de otra experiencia de la escuela, “Tu chatarra es oro puro”, dedicada a recuperar materiales de residuos electrónicos. Después de aquel trabajo, un alumno de séptimo año, hoy egresado, se acercó al equipo. “Ahí nos pusimos a investigar”, cuenta Enjo. Tras discutir posibilidades con Cuella, recuerda, “nos propusimos abrir el juego con los estudiantes y así nació el proyecto ‘PP Argento’”.

En la práctica, los chicos prepararon ciertos plásticos para introducirlos en un reactor, donde el calor los transforma y permite obtener materiales con nuevos usos. De 200 kilos de residuos industriales donados, procesaron e higienizaron 30 hasta convertirlos en pequeñas escamas aptas para esa etapa.

Después llegó el ensayo y error. En las primeras pruebas, el calor fundió las juntas de la tapa y los vapores provocaron obstrucciones por ceras pesadas. Docentes y alumnos volvieron sobre lo construido, mecanizaron una pieza nueva, modificaron el sellado y corrigieron el sistema de refrigeración.

En la escuela. Bautista y Joaquín armando los recipientes  para recolectar líquidos. Foto: IG ppargento5

Las correcciones permitieron avanzar. Según el proyecto, más tarde obtuvieron un líquido derivado del proceso y lo probaron como combustible en una moto de 150 centímetros cúbicos. La moto arrancó, permaneció encendida de manera estable y respondió al acelerar.

Lo que ocurre en Temperley condensa una pregunta más amplia: qué hacen los jóvenes con la preocupación por una crisis ambiental cada vez más cercana cuando encuentran, o no, un lugar donde actuar. Esa inquietud puede impulsar organización y proyectos concretos, pero también convivir con ansiedad, apatía o la sensación de que nada alcanza.

“Los jóvenes perciben la crisis climática cada vez menos como un problema lejano o exclusivamente ambiental y cada vez más como una realidad que atraviesa su vida cotidiana y el futuro de sus comunidades”, afirma Dana Oyarzabal, secretaria general de Jóvenes por el Clima Argentina. La relacionan con el acceso al agua, los eventos extremos, la producción, el trabajo, la desigualdad territorial, la salud, la biodiversidad y la posibilidad de construir un proyecto de vida en el lugar donde viven.

Para muchos, la dimensión del problema también empuja a buscar a otros. “Encontrarse con otros jóvenes nos permitió y nos permite transformar la preocupación en organización y la impotencia en capacidad de acción”, dice Oyarzabal.

Sequía, otra consecuencia del cambio climático. Foto ilustrativa Canva

El informe Estado Mundial de la Infancia 2024, de UNICEF Innocenti, estima que alrededor de 1.000 millones de niños y niñas viven en países de alto riesgo climático y ambiental. Desde 2022, escuelas con unos 400 millones de estudiantes cerraron en algún momento por fenómenos meteorológicos extremos. UNICEF ya había advertido en 2021 sobre sus efectos en derechos como el acceso al agua, la salud, la educación, la protección y la participación.

La preocupación y lo que hacemos con ella

Jésica Verónica Favara, licenciada en Psicología, magíster en Psicodiagnóstico y Evaluación Psicológica, doctoranda de la UBA e investigadora en Psicología Ambiental, pone el foco en cómo se procesa esa inquietud y en las posibilidades que una persona percibe para actuar. “La preocupación puede ser intensa y seguir siendo una respuesta adaptativa”, explica.

La ecoansiedad reúne respuestas emocionales frente a la crisis ambiental y, por sí misma, no constituye un diagnóstico psicopatológico. El problema aparece cuando el malestar se vuelve persistente, instala una sensación de amenaza o de no poder incidir e interfiere de manera significativa con la vida cotidiana.

En un estudio realizado en 2025 con residentes del AMBA, según relata Favara, los centennials mostraron menor conexión con la naturaleza y mayor apatía que los millennials. La conexión emocional con la naturaleza se asoció con menor desesperanza y la apatía, con niveles mayores.

Una misma inquietud puede acompañar conductas proambientales o quedar ligada al desinterés. Favara destaca la percepción de eficacia: contar con medios para intervenir y advertir resultados modifica la experiencia. “Cuando existen acciones concretas y espacios de participación, puede transformarse en compromiso”. A eso suma la eficacia colectiva, la sensación de integrar una comunidad capaz de producir cambios.

Cuando la crisis ocurre cerca

Corrientes conoce de cerca la distancia entre mirar una emergencia y tener dónde volcar las ganas de intervenir.

Nicolás Duarte fundó hace unos seis años Correntinos contra el Cambio Climático. Durante los incendios que atravesaron la provincia observó entre los jóvenes “mucha desesperanza”, desorientación e incertidumbre.

Pero también emergía una pegunta: “¿Qué hacemos?”. Duarte no se quería limitar a “la queja de las redes sociales”. En su organización, parte de esas ganas de intervenir se volcó a tareas solidarias para acompañar a evacuados y bomberos. “Es clave brindar también a la juventud espacios de la sociedad civil donde pueda accionar, donde pueda hacer algo”.

Proyecto PP Argento. Joaquín Magis le muestra al director Sandro Amiel el gas de síntesis obtenido en el experimento escolar.

La experiencia directa con incendios, inundaciones u olas de calor genera a veces miedo y una preocupación racional, explica Graciela Lucía Tonello, doctora en Psicología Ambiental por la Universidad de Lund, docente de posgrado de la Universidad Nacional de Tucumán y miembro de número de la Academia de Ciencias de la Salud de Tucumán. Entre quienes atravesaron esos episodios pueden aparecer ansiedad, retraimiento y alteraciones del sueño.

Tonello diferencia una “preocupación constructiva” de otra ansiosa. La primera puede favorecer conductas de mitigación y adaptación. En algunos casos, en cambio, la ansiedad llega a volverse incapacitante y deriva en lo que denomina “ecoparálisis”, una desmotivación para la acción climática. “De todos modos, es importante no patologizar la respuesta emocional al cambio climático”, remarca.

“La crisis económica crónica de Argentina nos consume mucha energía”, sostiene Tonello. En ese contexto, la cuestión ambiental a veces se percibe como algo propio de “países ricos”. Las urgencias cotidianas condicionan cuánto espacio queda para pensar en el clima.

Frente a la incertidumbre, propone recurrir a información confiable, identificar las emociones asociadas y participar de redes de apoyo. También recomienda fortalecer el contacto con la naturaleza sin cargar sobre cada persona una responsabilidad que excede su alcance.

Greenpeace Argentina reúne a más de 140 voluntarios en ocho ciudades, según la organización. La mitad tiene entre 18 y 29 años. Cynthia Moreno Gallo, coordinadora de voluntariado para Greenpeace Andino, señala que después de incendios, inundaciones u olas de calor reciben picos de solicitudes de ingreso. “Estos fenómenos hacen que la crisis climática deje de ser una teoría o un dato lejano y se convierta en una realidad física y palpable que afecta la vida cotidiana”.

Entre quienes llegan aparecen ecoansiedad y la sensación de que las conductas individuales quedan chicas frente al problema. Greenpeace realiza talleres presenciales y virtuales sobre ese malestar. “Una de las cosas que más valoro del voluntariado es haber encontrado una forma de canalizar esta preocupación. Y también ayuda compartirlo con mis compañeros”, cuenta Camila Surco, de 24 años, licenciada en Relaciones Laborales y referente del equipo de voluntarios de Buenos Aires. Llegó a la organización por un interés previo y por la admiración hacia quienes “ponían el cuerpo” para defender el ambiente.

“Como psiquiatras debemos distinguir entre una preocupación y un diagnóstico de ansiedad”, advierte Nora Leal Marchena, médica psiquiatra y psiquiatra infantojuvenil, integrante de la Comisión Directiva de la Asociación Argentina de Psiquiatría Infanto Juvenil y Profesiones Afines.

En chicos y jóvenes que atravesaron incendios, inundaciones, sequías extremas o contaminación, menciona tristeza y duelo por espacios familiares transformados o perdidos. Introduce allí la “solastalgia”, término acuñado por el australiano Glenn Albrecht, ligado al sentimiento de nostalgia y asociado al duelo por la pérdida de los espacios conocidos.

Cuando el impacto altera el sueño, la alimentación, la concentración o los vínculos, la evaluación clínica cobra otro peso. Para acompañar un miedo apoyado en una amenaza real, propone aceptar esos sentimientos y ofrecer recursos preventivos o terapéuticos cuando haga falta. “La participación comunitaria es la salida”, resume.

Encontrarse con otros

En Correntinos contra el Cambio Climático, Duarte valora especialmente la presencialidad. Las redes sociales sirven para difundir y convocar, pero insiste en encontrarse cara a cara. La fundación organiza avistaje de aves, actividades en escuelas, acciones vinculadas con políticas ambientales y una red de emprendimientos sustentables. Algunos jóvenes, observa, llegan por la causa y encuentran también un lugar para “chamigarse”. Hacerse amigos.

“Y nosotros le damos mucha importancia a eso, a la vinculación con el otro, a conocer a otras personas, a hacernos amigos”, relata. Aspira a un “ambientalismo para no ambientalistas”, abierto a vecinos sin formación específica y conectado con el cine, la fotografía, el dibujo o la escuela.

La organización es autogestiva y no recibe fondos, explica Duarte. Eso restringe la cantidad de colegios alcanzados y la frecuencia de talleres y capacitaciones.

Cambio climático y consecuencias. Escombros de casas destruidas en Honduras por el avance del mar.

En Greenpeace, Surco destaca el efecto de tener un rol y ver el alcance de una actividad. “Cuando una persona siente que su participación tiene un propósito y un valor y que, además forma parte de un grupo, se genera un impulso que se transforma en un compromiso sostenido”.

Ese compromiso también desgasta. Moreno Gallo reconoce cansancio entre activistas. Greenpeace promueve pausas, rota tareas y liderazgos, organiza encuentros recreativos y reconoce avances. La coordinadora habla de “esperanza activa”, vinculada con comunidad, herramientas de incidencia y capacidad de intervención.

Para Oyarzabal, organizarse implica formarse, intervenir en espacios institucionales, impulsar políticas públicas y producir conocimiento. “La organización colectiva permite transformar una emoción individual en una herramienta política”, plantea. Y rechaza las respuestas tranquilizadoras: “Ese miedo tiene sentido, pero no tenemos por qué enfrentarlo en soledad. La crisis climática genera una incertidumbre real y sería irresponsable responder simplemente con optimismo”.

También reclama cambios en escuelas y gobiernos. “Necesitamos ser reconocidas como actor político con capacidad de participar en las decisiones”. En el ámbito educativo, eso supone pensamiento crítico, conocimiento del territorio, educación ambiental y herramientas para intervenir. Al Estado le demanda canales efectivos que incorporen perspectivas juveniles al diseño de políticas.

En 2023, una consulta U-Report de UNICEF mostró que, entre quienes respondieron, la educación ambiental encabezó las medidas para conservar el ambiente, seguida por leyes y políticas para comunidades sostenibles. El 86% consideró que los dirigentes políticos deberían escucharlos más y tener más en cuenta sus necesidades. El relevamiento no tiene representatividad estadística.

La escuela como lugar para hacer

“No alcanza con transmitir información sobre cambio climático y sus repercusiones”, plantea Favara. Para ella, las respuestas institucionales ganan fuerza cuando abren oportunidades de participar, elaborar proyectos, tomar decisiones y ver resultados. Pedir cambios de conducta sin condiciones sociales e institucionales que los sostengan puede acentuar la sensación de no poder incidir y favorecer el desinterés.

En Tucumán, Tonello dicta una capacitación sobre estresores ambientales y salud mental en el ámbito escolar. Entre las herramientas que estudia figuran el aprendizaje al aire libre y el contacto con la naturaleza, asociados en investigaciones que cita a mejores indicadores de bienestar, actividad física, funcionamiento cognitivo y comportamientos sociales positivos. Para implementarlas, sostiene, primero hace falta formar a quienes enseñan.

Leal Marchena asigna una responsabilidad central a los adultos. Familia, docentes, profesionales y responsables públicos forman parte de la respuesta. “Negar el problema, quedar paralizados o indiferentes no es la salida, actuar para enfrentar o resolver los problemas ya es en sí terapéutico en todos los niveles”, afirma.

En ese aprendizaje aparece también una dimensión ambiental menos evidente. Las herramientas de inteligencia artificial que muchos estudiantes ya incorporaron a su vida cotidiana dependen de una infraestructura física que consume electricidad y agua, con demandas que varían según el modelo, la infraestructura y la tarea.

Alejandro Artopoulos, director del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, estudia ese cruce. Entre estudiantes observa poca reflexión sobre el costo material de la IA, pero duda de que una campaña aislada modifique usos ya incorporados. “No, creo que solo con concientización no alcanza”, sostiene. Propone discutir para qué se usa, en qué situaciones aporta valor y qué reglas hacen falta.

“Los temas digitales y los temas ambientales convergen naturalmente para mí”, resume. En 2027 prevé dictar una materia sobre sociedad digital y sustentabilidad. “La sociedad digital no es solamente la parte virtual de la sociedad”. Involucra matriz energética, trabajo, infraestructura y demandas de justicia ambiental.

En Temperley, PP Argento ya atravesó varias pruebas, corrigió problemas técnicos y consiguió resultados concretos. Ahora el equipo construye una cuarta unidad, diseñada para aprovechar parte del gas generado durante la pirólisis y sostener el calentamiento del propio reactor, y piensa en un paso más ambicioso: que el desarrollo pueda reproducirse algún día en otras escuelas técnicas. Para eso todavía necesita completar el nuevo prototipo, incorporar la campana de captura y tratamiento de gases, certificar el proceso y homologar los insumos. Según el proyecto, avanzar en esa etapa también requiere financiamiento externo.

El cuarto reactor todavía espera su próxima prueba.

Redacción

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