La psicoanalista y escritora Fanny Torres Silva reflexiona sobre la migración tardía, la soledad y el valor de abrir nuevas puertas cuando la vida ya tiene un largo recorrido.

Comenzar después de los 50 en Buenos Aires: el arte de abrir nuevas puertas

Por Lic. Fanny Torres Silva

Psicoanalista y Escritora

«Con dos maletas y un sueño». La frase salió, medio en broma y medio en serio, de la boca de un amigo en un cafecito de Corrientes y Paraná, cuando le conté de mi llegada a Buenos Aires. Tenía más de 50 años, hijos grandes y un pasado demasiado largo con un amor de esos que no sueltan fácilmente. Comenzar de nuevo a veces ocurre cuando encuentras una puerta detrás de la cual todo parece tener más sentido, y entonces te atreves a tocar el vacío.

Crecí con los vestidos que cosía mi madre y los chalecos que tejían mi abuela y mi tía. Mi ropa tenía identidad y el color de la lana reutilizada: era normal desarmar un chaleco para volver a tejerlo y hacerlo crecer. Las zapatillas se pintaban de blanco, los jeans no tenían marca y un par de zapatos me acompañó durante cuatro años de escuela. No había mucha plata, pero era normal; no dolía. Quizás por eso nunca he entendido del todo esa necesidad de que todo sea nuevo. Hay algo profundamente humano en reutilizar, reparar, transformar. Incluso, en volver a empezar.

Cuando decidí salir de Chile, dejé atrás un país en apogeo económico, lleno de malls, farmacias y supermercados abarrotados. Intenté un nuevo comienzo en el sur, mirando un volcán que cada cierto tiempo recordaba que estaba vivo. Pero Buenos Aires me recibió de otra manera: con el caos de la «ciudad de la furia», calles irregulares, perros cuidados como niños, hombres que buscan tesoros en los basureros y una ciudad que parece estar permanentemente discutiendo consigo misma.

Pero también me recibió con las puertas más bellas que he visto. Puertas señoriales, enormes, gastadas, que parecen hablar de otro tiempo y de una riqueza escondida. Quizás las puertas sean para Buenos Aires lo que los supermercados abarrotados son para el Chile que dejé atrás: la huella de un tiempo mejor.

El peso invisible del equipaje: habitar la soledad en una ciudad extraña

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Poder abrir mis maletas y quedarme en Buenos Aires no fue sencillo. Porque comenzar de nuevo después de los 50 tiene una dificultad de la que poco hablamos: la soledad. Los hijos ya crecieron, las rutinas cambiaron y los amigos tienen sus propias vidas. Uno llega a una ciudad nueva con una historia completa a cuestas, pero donde nadie conoce esa historia.

De mis maletas salió un libro a medio terminar, las ganas de estudiar y la posibilidad de preguntarme quién era yo cuando ya no tenía que responder a todos los papeles que había desempeñado durante tantos años. Cada peso contaba: había que estrujarlo para convertirlo en una clase, un libro, una experiencia.

El eco ajeno: cuando tu propia historia se convierte en el reflejo de otros

Un día publiqué un post en Instagram contando, simplemente, que había decidido comenzar de nuevo. Para mi sorpresa, recibí más de 70 consultas en un solo fin de semana. Me escribieron antiguos compañeros de colegio, pero también mujeres que no conocía para contarme sus dolores, miedos y esas ganas de cambiar de vida que muchas veces no alcanzan a convertirse en decisión.

Algunas no querían necesariamente irse de su país; querían irse de una versión de sí mismas. Y entonces comprendí que mi historia no era solamente mía, y que «comenzar después de los 50» no necesariamente significa tomar dos maletas y cruzar una frontera. A veces significa quedarse, pero cambiando la manera de mirar: terminar un matrimonio, estudiar algo nuevo, escribir un libro, dejar un trabajo o simplemente levantarse una mañana y descubrir que todavía queda una parte de la vida que no conocemos.

El umbral definitivo: elegir abrir la puerta hacia lo desandado

Todavía tengo tardes en las que salgo a caminar y miro puertas. Puertas antiguas, gastadas por el tiempo, algunas cerradas y otras entreabiertas. Las miro y me pregunto cuántas historias, despedidas y amores habrán comenzado detrás de ellas. Ahora sé que la vida también está hecha de puertas: algunas se cierran aunque no queramos, otras debemos cerrarlas nosotros, y otras aparecen cuando menos lo esperamos.

Llegué a Buenos Aires con dos maletas y un sueño, pero hoy sé que llevaba mucho más: mis pérdidas, mis aprendizajes, mis hijos, mis amores, mis miedos y todas las mujeres que había sido hasta entonces. No llegué vacía.

Comenzar de nuevo a esta edad no es empezar desde cero. Es mirar hacia atrás sin querer volver, agradecer lo vivido y tener el coraje de caminar hacia una puerta que todavía no sabemos adónde conduce. Yo sigo caminando, sigo mirando puertas y, frente a una de ellas, siento algo parecido a la felicidad. No porque sepa qué hay del otro lado, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sé que puedo elegir si quiero abrirla.

Y mientras haya una puerta que me despierte curiosidad, sé que la historia no terminó: quizás recién está comenzando

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