(BUENOS AIRES).- «La primera condición que Awada le puso al encargado del diseño fue no desprenderse de ningún árbol del terreno», se explica en la descripción del proyecto. Antes de que se moviera una sola máquina en Bahía San Patricio, a orillas del lago Nahuel Huapi, esa fue la regla.
Una casa que se tuvo que acomodar al bosque, y no al revés
«De afuera hacia dentro y viceversa», resume la interiorista Daniela Galitó, que definió el concepto del refugio. La casa se levantó en el barrio Cumelén, en Villa La Angostura, con vista al Cerro Bayo, y el proyecto arquitectónico estuvo a cargo del estudio de Alberto Rossi.
La construcción tuvo que superar un estudio de impacto ambiental. No es un trámite menor: esa zona de Río Negro tiene una protección fuerte del bosque nativo, y cada metro cuadrado edificado se negoció contra los árboles que ya estaban ahí.

Fachada negra para desaparecer
El resultado es una casa de alma nórdica con la fachada revestida en paneles de fibrocemento negro. No está pensada para destacarse: está pensada para mimetizarse. Los techos recolectan agua de lluvia que después se reutiliza para el riego, y hay un jardín de invierno vidriado que borra el límite entre el adentro y el afuera.

Tres mujeres detrás del proyecto
Awada convocó a Galitó junto a las paisajistas Martina Barzi y Josefina Casares, discípulas del diseñador de jardines británico John Brookes. Las tres trabajaron con la misma premisa: integrar la construcción al bosque sin forzar los límites del terreno.
Adentro no hay un solo cuadro
Las paredes están revestidas en madera de roble de Eslavonia y no hay cuadros ni adornos recargados. Lo que sí hay son objetos artesanales del norte argentino: lámparas de barro, tejidos hechos a mano, alfombras de pura lana. Y piezas de madera quemada que funcionan como mesas, consolas y soportes para apliques de luz con pantalla de cuero pergamino.
Alrededor de la chimenea y de esas mesas de madera quemada, la familia pasa las noches de verano.
El rincón que ella misma cuida
La huerta y el invernadero son el lugar favorito de Juliana Awada en toda la casa. Los cuida durante todo el año, incluso en los meses más fríos de la Patagonia, cuando la temperatura obliga al invernadero a hacer su trabajo.
Las imágenes del refugio fueron capturadas por el fotógrafo Luis Ridao y muestran cómo la arquitectura se funde con el paisaje: la fachada negra se integra sin estridencias, mientras el Nahuel Huapi asoma entre los mismos árboles que Awada se negó a sacrificar.



