Montevideo Portal
Irina nació en 1977, en plena Unión Soviética, y estudió siete años teología en Rusia. Hoy, a sus 48 años, está casada con un uruguayo, tiene dos cuentas de redes sociales en las que comparte videos en los que le gusta comparar las reacciones de culturas rusa con la latinoamericana, mientras trabaja como empleada doméstica en Uruguay.
Hace 13 años, Irina tomó una decisión que cambiaría por completo el rumbo de su vida. Tenía 36 años, vivía en Rusia y recibió de unos amigos la propuesta de viajar a Uruguay. Entonces decidió dejarse llevar y hacer algo que, según recuerda, fue como una aventura de amigos, como una anécdota para contar, y le cambió la vida, según contó a Montevideo Portal.
Sus amigos le habían hablado de Uruguay como “un país pequeño, estable, una joya de América Latina”. La idea le resultó atractiva y decidió dar el salto.
“Me sentí como en la panza de mi madre”, contó entre risas. Y enseguida intentó explicar aquella sensación: “Me sentí muy libre y muy protegida. Parece como que me crecieron alas en la espalda”, comentó con una sonrisa.
Según relató, esa percepción estaba vinculada a las diferencias que encontró entre la sociedad uruguaya y el entorno en el que había crecido en Rusia.
Irina nació en la Unión Soviética y describe la sociedad de su infancia como más invasiva. Desde su experiencia, sentía que familiares, vecinos o compañeros de trabajo podían involucrarse más en la vida privada de los demás.
En Uruguay, en cambio, encontró respeto por el espacio personal. “Acá se intenta mantener respeto a los derechos de los demás. Nadie va a poner mala cara si subís al ómnibus con un disfraz”, contó como ejemplo. Incluso una situación cotidiana como cruzar una calle le llamó la atención. Recordó haberse sorprendido cuando un conductor se detuvo para dejarla pasar y le hizo un gesto de respeto.
Del otro lado del mundo encontró el amor
La aventura que comenzó sin expectativas terminó llevándola a un lugar que jamás había imaginado, se enamoró y se casó con un uruguayo, algo que, según reconoce, jamás habría podido anticipar cuando decidió viajar en 2013.
“Me casé acá, encontré a la persona que amo y que valoro. Así es la vida, nadie esperaba esas cosas”, contó.
La diferencia cultural, asegura, no fue un impedimento para la pareja. Para ella, en los aspectos importantes comparten una misma mirada sobre la vida.
Las diferencias aparecen en situaciones más pequeñas. Por ejemplo, cuando viaja en auto con amigos de su marido y comienza a sonar música folclórica uruguaya.
“Ellos empiezan a cantar música de folclore y yo no sabía qué cantar. Ellos crecieron con esa cultura y yo no”, explicó.
Sin embargo, lejos de rechazar esa parte de Uruguay, Irina asegura que terminó disfrutándola. Le gusta el folclore, el asado y viajar escuchando música uruguaya junto a su marido.
Además, comentó que la banda que más le gusta es No Te Va Gustar.
Dos canales para unir dos mundos
En los últimos meses comenzó una nueva etapa, creó dos cuentas en Instagram, una dirigido a personas rusohablantes y otro para hispanohablantes.
“Es muy interesante comparar sociedades. Tengo canal de rusohablantes y canal para hispanohablantes. Son dos cosas totalmente diferentes”, explicó.
Según contó, en el espacio dirigido al público ruso recibe críticas sobre distintos aspectos de su vida, desde su cuerpo hasta sus opiniones y decisiones. En cambio, asegura que el canal para hispanohablantes funciona como un espacio mucho más amable para ella. “En el canal que tengo para hispanohablantes, yo entro y descanso”, dijo con una sonrisa.
Para Irina, vivir en otro país le permitió ampliar su mirada sobre el mundo.
“Vivir en otra sociedad, en otro país, te ayuda a abrir los ojos y a ver el mundo más amplio. Existen otras cosas, otras opiniones, personas que viven diferente”, sostuvo. Su contenido también está relacionado con una idea que se convirtió en una especie de filosofía personal.
Irina comenzó a organizar encuentros con personas que conoció a través de sus redes. Ya realizó tres y asegura que cada encuentro le permitió descubrir nuevas historias. “Yo creo que cada persona tiene una historia que se puede escribir en un libro”, afirmó.
Para ella, cada ser humano es como una joya diferente y la humanidad, un collar compuesto por todas esas historias. Por eso quiere seguir generando espacios de encuentro, posiblemente en lugares con historia y una atmósfera especial.
“Saltar al agua oscura”
Si tuviera que ponerle un título a su propia historia, Irina pensó en “Saltar al agua oscura”, comentó. La explicación resume buena parte de su recorrido. “Yo de verdad hago muchas cosas que ni sé qué me esperan. No sé qué va a pasar después. Pero mi intuición me dice que eso puede ser mi camino”, contó.
Reconoce que muchas veces tiene miedo, pero sostiene que eso no necesariamente significa detenerse.
Y si pudiera hablar con aquella Irina de 36 años que todavía no había decidido viajar a Uruguay, le diría que se animara.
Aquella decisión terminó llevándola a una vida que nunca había imaginado, dejó Rusia, aprendió un nuevo idioma, construyó nuevas amistades, se casó con un uruguayo, comenzó a crear contenido y encontró una nueva forma de conectar sus dos culturas. “Mi corazón me dijo que vaya a Uruguay”, recordó.
Y 13 años después, Irina sigue viviendo en el país al que llegó sin saber exactamente qué estaba buscando.
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