No resulta difícil, y ahí hay que darle las gracias al cine y las fotografías antiguas, imaginar cómo sería el ambiente de trabajo en plena revolución industrial en esta planta rectangular diáfana, de columnas de hierro, altos techos y ventanas acristaladas. Calor infernal, ejércitos de hiladoras, telares mecánicos, desmotadoras de algodón. El bloque 8 de Can Batlló fue entre finales del siglo XIX y el albor del XX el corazón de este enorme complejo fabril que hoy forma parte del barrio de la Bordeta pero que cuando se construyó, en 1878, tenía código postal de Sants, pueblo anexionado a Barcelona en 1897. El imponente edificio lleva años en barbecho a la espera de que se desperece un proyecto, el de trasladar aquí todos los archivos de la ciudad. Este miércoles ha salido de su letargo con el anuncio, por parte del alcalde Jaume Collboni, de que las obras empezarán en el primer trimestre del 2027, a un suspiro de las elecciones del 23 de mayo.
La empresa no es cosa menor, ya que cuando esté todo terminado se convertirá en uno de los equipamientos municipales más grandes de la ciudad, con algo más de 30.000 metros cuadrados de suelo que además de cobijar la historia documental y fotográfica de la capital catalana, se usarán como polo de entidades del barrio. Para que todo esto suceda será necesario desembolsar 98,1 millones de euros. Fuentes cercanas al proyecto aseguran que si el dinero emanara sin problemas y de manera abundante, como ha pasado con la Rambla, donde los plazos de entrega han pasado de seis a tres años, la obra podría estar finiquitada a mediados del 2030.

Pero no sucederá: la previsión es que el trabajo esté acabado en el 2032 y que en el 2034 haya terminado el traslado de los archivos municipales que hoy están repartidos en 23 ubicaciones distintas que liberarán cerca de 17.000 m2 de espacio que que se usará para otros menesteres públicos, como medio centenar de viviendas dotacionales previstas en el Gòtic y en Poblenou. Se perderán, malas noticias para los románticos de la cosa, los archivos de distrito, pero se ganará en facilidad de consulta y en condiciones de trabajo para el centenar de empleados que custodian la memoria local. Uno al lado del otro, todos los documentos suman 70 kilómetros de longitud. El más antiguo, del año 885, testimonia una donación al monasterio benedictino de Sant Joan de les Abadesses por parte del conde y marqués Wifredo -el célebre Wifredo el Velloso- y su esposa Guinedella.
Nuevas oortunidades
El plan unificará los fondos documentales municipales, cosa que liberará 23 estancias públicas que se usarán, entre otras cosas, para construir viviendas dotacionales
“En este caso, vamos a hacer que suceda”, ha compartido Collboni, en referencia al dibujo que ya se aprobó en mayo del 2018, en tiempos de la alcaldesa Ada Colau y con un presupuesto de 47 millones de euros, pero que nunca logró la dotación presupuestaria para pasar del mundo de las ideas al de las cosas. Mucho antes, en tiempos de Jordi Hereu, ya se puso sobre la mesa la necesidad de disponer de un archivo central que pusiera fin a la diáspora documental. Más tarde, en la era de Xavier Trias, con la recuperación de Can Batlló, se decidió que la Bordeta era el lugar idóneo. Los comunes dibujaron el plan y los socialistas pondrán la primera piedra.

Curiosamente, desde las ventanas del primer piso de la nave se pueden ver con total nitidez ver las promociones privadas de viviendas (tres edificios blancos de 13 plantas cada uno) que la familia del anterior dueño del complejo fabril, Ignacio Muñoz Ramonet, levantó gracias a la permuta (cambio de cromos) que permitió que el bloque 8 terminara en manos públicas. La enésima jugada maestra del singular clan barcelonés.
Cambio de cromos
Justo enfrente pueden contemplarse las promociones privadas levantadas por la familia de Muñoz Ramonet, contrapartida para que esta nave fuera pública
El mismo equipo de arquitectos que redactó el proyecto en el 2018 se ha encargado ahora de ponerlo al día, ya que se han ganado 5.000 m2 de espacio útil. Se trata de OP TEAM arquitectura, Mendoza Partida y Ramon Valls. Una de las artifices, la arquitecta Glòria Piferrer, explica a La Vanguardia que esto es un auténtico caramelo para cualquier artista de lo vertical. Comenta que el inmueble está en muy buen estado y lamenta que tras un incendio, el anterior dueño colocara en el techo una horrible chapa que se cargó todo el charme industrial. La idea, indica, es recuperar la cubierta de tejas planas y abrir en el centro de la nave un agujero que atravesará los tres pisos hasta lo más alto. Ahí, en el epicentro del edificio, en la planta baja, está prevista una gran plaza pública con cuatro puertas de acceso. Todo esto, si nada lo remedia, empezará a cobrar vida a principios del año que viene.



