La noticia corrió rápido por los pasillos de la Comedia de la Provincia y por las oficinas del Estado bonaerense. Se fue un tipo de teatro, de esos que se miden menos por los estrenos y más por la gente que dejó formada atrás. En La Plata, la despedida no es la de un funcionario: es la de alguien a quien los suyos sentían de la casa.
Hay figuras de la cultura que se conocen por sus obras y otras que se conocen por su gente. Eduardo Albano pertenecía al segundo grupo. Su nombre quedó atado durante décadas a la Comedia de la Provincia de Buenos Aires, el primer teatro de prosa oficial bonaerense, esa maquinaria itinerante que desde 1958 tiene una misión bien concreta: sacar el teatro de la sala y llevarlo a los pueblos, las escuelas, los hospitales y los barrios de toda la provincia. Albano entendió esa vocación y la sostuvo.
Su recorrido al frente del organismo no fue de paso. Fue director artístico entre 1992 y 1999, volvió a la conducción entre 2013 y 2015 y retomó las funciones en 2022, cuando le tocó la tarea menos glamorosa y más difícil: reconstruir. Venía de años de poca actividad y de una pandemia que había dejado la Sala Armando Discépolo deteriorada y al equipo desacostumbrado al ritmo. Poner en valor el edificio, reordenar la producción, volver a estrenar. Ese trabajo, que nunca aparece en los afiches, es el que los trabajadores no olvidan.
Y son muchos. La Comedia funciona con un plantel que ronda las 200 personas entre elenco, técnicos y personal administrativo. Para toda esa estructura, Albano no era un apellido en un decreto: era el que estaba. ¿Cuántos gestores culturales quedan que hayan hecho carrera cuidando al de al lado antes que la propia foto? En un ambiente donde las gestiones pasan y los presupuestos aprietan, esa continuidad tiene un valor que se paga en lealtad.
La figura de Albano funciona como un puente poco frecuente entre dos mundos que en La Plata suelen correr por carriles separados: el de los que hacen teatro y el de los que sostienen, todos los días, la administración provincial. En los dos, el mensaje que circula estas horas es parecido. No se despide a un cargo. Se despide a un compañero.
Quedan sus puestas, quedan los actores y técnicos que pasaron por sus manos, queda una Comedia que volvió a levantar la persiana en buena medida por su empuje. Y queda, sobre todo, la sensación de que la cultura bonaerense pierde a uno de esos nombres que no salían en la tapa pero sin los cuales el teatro provincial no sería lo que es. En La Plata lo saben quienes trabajaron con él. Por eso lo lloran como se llora a los de casa.

