Gonzalo Taboada: «Resulta necesario emocionar para poder representar»

Para desentrañar la dimensión emocional de la política, El Economista conversó con Gonzalo Taboada, licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y director del equipo de Investigación y Análisis en La Sastrería, una agencia de publicidad integral con estructura de medios, prensa, creatividad y producción. Desde allí, el equipo impulsa investigaciones enfocadas en comprender fenómenos políticos y culturales de alto impacto.

El eje del diálogo con Taboada parte del último informe presentado por la firma, titulado «La Pasión es Argentina«. Frente a los interrogantes planteados en mayo sobre una supuesta falta de espíritu mundialista y apatía de cara al torneo, el relevamiento nacional —sobre 1200 personas— demostró que tal presunción quedó descartada: el 73,4% de los encuestados pronosticó que la selección llegará a la final, el 37% identifica al fútbol como su principal pasión y más del 90% expresa algún grado de interés por el deporte.

El principal hallazgo del trabajo radica en que la pasión argentina se despliega fundamentalmente a través de rituales y emociones compartidas. El argentino experimenta el fervor colectivamente, con otros y no en soledad. Las muestras de afecto comunitario se multiplican tanto en el fervor de un concierto de rock como en ritos de amistad, porque nadie hace un asado para sí mismo, sino para compartir.



En esta entrevista, Taboada examina cómo esa conexión pasional que brota desde la sociedad —con la Selección argentina como máxima expresión— contrasta con el agotamiento y la incapacidad de la política para sintonizar con el pulso emocional de la época.

Informe
 

—En el informe «La pasión es Argentina» escriben: «En tiempos donde la política no da la talla, la Scaloneta brilló con su ejemplo». ¿Hay correlación entre la crisis de representación dirigencial y la intensidad de esta emoción por la Selección? Si hubiera menos desprestigio en la clase política, ¿habría menor pasión por el seleccionado?



—Creo que no. En parte, esa identificación responde a cuestiones vinculadas a la pasión argentina y a la dinámica tan idiosincrática que tenemos de ese sentir. Se trata de experimentar emoción y encontrarnos a partir de ella. 

Tiendo a creer que el contexto actual termina por generar un escenario donde el equipo actúa casi como el único punto de encuentro para los argentinos. Pero no creo que la crisis de representación en la política exacerbe esa identificación con la Selección.

Entiendo que son dos procesos separados, aunque, al mismo tiempo, el hecho de que la Selección demuestre que es posible representar expone a la política. Si la Selección prueba su capacidad de representar, le toca a la política dar ese pasito hacia una innovación representativa.



—Según el informe, había una alta expectativa antes del Mundial, ya que el 73,4% preveía llegar a la final. Resulta lógico que la derrota de Argentina ante España cause un impacto anímico importante. ¿Existe el riesgo de que este desencanto traslade una mayor negatividad a la percepción de la coyuntura económica? 

—No, no creo que se traslade. Si Argentina no hubiese llegado a la final y se hubiese quedado en grupos, en dieciseisavos, quizás podría haber surgido —en un escenario hipotético y contrafáctico— alguna especie de insatisfacción capaz de canalizarse hacia otro lugar. Pero el desenlace del torneo terminó por dejarnos esta sensación tan rara que tuvimos todos el lunes: una combinación de tristeza, de orgullo y de agradecimiento en un cóctel particular de sentir comunitario donde estábamos todos un poco en la misma. 

A nuestro entender, ahí también radica un poco esa dinámica pasional de habitar las mismas emociones en el mismo momento. Pero yo creo que no deja ningún tipo de cuestión negativa remanente con posibilidades de canalizarse hacia otros lugares.



Entiendo que lo que puede llegar a producirse es la cuasi obligación de la política de representar más en línea con la Scaloneta.

La Scaloneta y la Selección terminan por afianzar una representación por la positiva, mientras que la política busca una representación por la negativa: por la oposición hacia lo que no son. En vez de decir lo que son, dicen lo que no son y, en función de eso, construyen una identidad.

—Si hubiera que evaluar elementos y valores, ¿qué significa Scaloni y cómo hacen los políticos argentinos para representar más en esa línea? —le pregunta El Economista a Gonzalo Taboada. 



—En la dinámica y en la idiosincrasia de Scaloni, así como en lo que proyecta el propio Messi, primero tiene que haber un grupo para que después haya un equipo. Y la Selección Argentina, la Scaloneta, no es el único ejemplo.

Basta recordar lo que fue la Generación Dorada en básquet. Ellos eran un grupo que luego conformó un equipo. En ese conjunto se dan las dinámicas señaladas en el informe: un equipo capaz surge al combinarse una actitud correcta, el trabajo necesario y una hermandad casi de familia.

Estos conjuntos trascienden porque demuestran una complementariedad o una sinergia que resulta en una mejora general.



Aunque Messi tiene la posibilidad de ser la persona más individualista del mundo por ser el mejor de la historia, tras una victoria sube una foto del equipo, y ante una derrota, publica una foto de él solo.

—Cuando Messi pierde, publica una foto de él solo, y cuando gana, sube una del equipo. En contraste, del lado de la oposición se observan internas feroces, sobre todo entre Cristina y Kicillof, con el sector de La Cámpora en una dinámica de ataques constantes. ¿Cómo podría hacer Máximo Kirchner para jugar con un estilo más a lo Messi?

—Allí radica el desafío para la política: tratar de priorizar una cuestión de complementariedad y no de sospecha. Mientras existe el ejemplo de la Selección, donde con los nueves, como Julián Álvarez y Lautaro Martínez, ingresa uno, sale el otro, y se alternan la titularidad; en los cambios se dan ánimo y evitan verse como competencia. 



Frente a eso, dentro del kirchnerismo aparece el caso de Máximo y de Axel. Son dos figuras del mismo riñón, pero entre ellos lo único visible son sospechas, resquemores, pases de factura y una total falta de cofradía. Todo esto demuestra el desafío que la política tiene por delante.

La dinámica actual resulta inviable, porque demuestra que lo proyectado hacia afuera es todo lo opuesto a esa hermandad y a ese equipo. 

Axel Kicillof y Máximo Kirchner
Taboada: «Allí radica el desafío para la política: tratar de priorizar una cuestión de complementariedad y no de sospecha»



—¿El fútbol incide en las urnas? 

—Considero que no, porque fuimos campeones del mundo en 2022 y Alberto no tuvo ni media chance de ser, ni siquiera, candidato a la reelección.

Los argentinos, incluso dentro de la misma política, sabemos diferenciar las elecciones provinciales, las locales y las nacionales. Pensar que el fútbol o un éxito deportivo puede influenciar el voto es subestimar al electorado argentino.



Los argentinos, en líneas generales, saben lo que votan. Utilizan distintos chips en función de los intereses que tienen, ya sean municipales, provinciales o nacionales. El fútbol y el deporte van por otro carril.

En parte, creo que la política busca subirse a la emoción del fútbol, aunque esas emociones hablan distintos idiomas. Hoy, la dirigencia política tiene casi una falencia empática a la hora de poder habitar una emoción o de generar emociones positivas.

—En relación con los afectos y las emociones, ¿qué sugerencia le harías a la oposición y cuál al gobierno de Milei para el año electoral 2027?



—Lo que hoy le falta a la política, tanto a la oposición como al oficialismo, es mostrar humanidad. Hoy por hoy, se encuentra muy lejos de mostrarse humana. Hace demasiados años que la política está en modo guerra. Hay un agotamiento frente a esa dinámica bélica que intenta representar, porque, en definitiva, no lo logra.

La apatía que vimos en 2025 respecto al ausentismo a la hora de votar, entiendo que demuestra un poco ese hartazgo de preguntarse por qué existe la obligación de habitar una dinámica electoral donde nadie representa al ciudadano, donde uno tampoco se siente representado ni se experimenta ninguna emoción positiva. 



A la política le falta humanidad y comprender que las emociones positivas son, en gran parte, más movilizantes que algunas ideas. Primero resulta necesario emocionar para poder representar; una vez logrado eso, se canaliza o se abre una vía para poder transmitir ideas.

Hoy está tan rota esa representación emocional que intentar suplirla por volumen de ideas resulta algo totalmente equivocado, una estrategia errónea.



Lo que le falta a la política es humanidad y habitar emociones que ya están presentes en la sociedad, en lugar de buscar inculcarlas o generarlas

Diría que esta dinámica tan belicista de representación política marcó los últimos años, y creo que no hay mucho más margen por delante. Si la tesitura se mantiene igual, vamos directo a una crisis de representación muy seria que se va a traducir en una menor participación electoral.

Si no cambia la receta, la apatía política que vivimos en 2025 la vamos a volver a ver en 2027, y probablemente empeorada en los años subsiguientes.



—¿Qué tan importante es la credibilidad para los dirigentes políticos al momento de mostrar una faceta más humana y evitar que esa cercanía se perciba como algo falso o impostado?

—Si alguien se muestra humano y no lo es, resulta lo peor que se puede hacer, porque no hay nada peor que mostrar una humanidad poco creíble. 

Cuando un representante intenta proyectar y vender humanidad, y no resulta genuino ni auténtico, lo que se observa es un monstruo. Ahí radica también el principal riesgo de las representaciones muy lábiles y caretas, que buscan un efecto cortoplacista. Para la elección el mensaje es: «A mí me interesa, me importa, me duele el dolor ajeno», y una vez pasada la campaña, llega el olvido.



La faceta humana será cada vez más necesaria. La actitud del Papa Francisco logró una identificación real en esa línea. Muchos fieles con formación católica que se alejaron de la Iglesia, cuando Francisco llegó al papado, pensaron: «Qué mal, va a haber nuevamente toda esa falsedad». Y la verdad es que Francisco les cerró la boca, porque demostró de verdad ser un dirigente humano, genuino y auténtico. Eso sólo produce ejemplo, y el ejemplo promueve una mejor manera de ser.

La política argentina tiene mucho que aprender, y no solamente de la Selección nacional; debe tomar nota del Papa Francisco y de la actitud genuina de Franco Colapinto. Es un pibe totalmente carismático y único, y se nota que por ahora no chamuya. Ojalá le dure toda la vida esa autenticidad.



En este estudio también preguntamos cuáles son los otros deportes de mayor consumo entre los argentinos por fuera del fútbol. El segundo lugar lo ocupa el automovilismo, con un 22%. Tiene sentido, porque es una disciplina bien federal. Sin embargo, al consultar por el interés en Colapinto, la cifra trepaba al 44%. Un 22% afirma que le gusta el automovilismo, pero un 44% tiene interés en Franco Colapinto. Allí se observa el diferencial de una representación auténtica, algo que Franco hoy demuestra de forma bastante clara.

—¿Cómo analizás la campaña «antiargentina» de la que participaron el actor Samuel L. Jackson, el economista Yanis Varoufakis, la revista The New Yorker y una extensa lista de figuras que ubicaron a España del lado del bien y a la Argentina del lado del mal? Además, ¿cómo evaluás la velocidad de la cancelación digital —de la noche a la mañana, Lionel Messi pasó de ser un héroe a un villano—?



—La exacerbación digital no representa necesariamente el verdadero sentido; no creo que de pronto todo el mundo considere que somos racistas o que los argentinos somos tan malos en términos generales. Precisamente, esa exacerbación digital es lo primero que se debe comprender para dimensionar de manera correcta los episodios de estos días.

Gran parte de este fenómeno obedece a un factor que señalaba el politólogo colega Andrés Malamud: en 2022 llegamos al Mundial como la Cenicienta, con Messi en la búsqueda de aquello que se le había negado con anterioridad, durante la que en teoría iba a ser su última Copa del Mundo. Allí se generó adhesión y nos acompañó mucha gente del exterior. Ahora, en cambio, llegamos como los campeones de todo. Por una cuestión casi lógica, a quien se encuentra en la cima hay que bajarlo para mantener el statu quo y evitar que alguien domine la escena por completo; algo que también le ocurrirá a España. Si España llega al próximo Mundial tan fuerte como está hoy, dudo que concite tanto apoyo. 

En definitiva, entre el ruido digital, el contraste de cómo llegó la Argentina al Mundial de 2026 respecto al de 2022, y esa hipocresía que asoma como una característica transversal de las naciones poderosas, subyace un mensaje dirigido hacia nuestro país: «Ubicate en la palmera, Argentina, sos inferior y no intentes ser más de lo que nosotros consideramos que sos».



¿El Gobierno se encuentra a la altura para responder a esta campaña antiargentina?

—La política argentina, en general, no está a la altura de lo que le demanda su tiempo. Esto aplica a la oposición y a los oficialismos; no queda nadie afuera. Alcanza también a los jueces, a los tres poderes en general. De repente, se genera esta campaña antiargentina y la única institución que sale a poner un freno o  contrapunto es la Asociación del Fútbol Argentino. La AFA anunció que tomará cartas en el asunto, que iniciará acciones judiciales o presiones; harán algo. Al mismo tiempo, el Congreso no dice nada y el presidente no hace mucho más que publicar un tuit. Allí se advierte de manera clara que la política no está a la altura.

No se trata solamente de defender la imagen del país, sino de una incapacidad para representar. La Selección argentina termina por demostrar que sí es posible representar. No es que Scaloni deba ser presidente, sino que él, su cuerpo técnico y el equipo dejan en claro que se puede dar el ejemplo y, a partir de ese ejemplo, lograr esa representación.



Scaloni - g
«La Selección argentina termina por demostrar que sí es posible representar»

—Con esta campaña digital, ¿puede haber un antes y un después en donde el factor patria tenga más peso para la opinión pública?



—Es que este proceso ya ocurre. Basta con observarlo de una manera banal en ese boom de la ropa o de elementos vinculados a la nación: prendas celestes y blancas, ponchos con la bandera argentina y el sol de mayo como una iconografía que se nota en dijes y en aros. Hay allí un paso previo que no se le puede asignar sólo a la Selección argentina. Es una búsqueda que surge casi desde abajo, desde la sociedad, para generar empatía con la nación de manera directa; el orgullo de sentirse argentinos de forma directa y no intermediada por nadie.

Nosotros en el estudio incluso afirmamos que entre el equipo y la gente se generó un vínculo pasional sin intermediarios. Si alguien compra un buzo con los colores de Argentina, genera una representación sin intermediarios de lo que percibe como sensación de pertenencia a lo argentino. 



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Redacción

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