La Argentina de noventa minutos

La marea albiceleste demuestra que la Argentina todavía sabe construir comunidad. La pregunta es por qué esa misma identidad colectiva no aparece cuando están en juego el trabajo, la educación, la producción, la ciencia o la soberanía. Un ensayo sobre la incapacidad argentina para transformar una identidad emocional en un proyecto colectivo.

Por Raúl Puentes

Viernes 24 de julio de 2026. Voy a generalizar. Por supuesto que muchas de las afirmaciones de esta reflexión en voz alta pueden ser cuestionadas, pero voy a ir de lo general a lo particular. De todo lo que diga habrá ejemplos que sostengan lo contrario. Pero, al generalizar —adrede—, estoy mirando una tendencia que percibo desde hace tiempo y que el Mundial de Fútbol, y todo lo que lo rodeó, me ayudó a clarificar un poco más gracias a algunos contrastes.
Cada vez que la Selección Argentina juega una final ocurre un fenómeno que excede al deporte. Millones de personas se abrazan sin preguntarse casi nada: no importa a quién votó el otro, su religión, su origen social, su profesión, su orientación sexual o el barrio donde vive. Las calles se llenan de una alegría compartida y aparece, creo, lo que más nos emociona y nos convoca: una identidad colectiva poderosa, espontánea, capaz de atravesar todas las grietas. Durante unas horas, la Argentina parece descubrir —voy a caer en un lugar común aspiracional, de esos que abundan en los discursos motivacionales— su mejor versión. Sí, por un momento, la Argentina parece descubrir su mejor versión.
Esa imagen de argentinidad en el espacio público —visual, sonora y coreográfica— fascina al mundo y, a la vez, despierta burlas.
En estos días del Mundial de Fútbol, un comentarista británico, frente a una nueva marea albiceleste, lanzó una frase que buscaba descalificar: «Los argentinos sólo tienen fútbol». La primera reacción fue rechazarla por arrogante, prejuiciosa y propia de quien desconoce un país complejo. Sin embargo, una vez que desaparece el enojo, la frase obliga a hacerse la puta pregunta incómoda: ¿y si tiene algo de verdad?
No lo digo porque entienda que el fútbol sea poco. Al contrario. El fútbol argentino expresa valores extraordinarios. Solidaridad, pertenencia, sacrificio, creatividad, capacidad de organización espontánea, orgullo nacional. Ningún ministerio, ningún dirigente, ningún líder logra producir el sentimiento de comunidad que despierta una camiseta celeste y blanca.
Entonces, ¿por qué esa energía colectiva surge con tanta intensidad alrededor de una pelota y resulta tan difícil encontrarla cuando se trata de defender la educación, el trabajo, la producción nacional, la ciencia, la salud pública, los recursos naturales o la dignidad de millones de personas?
La Argentina cotidiana está llena de personas solidarias. Basta recorrer cualquier barrio. O, simplemente, salir a la calle. Hay vecinos que organizan ollas populares, docentes que ponen dinero de su bolsillo para sus alumnos, médicos que trabajan mucho más de lo que cobran, bomberos voluntarios, cooperadoras escolares, clubes de barrio sostenidos por padres y madres. Existe una cultura de la ayuda mutua que provoca admiración.
Mi vieja —maestra— nos bajaba la calidad de las zapatillas cuando éramos niños y adolescentes para comprarles, con esa diferencia, calzado a sus alumnos que iban descalzos a la escuela. Lo hacía en silencio, sin decirlo, al punto de que me enteré años después por boca de la dueña del comercio. Ese ejemplo cercano describe, en realidad, a millones de argentinos y argentinas capaces de sacarse para dar. En el plano individual abundan los gestos de grandeza. En el plano colectivo, muchas veces ocurre lo contrario.
Detenete. Releé. Pensá en tus ejemplos. Van a ser infinitos.
– – –
Como sociedad solemos votar, consumir información y tomar decisiones contra nuestros propios intereses. Después soportamos las consecuencias con una resignación que sorprende.
La experiencia reciente vuelve inevitable esta reflexión. El gobierno de Javier Milei llegó con la promesa de resolver la crisis mediante un ajuste profundo, una reducción drástica del Estado y una mayor libertad económica. Sus defensores sostienen que esas políticas son el costo necesario para estabilizar la macroeconomía y combatir la inflación. Sus críticos —como quien suscribe esta reflexión— responden que el ajuste recayó principalmente sobre trabajadores, jubilados, universidades, provincias y sectores productivos, mientras aumentaron la desigualdad, el desempleo y la fragilidad social. Los datos oficiales muestran una fuerte caída del consumo, pérdida del poder adquisitivo durante distintos períodos, cierre de empresas y deterioro de numerosos indicadores sociales, aunque también registran una desaceleración significativa de la inflación respecto de los niveles heredados. Pero no hay una sola medida, ni una sola, a favor de la población.
Más allá de la valoración política que cada uno haga de esos resultados, existe un hecho difícil de ignorar: buena parte de esas medidas fueron respaldadas democráticamente por una mayoría electoral. Es un gobierno legítimo. No fue una imposición extranjera. Fue una decisión argentina.
Entonces eso obliga a mirar menos al gobierno y más a la sociedad.
¿Por qué una comunidad con semejante capacidad de empatía en la vida cotidiana puede convertirse, al mismo tiempo, en una sociedad que acepta con relativa facilidad el deterioro de derechos que tardó décadas en construir?
Tal vez porque la identidad nacional aparece con fuerza sólo cuando existe una camiseta capaz de sintetizarla.
Fuera del fútbol, la Argentina discute todo, incluso aquello que debería constituir acuerdos básicos. Pero no existe consenso sobre el valor de la educación pública, de la universidad, de la investigación científica, de la industria nacional, del federalismo, del sistema de salud o de la protección de los recursos estratégicos. Faltan consensos justamente allí donde deberían existir. Y entonces cada generación vuelve a discutir desde cero cuestiones que otros países —u otras sociedades— consideran resueltas.
Mierda que somos frágiles. Y esa fragilidad tiene raíces profundas. Durante siglos aprendimos a mirar el mundo desde ojos ajenos. La conquista no sólo extrajo oro, plata y recursos. También impuso una jerarquía cultural. Europa pasó a representar el modelo de civilización, belleza, conocimiento y éxito. Después llegaron otras formas de dependencia: económicas, financieras, culturales y mediáticas.
¿Te diste cuenta de que todavía hoy seguimos midiendo nuestro desarrollo con reglas elaboradas lejos de nuestra realidad? ¿Que consumimos relatos importados para explicar problemas propios? ¿Que muchas veces admiramos más lo extranjero que aquello que producimos nosotros mismos? Hasta ese pedorro termo verde nos metieron, con su conjunto de mate de lata: nuestro mayor símbolo cultural y productivo, tuneado desde lejos.
Incluso nuestros ideales de belleza, progreso o modernidad suelen responder a patrones ajenos. Es que la colonización más duradera nunca fue territorial sino mental. Nuestra colonización —que sigue vigente— es mental.
Y en este escenario cotidiano aparecen el fútbol argentino y su hinchada. Resultan profundamente incómodos para quienes observan al país y su cultura desde afuera. Porque allí sí aparece una identidad imposible de colonizar.
Nadie le enseñó a un millón de argentinos cómo festejar una Copa del Mundo. Nadie diseñó campañas de marketing. No hubo consultoras. No hubo algoritmos. Existió, simplemente, un pueblo orgulloso de pertenecer.
Si ese orgullo existe, me pregunto por qué no se extiende hacia otros ámbitos de la vida nacional. ¿Por qué no defendemos con la misma pasión a nuestros científicos? ¿Por qué no llenamos las calles para celebrar una vacuna desarrollada en el país, una empresa que exporta tecnología, una universidad pública reconocida internacionalmente o una política que reduzca la pobreza de manera sostenida? ¿Por qué nos resulta más sencillo memorizar la formación de la Selección que conocer quién explota nuestros recursos naturales o cómo funciona nuestro sistema tributario? ¿Por qué dejamos tan domesticados que nos revienten la vida?
Quizás el comentarista británico sólo buscó descalificar, sin comprender del todo lo que estaba viendo. Capaz, sin proponérselo, formuló una de las preguntas más incómodas sobre la Argentina contemporánea: ¿sólo tenemos fútbol?
La respuesta todavía es no. Tenemos talento, creatividad, recursos naturales extraordinarios, científicos reconocidos, artistas admirables, universidades prestigiosas, capacidad industrial, producción agropecuaria, cultura, solidaridad y una historia llena de ejemplos de construcción colectiva.
Lo preocupante es otra cosa: tenemos todo eso disperso. El fútbol logra unirlo. La política suele fragmentarlo. El mercado muchas veces —si no siempre— lo mercantiliza.
Y después estamos nosotros, que como sociedad rara vez conseguimos convertir ese enorme capital humano en un proyecto nacional compartido.
Tal vez el mayor desafío argentino no sea ganar otro Mundial, sino descubrir cómo trasladar la épica de una tribuna a la construcción cotidiana de un país.
El día que sintamos la misma emoción por defender el trabajo, la educación, la producción, la ciencia y la soberanía que la que sentimos cuando suena el himno antes de una final, aquella frase dejará de doler. Porque habrá dejado de ser una pregunta.
Y recién entonces la Argentina dejará de descubrir su mejor versión durante noventa minutos para empezar a vivirla todos los días.

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

Descubren que la píldora más famosa para combatir la disfunción eréctil podría ser útil contra el cáncer

El medicamento más conocido del mundo para la disfunción eréctil podría frenar las metástasis del cáncer. Así surge de...

Nuevo golpe al contrabando: la Aduana retuvo en la Ruta 14 un cargamento valuado en más de $500 millones

Un operativo simultáneo realizado sobre la Ruta Nacional 14, en las provincias de Entre Ríos y Corrientes, terminó con...

Investigan la muerte de un enfermero en un hospital de Mar del Plata: lo hallaron con una jeringa en el vientre

Fue una compañera de trabajo, la que ingresó al Shock Room del Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA) de...
- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí