Barcelona es una gran ciudad. Su sociedad es emprendedora y, ante la carencia de administración en tiempos de pasado, las mejores generaciones de catalanes posibilitaron la ciudad de la que nos sentimos orgullosos. Los hospitales, el mutualismo, las universidades, el Liceo o el Palau de la Música, las Exposiciones Universales o los Juegos Olímpicos, la Fira o la propia Sagrada Família son algunos de sus legados. En varios de ellos, el Ayuntamiento fue y es esencial.
Un consistorio que ha de ser motor de ciudad, que no lastre y promotor de progreso urbano y de bienestar para sus vecinos. Su máximo órgano no es el gobierno local, sino el consejo plenario. Hoy son 41 concejales quienes lo componen y es factible su ampliación a 43 por el incremento de población. Ahora son seis los grupos políticos representados en él, pero tras las elecciones de 2027 podrían ser ocho los presentes con la adición de Aliança Catalana y el regreso de la CUP. Una fragmentación extrema que imposibilitaría de facto acuerdos transversales que permitan a Barcelona encarar sus retos y las decisiones estratégicas ineludibles.
El qué y con quién pactar debe anticiparse en la precampaña y campaña electorales
Básicamente, durante cuatro décadas entre dos formaciones se alcanzaban acuerdos imprescindibles de ciudad. Algunos de gobierno y en otros, al ser minoritario, entre el gobierno y una parte de la oposición. Con ocasión de las Olimpíadas de 1992, PSC y PP sumaron fuerzas para construir las Rondas o el Plan de Hoteles y el del Port Vell, entre otros. IC hacía de oposición en el gobierno y el PP, desde la oposición, ejerció de gobierno. Los tripartitos rompieron provisionalmente esta dinámica de pactos a dos. Este mandato, sin embargo, todo apunta a que será el último en que dos partidos, Junts y PSC, sumen solos la mayoría absoluta consistorial.

Tras los próximos comicios, la fragmentación venidera será mayor y agravada sin los sumandos de los extremos a diestro y siniestro mediante cordones sanitarios convertidos en sogas de exclusión.
En la Barcelona del 2027 la política interna municipal puede ser la mayor enemiga de la ciudad. La parálisis, la no aprobación de acuerdos imprescindibles, la no derogación de normativas perniciosas, etcétera, son riesgos más reales que posibles. Su antídoto es el diálogo que termina en los pactos, el equilibrio y la centralidad. En los tiempos que corren, el coraje político no es hacia el adversario. La crítica al contrario es obvia y es lo fácil. Lo difícil y obligado es llegar a acuerdos por y para Barcelona y para ello es menester tener la valentía de hacer pedagogía ante los votantes propios de la bondad de consensos básicos con los ajenos.
Sería conveniente que antes de las municipales de mayo de 2027 se convoquen las generales. Un anticipo necesario, no solo por la situación insostenible de Pedro Sánchez sino para que las comicios municipales sean tales y barceloneses y para decidir el futuro de nuestra ciudad sin incluir otras connotaciones foráneas que las distorsionen.
La multiplicada fragmentación obliga a que los partidos en la carrera electoral, además de sus propuestas, expresen cuál es su determinación a los pactos, con quién o quiénes y en qué.
La fractura es una bomba de racimo que puede convertir la política municipal en enemiga de sí misma y de la propia Barcelona. El qué y con quién debe anticiparse en la precampaña y campaña para que los barceloneses podamos dirimir en las urnas lo que verdaderamente se anhela sin sorpresas en su día después ni llamarnos entonces a engaños.



