A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, cuando la memoria sobre la última dictadura vuelve a ocupar un lugar central en el espacio público, también se multiplican –o regresan en nuevas ediciones– los libros que indagan en las vidas y trayectorias de algunos de sus principales responsables.

Biografías, investigaciones históricas y trabajos de periodismo narrativo vuelven sobre nombres como Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera o Alfredo Astiz para reconstruir, con documentos, testimonios y nuevas preguntas, las tramas de poder y los engranajes personales e institucionales que hicieron posible el terrorismo de Estado.
Suárez Mason quiso impedir este libro
“Durante sus últimos años de vida, Suárez Mason quiso impedir la salida de este libro. Ya no puede hacerlo”, escribe el periodista Guillermo Sammartino en el prólogo de su libro Si lo contás, te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura (Planeta).

Allí cuenta, a lo largo de 432 páginas, los encuentros que tuvo con el exjefe del I Cuerpo del Ejército entre 1975 y 1979, quien solía llamarse el número 4 en el orden de importancia de los jerarcas que comandaron el destino del país entre 1976 y 1983; alguien que supo estar a cargo de alrededor de 60 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio. Alguien que fue imputado por más de 630 delitos y que murió impune, escapando de la justicia hasta sus últimos días.
Sammartino, por su labor como productor de radio, llegó a contactarse con el militar acusado de las más terribles vejaciones y a tener varios encuentros con él. Se obsesionó. Quería hacerlo pisar el palito. Así llegó a tener varias charlas con él que permanecieron inéditas hasta hoy.
Logró registrar frases como esta: “Si Videla alcanzó este lugar fue porque lo dejamos. Videla era un chupacirios. Católico, buen tipo, pero un hombre sin carácter, miedoso, reservado y flojo para el mando. Gobernaba a la distancia, pensaba que con sus charreteras se llevaba el mundo por delante. Le escapó a la guerra y jamás se despertó de su siesta eterna”.
Lo más inquietante es la confesión que da título al libro. En un momento, entrado en confianza, suelto de cuerpo y rodeado de impunidad, Suárez Mason termina confesando cómo se apropió de un bebé para entregárselo al hermano de un sacerdote.
Así lo narra Sammartino: “Se podría decir que yo robé un bebé para Dios. Allí largó una carcajada diabólica. Lo miré con odio apenas comenzó a reírse. Su esposa no despegaba la vista del piso (…). Me paré y Suárez Mason me interrumpió el paso. Se había puesto de pie rápido. Su semblante había cambiado. Ya no se reía con sarcasmo. Me acercó su cara lo más que pudo a la mía. Y modulando cada palabra con rabia me dijo por segunda vez: si lo contás, te mato”.
Además de leerse como un gran retrato con pulso de thriller y de un repaso por la historia argentina reciente en relación a políticas de memoria –del indulto y la impunidad menemista a la reapertura de los juicios de lesa humanidad en tiempos de Kirchner– , el libro de Sammartino funciona en términos inquietantes para pensar los tensos límites que pueden forjarse en la relación entre un periodista y una fuente.
¿Hasta cuándo callar? ¿En qué momento preguntar? ¿Qué pesa más, el resguardo de la propia vida o el interés público de información tan delicada como la apropiación de bebés durante la última dictadura militar? Por último, permite dimensionar el alcance de un terror que no finalizó el 10 de diciembre de 1983, cuyos rescoldos aún tiritan entre las sombras.
Massera, el militar protopolítico
«Ambicioso, seductor y negligente, dueño de un entendimiento político que solamente operaba en la corteza anecdótica de la historia, Massera era en el fondo el tipo de militar protopolítico que cree que las grandes decisiones se toman en componendas cerradas entre personas influyentes en salones llenos de humo», escribe Claudio Uriarte en Almirante cero, biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera (Planeta).

Publicado en 1991, en tiempos de indultos a genocidas, escrita por encargo, rápidamente se convirtió en un libro de culto que luego contaría con varias reediciones. La última, definitiva, cuenta con prólogo de Alejandro Horowicz, amigo del autor a quien este le dedicó el libro.
Horowicz escribe en el prólogo: “Una nueva generación ingresa al ruedo y necesita entender qué pasó. Almirante Cero no es sólo la peripecia personal de un marino amoral, sino que al sesgo de su biografía Uriarte narra la historia del Proceso. Y precisamente por eso, por narrarla con extremo rigor, veinte años después sigue siendo un libro imprescindible”.
Publicada dentro de la colección Espejo de la Argentina entre medio de muchas biografías políticas, este libro, visto a la distancia, resaltó ya que se trataba de mucho más que un típico repaso periodístico por la vida y obra del Comandante en Jefe de la Armada, sus oscuridades y ambiciones.
Se trató también de un ensayo acerca de la transición democrática y de la densa oscuridad que siempre rodeó a un personaje plagado de aristas. Sus coqueteos con el peronismo, sus internas con Videla y su propio desborde violento y despiadado, que lo llevó a comandar, metralla en mano, los primeros operativos del inefable grupo de tareas 3.3.2 que supo consolidar dentro de la ex ESMA.
Sobre los años formativos de Massera, Uriarte escribe, vaticinando su futuro, «había comprendido que para ascender dentro de la Marina era necesario ser gorila, pero para ascender en el poder político había que aproximarse a Perón. Semejante dualidad y tensión contradictorias en el camino hacia el poder militar y político con formarían a Massera como militar, como político y como hombre, y determinarían los logros y los fracasos de su estrategia».

En el libro se narra cómo la Armada fue el principal brazo impulsor del golpe del 76, el vínculo con Licio Gelli –líder de la logia Propaganda Due de la cual también habían formado parte López Rega y Perón– y su derrotero durante la dictadura entre la represión feroz y la rosca política hasta su alegato final en el Juicio a las Juntas que, según Uriarte, expuso las contradicciones del propio juicio. También explica su nombre de guerra: Almirante Cero porque es el que está antes del uno.
Uriarte –que falleció trágicamente en un accidente doméstico en 2007 a los 48 años– vierte una lectura irónica y mordaz de la realidad política argentina que hoy saltea toda grieta posible y genera la envidia de cualquier analista político promedio.
En un pasaje escribe algo que bien podría haber sido escrito ayer: «Y era que la realidad estaba cambiando en el mismo momento en que se pensaba sobre ella y, como suele ocurrir frecuentemente en la historia, la repetición evocativa de viejas costumbres agotadas sólo servía para que la multitud las abandonase más rápidamente, ya que patentizaban en el presente el mismo pasado de descomposición y muerte del que se quería huir».
Voces de la represión
Son varias las biografías, ensayos y libros históricos que permiten leer las voces de la represión en diferentes contextos. Editado en plenos años de impunidad e indultos, El vuelo (Planeta, 1995), de Horacio Verbitsky contenía lo que hasta esos momentos era inédito: la confesión de un piloto, Adolfo Scilingo, de haber participado de los denominados vuelos de la muerte en los que detenidos eran arrojados vivos al mar para desaparecer por siempre.

Scilingo describió con lujo de detalle cómo se realizaron estos operativos. En 2005, la justicia española lo condenó a 640 años de prisión y en 2007 elevó su condena a 1084 años. Aunque desde 2016 goza de salidas transitorias.
El libro Judas, la verdadera historia de Alfredo Astiz, el infiltrado tuvo su primera edición en 1996. Escrito por Uki Goñi, periodista del Buenos Aires Herald –cuya labor, en plena dictadura, a la hora de denunciar casos de desaparición de personas fue admirable y casi sin parangón– narró como hasta el momento nadie había narrado cómo “El Ángel Rubio” se había infiltrado entre las Madres de Plaza de Mayo.
Las personas que asistían a la Iglesia de la Santa Cruz se encontraron con un joven que, bajo el seudónimo de Gustavo Niño, las señalaría con un beso antes de que fueran secuestradas y asesinadas. En el grupo estaban, entre otros, a una de las fundadoras de Madres (Azucena Villaflor) y a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.
El libro es escalofriante y sirvió como prueba en el juicio que terminaría condenando a Astiz a cadena perpetua. Una de las varias cadenas perpetuas que se encuentra hoy cumpliendo en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Federal de Campo de Mayo.

Algunos libros exploraron la figura de Jorge Rafael Videla, la cara más visible de la represión. Presidente de la primera Junta Militar, quedó entronizado como el ícono del Terrorismo de Estado. María Seoane y Vicente Muleiro escribieron El dictador (2001, Penguin) que consta de varias ediciones.
Es un retrato pormenorizado que va desde su carrera militar pasando por su ascenso a cabeza de la dictadura más sanguinaria y llegando a su epílogo con su enjuiciamiento y posterior condena.
Sobre el final escriben: “Lo que sí queda claro es que el videlismo, como política de liquidación de energías de cambio, ha dejado huellas profundas que explican, en buena parte, el estancamiento socioeconómico y las recurrentes penurias de la democracia representativa. Como si en el comienzo del siglo XXI las marcas del terror estuvieran más presentes de lo que estamos dispuestos a reconocer”.
Otro libro aborda la figura de Videla: Disposición final, la confesión de Videla sobre los desaparecidos (2012, Sudamericana), de Ceferino Reato. Allí el periodista entrevistó al dictador en la cárcel cuando se encontraba cumpliendo varias condenas perpetuas efectivas por crímenes de lesa humanidad luego de años de haber sorteado la justicia.
El libro generó polémica. El solo hecho de entrevistar al dictador, de darle voz, fue públicamente cuestionado. En sus páginas se leen afirmaciones como estas: “Fue una guerra justa, en los términos de Santo Tomás; una guerra defensiva. No acepto que haya sido una guerra sucia; la guerra es siempre algo horrible, sucio, pero Santo Tomás nos introduce ese matiz importante de las guerras justas, y ésta lo fue”. Videla falleció el 17 de mayo de 2013 en el baño del penal de Marcos Paz cumpliendo prisión efectiva en cárcel común.

Un buen retrato de la violencia política previa al golpe del 76, que ayuda a entender todo lo que vino después, se encuentra en López Rega, el peronismo y la Tripla A (2004, Penguin), monumental investigación de Marcelo Larraquy en donde cuenta el ascenso y caída del Brujo, cómo se convirtió en la persona más influyente del último entorno de Perón y su papel en la escalada de violencia política y social ocurrida durante los años setenta.
Palabra de torturador
Los dichos de los torturadores que estuvieron al frente de lo peor de la represión también fueron analizados. Las voces de la represión. Declaraciones de perpetradores de la dictadura argentina, de Claudia Feld y Valentina Salvi (ed, Miño y Dávila, 2019) traza un minucioso análisis discursivo de la mayor parte de las proclamas públicas de los dictadores y genocidas. Desde el encubrimiento pasado por la justificación y el horror más incomprensible, intentan elucubrar sentidos posibles para aproximarse a una mejor comprensión del pasado reciente.
Los monstruos: Menéndez, Bussi, Camps, «Tigre Acosta» y Bergés : pasado y presente del núcleo duro del terror, de Vicente y Hugo Muleiro (2016, Planeta). Sus autores plantean al comienzo: «Nos hacemos cargo entonces de la ambigüedad de la palabra monstruo. Pero al mismo tiempo la utilizamos como un bumerán que le vuelve a quienes la emplearon para la execración, el sometimiento, la laceración y la muerte de millones de seres humanos a quienes consideraron inferiores o se les plantaron con rebeldía».

Mediante testimonios y rigor periodístico, estos libros se dedican a narrar las execrables andanzas de un tristemente célebre grupo de represores que quisieron hacer pasar como excesos pero, tal como la justicia ha demostrado, fueron parte de un plan sistemático de tortura, exterminio y horror. En palabras de Pilar Calveiro (autora de Poder y desaparición, sobreviviente del Centro Clandestino de Detención ex ESMA), se trató de «una política represiva perfectamente estructurada y normada desde el Estado mismo».

