Mundos íntimos. Entre el deber ser y el querer: me escapé de un retiro católico para ir a un recital con la chica que me gustaba.

Siempre quise estar en la misa y en la procesión. A los quince años empecé a jugar al fútbol y me enamoré de una chica. Al principio pensaba que era admiración, que ella era todo lo que yo quería ser pero el deseo crecía desobediente. No podía dejar de querer estar cerca, esperar a que sea martes para verla ese día que entrenábamos juntas. Después de varias clases de mirarla desde lejos, el DT me pidió que me quedara en dos turnos: el de las más chicas y el siguiente, en el que estaba ella. Cuando no venía era una tortura, una espera prolongada hasta la próxima.

De a poco empezamos a hacernos amigas, fue un trabajo de hormiga: salir de la cancha al lado de ella para caminar hasta la puerta del club después de entrenar, estirar ese trayecto unos minutos más, estirar el tiempo que con ella se escapaba muy rápido. Me hice amiga del grupo y me empezaron a invitar a partidos, cumpleaños y fiestas. La escuchaba hablar y cuestionar el mundo en cada hueco, el mío en consecuencia.

Hasta que dije: bueno, soy feminista. Así se lo dije a mi prima, “tengo un problema, creo que soy feminista”. Ese fue el primer clóset del que pude salir. Algo en mí estaba defendiendo esa lucha antes de poder explicarla. Y tampoco había mucho que explicar: ser feminista era ajustar el foco. Reconocer la desigualdad, verla en todas partes, pasar por la esquina de su casa en colectivo mientras escuchaba “Carece de sentido” de El kuelgue y desear que ese arreglo imposible que es la casualidad nos cruzara alguna vez.

El mundo empezó a parecerme injusto, la Iglesia discutible, mi vida entera en revisión. ¿Creo en Dios Padre todopoderoso? Creador del cielo y de la tierra que habito siendo feminista y la única lesbiana conocida en mi circulo?

Fútbol. Malén Peñalba lo practica desde hace tiempo; en un entrenamiento intuyó qué es el deseo.

En misa me encontraba con las mismas palabras conocidas. Desde chica acompañaba a mi abuela los domingos. Íbamos a la catedral en busca de esa repetición que nunca era igual: las manos de las que agarrarse en el Padrenuestro cambiaba, cambiaba el saludo de quien te daba la paz. Las lecturas son salmos que el cura traducía diferente cada vez. También cambiaba el tono con el que respondía “Señor, yo no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Yo sabía respetar los silencios, sabía cuándo responder y qué, sabía cuándo arrodillarme. Si seguía esa coreografía, todo iba a seguir su cauce conocido. Un baile pesado para un cuerpo desviado.

Para Cristina Peri Rossi el deseo es el motor de la existencia, Ana Cristina Cesar escribió que el deseo es una punzada. Podía sentir el filo por la tarde. Una punta en la boca del estómago, el desencuentro con el lugar que antes era un refugio, un espacio concreto donde llorar. Entonces empecé a desobedecer de a poco. Ya no me levantaba para comulgar, me quedaba sentada en el banco mientras el resto avanzaba en fila. Miraba el piso, no cantaba ninguna canción. Señor, aquí estoy, otra vez, postrada a tus pies. Dios lo sabía, él se daba cuenta de que algo en mi coreografía estaba alterado, yo quería que viera el desajuste. En medio de la multitud alguien ya no estaba participando.

No cambia. De niña Malén Peñalba cocinaba, hoy también

Como cada Semana Santa en el colegio católico, nos invitaron a Pascua Joven: un retiro espiritual de tres días, desde el Viernes Santo hasta el Domingo de Pascua. Justo ese mismo fin de semana tocaba El Kuelgue y con las chicas del club ya teníamos entradas. Todas mis amigas del colegio se inscribieron en Pascua Joven. No eran religiosas y, a diferencia de mí, no creían en Dios. Aún así, les atraía la idea de tomarse ese fin de semana para reflexionar más allá de la Iglesia.

Fui al retiro porque no quería perdérmelo pero también porque no quería decepcionar tan de golpe. El primer día presentaron el lema que acompañaba la pascua de ese año “No hay mayor amor que por amigos dar la vida”. Y hay algo de esas ideas que todavía comparto sin solemnidad. Poder conversar pese a pensar diferente, que la vida del otro no me pase por al lado.

Yo tenía un plan y un remís programado con la agencia de enfrente de mi casa.

Fui al retiro a retirarme.

Nos encontramos en la casa de una de las chicas del club. Llegué y ya estaban cantando. Habían pedido pizza y cerveza, el humo del porro empezaba a armar una nube alrededor de las tres. Era una cercanía nueva. Al rato ya estábamos saliendo. Déjate que te consuma este fuego. El calor, la gente apretada, las luces rojas del auditorio se parecían al infierno.

En un momento nos metimos en el pogo con la canción “Cristo es Marquitos Di Palma”. Apareció un tipo sin remera, sacado, que empujaba a cualquiera sin mirar. Nos chocó un par de veces hasta que me harté. Le dije algo —no me acuerdo bien qué— y lo empujé con todas mis fuerzas. Fue medio ridículo, pero alcanzó para que se fuera. Me sentí bien. Como si bastara un gesto para abrir un espacio limpio alrededor de nosotras. Ella se reía sorprendida por el envión. Me creía capaz de cuidarla de ese mundo que se te pega como un cuerpo transpirado en medio de la felicidad.

La chica que me gustaba se veía más hermosa que ninguna. Nunca le dije cuánto me gustaba; tampoco supe si yo le generaba algo, aunque sea una duda, una pequeña sospecha. Esa noche sentí que nos quedamos un segundo más de lo necesario en una mirada. Cada tanto la agarraba de la mano, para comprobar que estaba ahí.

Al otro día volví al retiro, amanecida y resucitada. Mis amigas me festejaban. Me escucharon, como cada vez que llegaba triste al colegio porque la chica que me gustaba hablaba de un chico con el que salía. No corregían y me escuchaban sin necesidad de vivirlo, me acompañaron en mis búsquedas como hasta el día de hoy. ¿Será ese el mayor amor?

En Pascua Joven la mayoría de las personas tenían los ojos hinchados de dormir mal, había sido una noche larga para todos nosotros. El retiro culminó con la visita del colectivo pro-vida bajo el lema “salvemos las dos vidas”.

El pañuelo verde fue un problema visible, no era el accesorio más aprobado del dress code cristiano. Empezaron a circular fotos de las chicas que íbamos a las marchas con pañuelos verdes en lugar de celestes y generó una polémica en la iglesia. Lo que comenzó como una duda se volvió una toma de posición. Primero me puse en contra, elegí cada batalla y discutí hasta el cansancio, después simplemente di un paso al costado. Tal vez con el tiempo podían aceptarme, como feminista e incluso, con optimismo, como lesbiana. Pero ¿por qué esa tenía que ser la pregunta?

La aceptación ya implicaba una distancia de permiso que alguien más tenía que concederme. Judith Butler plantea que la heterosexualidad no es solo una orientación entre otras, sino un marco regulador de lo inteligible: un conjunto de normas que define qué vidas, deseos y vínculos pueden ser reconocidos dentro de una cultura. Eso significa que lo heterosexual no se presenta como una elección entre otras posibles, sino como lo obvio. No aparece como una identidad entre identidades, sino como el punto de partida. Yo no quería narrarme frente a todos para que me acepten, quería existir con alegría. Yo quería que me festejen. Quería un “sí, obvio, mirá qué bien esto!”, sin tanto trámite. Que desear a otra mujer no fuera una excepción que entender con esfuerzo.

Asumir el lesbianismo fue más difícil que ser la única feminista de la familia. Hubo proceso y terapia durante años. La chica del club que me gustaba no había sido la primera. Venía de antes, desde las seños del jardín. Evidentemente yo ya tenía una línea editorial bastante clara y nadie me había avisado. Esa chica lo alteró todo: el deseo fue tan fuerte que desarmó el lugar en el que venía sosteniéndome en silencio. Con ella cayó la idea de una identidad estática, cayeron los credos y ya no pude acomodarme en las categorías de antes.

La primera radio feminista que escuché se llamaba “El Ovario Anarco”. Ya no existe. La escuchaba medio a escondidas, con ese volumen justo que no llama la atención pero tampoco se pierde. Una vez dibujé el logo y lo pegué en la pared de mi habitación. Dejaba pistas. Después empecé con eso otro: poner la radio y dejarla prendida en la cocina, en el living, como quien se olvida. Que hablen de aborto, de feminismo, de la comunidad. Pensaba: ¡ay, que escuchen esto, por favor, que estén prestando atención! Y subía un poco el volumen. Yo pasaba, miraba a mi mamá. Iba y venía, miraba a mi hermana. Esperaba. A ver si alguna decía algo pero nadie decía nada.

Salir del clóset es una experiencia incómoda, incluso cuando se la piensa como una decisión política. Hay una claridad en el deseo de nombrarse sin esconderse de la sociedad, pero esa claridad no elimina la intimidad que implica encarar esa conversación. Esto no es solo una declaración, es una intervención en vínculos, en recuerdos compartidos, en la forma en que otras personas creían conocerte. A veces eso no se rompe de un día para el otro pero las miradas cambian, temas de conversación dejan de aparecer y la distancia sucede, de a poco se agranda, sin anunciarse.

Las personas se alejaron de a poco así como yo fui dejando la iglesia. Un día le conté a mi prima que era lesbiana, otro día dejé de hacer la señal de la cruz al entrar a la iglesia. Un día se lo dije a mi mamá, otro día dejé de tomar la comunión. Un día se lo conté a mi hermana, dejé de ir a la iglesia. Yo creo que fue necesario que sea en cuotas: les di tiempo para hacerse a la idea, para que no les cayera de golpe.

Como dice la Biblia: “Todas las cosas bajo el sol tienen un tiempo y un momento: Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado”.

Redacción

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