Mientras en Tucumán se sellaba la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el extremo sur del territorio comenzaba a ocupar un lugar silencioso pero estratégico en el proceso revolucionario. Lejos de ser un espacio vacío, la Patagonia ya era escenario de acuerdos, tensiones y proyectos que buscaban integrarla al naciente Estado.
Uno de los protagonistas de ese momento fue Pedro Andrés García, militar español radicado en el Río de la Plata y cercano a las ideas de Manuel Belgrano. En los meses previos al Congreso de Tucumán, encabezó una expedición hacia las Salinas Grandes con un doble objetivo: garantizar el abastecimiento de sal para Buenos Aires y fortalecer las relaciones con los pueblos originarios.
Según reconstruyó para ADNSUR el antropólogo Sergio Caviglia, García sostenía que insistir con una política de guerra permanente —como la aplicada hasta fines del siglo XVIII— conduciría al fracaso. En su “Plan de Fronteras”, presentado en 1816, propuso en cambio una estrategia de equilibrio: fomentar el poblamiento, impulsar la agricultura y sostener un trato pacífico, aunque firme, con las comunidades indígenas.
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Portada del ‘Diario de un viaje a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires’, del coronel Pedro Andrés García, publicado en 1886 por la Imprenta del Estado.
Esa visión ya había tenido antecedentes. En 1811, tras contactos con distintos jefes originarios, García logró firmar un tratado en nombre del Primer Triunvirato, donde se planteaba su incorporación a la vida del nuevo Estado. Incluso algunos líderes viajaron a Buenos Aires, evidenciando un vínculo político en construcción.
Para 1816, el propio García destacaba en sus informes que muchos grupos indígenas solicitaban tierras y apoyo para establecerse, cultivar y formar parte de la sociedad criolla. La integración, según sostenía, podía lograrse más por la cooperación que por la imposición.
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El Acta de la Independencia de 1816 fue traducida al aimara por orden del Congreso de Tucumán, para que el mensaje soberano llegara a todos los pueblos de las Provincias Unidas.
En paralelo, la Patagonia también comenzaba a ser explotada económicamente. En la Península Valdés, por ejemplo, se reactivaban asentamientos vinculados a la caza de lobos y elefantes marinos, con participación de trabajadores tehuelches. Allí también se desarrollaban tareas de extracción de sal, en un circuito productivo aún incipiente.
Pero uno de los documentos más reveladores de la época lleva la firma del general José de San Martín. A poco más de un mes de declarada la Independencia, el 14 de agosto de 1816, envió una carta al ministro de Guerra solicitando que se remitiera a Mendoza a los presos destinados a los presidios de Patagones y de las Islas Malvinas.
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El objetivo era claro: reforzar las filas del Ejército de los Andes, que se preparaba para iniciar la campaña libertadora. En la misiva, San Martín planteaba la necesidad de «hacer útiles al Estado estos individuos», incorporándolos a la causa independentista.
Moneda de plata de 8 reales acuñada en Potosí en 1813, una de las primeras emisiones de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con el sol de mayo y el lema ‘Unión y Libertad’.
El pedido no solo revela la urgencia de sumar soldados, sino también el conocimiento que el líder militar tenía sobre el territorio austral y su organización. La mención explícita de las Islas Malvinas constituye, además, un antecedente histórico de peso en el reclamo argentino por la soberanía en el Atlántico Sur.
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Meses después, en enero de 1817, el Ejército de los Andes iniciaría el histórico cruce con unos 4.500 hombres, entre ellos soldados provenientes de distintos sectores sociales, incluidos esclavos que obtenían su libertad al integrarse a las tropas.
Así, mientras en el norte se consolidaba la ruptura con España, en el sur se desarrollaban procesos menos visibles pero igualmente relevantes: acuerdos con pueblos originarios, proyectos productivos y decisiones estratégicas que también formaron parte del camino hacia la Independencia.
Lejos de la imagen de aislamiento, la Patagonia fue parte de esa construcción colectiva. Su territorio, sus habitantes y hasta sus presidios quedaron ligados a una historia mayor, que aún hoy sigue proyectando sus efectos en el presente.
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Carta manuscrita del general José de San Martín fechada el 14 de agosto de 1816, solicitando que los presos de los presidios de Patagones y las Islas Malvinas fueran remitidos a Mendoza para engrosar las filas del Ejército de los Andes.



