Señor director de NORTE:
Los aromas, los sabores, asoman recuerdos hasta estimular algunos sentidos y a veces provocan nostalgia, dibujan una sonrisa, otro dolor y muchas de las veces querer repetir la experiencia que se dibuja en la mente. Así fue lo que le pasó a Rogelio.
Rogelio evocaba cuando cursando su cuarto año de la secundaria se amontonaban en una galería ante la puerta del portero que casi con movimiento mágico se abría una mesita con dos bandejas, el sándwich con mortadela y el de queso, a todos se les llenaba la boca y se empujaban para ser el primero en comprar, porque parecía que el apetito los apuraba o además que podía tocar el timbre del fin del recreo.
Juan era el portero, a un lado estaba su esposa Rosa y a la izquierda Federico.
A los pocos días de llegar a destino, Rogelio convocó a sus compañeros de secundaria para darse un abrazo. Concurrieron siete, y con gran algarabía y casi todos juntos se interponían las voces contando sus historias, cada uno había tomado diferentes caminos.
Federico (el hijo del portero), ahora juez; Roberto, policía; Ernesto supervisor de escuela; Amalia trabajando en casa de Gobierno; otros dos eran programadores y Rogelio que había decidido marcharse al extranjero exhibía en su celular los paisajes del otro continente.
Muy emocionados comentaron una y otra vez el paso por la escuela secundaria y con emoción el recreo de los sándwiches. No así Federico a quien le había tocado la tarea de contar cientos de panes y ahí sonó una fuerte carcajada, a diferencia de ese sabor ahora coincidieron en pedir una hamburguesa completa, unos con cervezas y otros con gaseosa, luego se hermanaron en un fuerte abrazo, intercambiaron sus números de celular y casi con los ojos nublados, despidiéndose, cada uno retomó su camino.
MÓNICA PERSOGLIA
RESISTENCIA



